A principios de la década del sesenta cuando empezaba a estallar la fiebre estructuralista, uno de los putativos obispos de la nueva religión, Roland Barthes, advirtió que cuando de nuevo hiciera falta una ética se volvería a Jean-Paul Sartre. El estructuralismo, en efecto, fue una suerte de antihumanismo estetizante en una época que parecía saturada de historia, de política, de “compromisos” y, por supuesto, de marxismo. Nadie fue más claro que Claude Lévi-Strauss en la explicitación de ese significado: en El pensamiento salvaje (1962), como se recordará, aboga por la disolución del Hombre en las circunvalaciones químicas del cerebro y se autodefine como un esteta completamente desinteresado de los juicios morales, etcétera. No nos apresuraremos a escandalizarnos: no dejaba de ser, en parte una reacción necesaria, o al menos comprensible, ante aquella saturación historicista, ultrahumanista, subjetivista y moralizante. Y el que esto escribe, debemos confesarlo, es tan admirador de Lévi-Strauss como de Sartre (por muy diferentes razones, está claro). El problema es que, habiendo acertado en tantas otras cosas, Lévi-Strauss esta vez yerra en la elección del adversario, que es inequívocamente Sartre, como queda manifiesto en el último y conclusivo capítulo de El pensamiento salvaje (1962), enteramente dedicado a una refutación extrañamente violenta y sarcástica de, la hacía poco publicada, Crítica de la razón dialéctica (1960). ¿Por qué nos atrevemos a decir que, esta vez, Lévi-Strauss se equivoca? Porque el “humanismo” de Sartre –que sin duda existe– no es el que el gran antropólogo le imputa (y en este sentido se equivocarán también Louis Althusser o Michael Foucault). Como intentaremos mostrar, pese al gran malentendido producido por El existencialismo es un humanismo (1946), la obsesión sartreana por comprender a los hombres y mujeres singulares y concretos –obsesión presente ya en El ser y la nada, que retornará en la Crítica de la razón dialéctica, pero sobre todo se intesifica en su novelística, en su dramaturgia, en su crítica de la política, en los monumentales ensayos “biográficos” sobre Jean Genet y Gustave Flaubert– nada tiene que ver con un humanismo abstracto, pleno de buenas intenciones, pero vacío de determinaciones materiales, tal como llegaba del pensamiento burgués “progresista” del siglo xix o incluso de ciertas variantes marxistas. Este es uno de los muchos equívocos que este libro procurará, no digamos despejar, pero al menos interrogar. Por ejemplo: “El infierno son los otros”–su frase quizá más citada y, por ello mismo, más malentendida–, lejos de ser una declaración de nihilismo, pesimismo o desesperación misantrópica, se puede entender como una apasionada –y por tanto más rigurosa– recusación filosófico-política del sentido común de las “buenas gentes” y de la Mala Fe de aquellos que quieren persuadirse a sí mismos de que, aun en una sociedad crasamente injusta y hasta genocida como la que ha producido la civilización de los Amos, el Bien terminará triunfando por su propio peso. Y bien, no: en semejante situación, el tema filosófico y literario por excelencia (lo afirma Sartre con todas las letras en su San Genet) no es el Bien sino el Mal, que no son –lo iremos viendo–dos entidades absolutas e incomunicables, sino que su relación dialéctica se asemeja a la que hay entre El Ser y la Nada.
La Argentina sartreana
Jean-Paul Sartre: el filósofo y escritor vigente.







