En junio de 1966 Truman Capote estrenó un cuaderno con la cubierta en blanco y negro sobre la que escribió la palabra “fiesta”. Lo manoseó durante meses, tachando y añadiendo nombres, perfilando al milímetro la nómina de invitados para el que iba a ser un acontecimiento mayúsculo, pura desmesura, un collage onírico (“la fiesta fue el fruto de una mente literaria”, a decir de su biógrafo, Gerald Clarke). Capote necesitaba tanto desbravar la espuma burbujeante del éxito como permanecer en el escaparate: en enero había publicado A sangre fría, el relato de no ficción sobre el brutal asesinato de la familia Clutter en un pueblo perdido de Kansas, una obra que le había achicharrado los nervios durante seis largos años, pero que le reportó al fin reconocimiento literario, dinero a espuertas y fama. Una gloria efímera.Con el fin de que no pareciera un despliegue descarado de autobombo, el escritor telefoneó, una mañana de aquel verano, a su querida Katharine Kay Graham, quien había asumido la dirección de The Washington Post luego del suicidio de su marido, tres años atrás. “ Darling, acabo de decidir que estás deprimida y necesitas que te anime, así que voy a dar una fiesta en tu honor”, le anunció. ¿Por qué ella? Tal vez eligió a Graham –interpretada por Meryl Streep en la película The Post– para enervar a los cisnes, su séquito de mujeres glamurosas y ultrarricas.Se descorcharon 450 botellas de Taittinger y a medianoche se sirvió un resopónA principios de octubre se despacharon los 540 tarjetones de invitación, que especificaban el estricto código de vestimenta: los caballeros, esmoquin negro; las damas vestido blanco o negro. Se permitía dejar volar la imaginación en las preceptivas máscaras y en las joyas. El asunto se convirtió en la comidilla social del momento, y The New York Times llegó a publicar la lista oficial de invitados, un honor reservado para las cenas de Estado en la Casa Blanca. Capote se granjeó no pocos enemigos con el descarte.El 28 de noviembre de 1966 cayó en lunes, y llovía. En medio de la expectación de transeúntes y reporteros, las limusinas comenzaron a agolparse a las puertas del hotel Plaza de Nueva York en torno a las diez de la noche. La actriz Candice Bergen compareció con una máscara de conejo hecha con piel de visón blanco; el actor Douglas Fairbanks Jr. prefirió una capucha de verdugo.En el gran salón de baile, entre mesas vestidas con manteles rojos, se congregó una constelación improbable de poder, dinero y celebridad, una peculiar combinación de perfiles que llegó a considerarse “una obra maestra de ingeniería social”: acudieron millonarios como los Vanderbilt, el marajá de Jaipur, Henry Ford II, el armador Stavros Niarchos, Lee Radziwill, cisne y hermanísima de Jackie Kennedy; además de diplomáticos, científicos, escritores y actores como Lauren Bacall y Henry Fonda. Cubierta del libro 'Party of the century', de Deborah DavisWileyTambién el portero del edificio donde vivía Capote, así como la viuda del magistrado que había presidido el juicio de los crímenes de A sangre fría. El secreto estuvo en la mezcla y el equilibrio. Como escribe Deborah Davis en Party of the century, los mundos de “Hollywood, Washington y Nueva York nunca se entremezclaban. La fiesta de Capote lo cambió todo, y no solo por una noche”. Estaba fermentando un gran cambio social.El champán fluyó como el caudaloso Nilo –se descorcharon 450 botellas de Taittinger– y a medianoche se sirvió un resopón modesto a base de espagueti a la boloñesa, tacos de pollo estofados al jerez, huevos revueltos y galletas, pura energía para seguir bailando al ritmo de dos bandas que se alternaban. Aunque, para algunos, la fiesta tocó a su fin cuando Frank Sinatra y su recién desposada Mia Farrow abandonaron el hotel, a las 2.45 de la madrugada, el jolgorio se prolongó hasta las tantas, y un grupito jugó al fútbol con la chistera de seda del economista John Kenneth Galbraith.Desde luego, no todo fueron lisonjas para el escritor de moda. Un columnista escupió vitriolo por la frivolidad de celebrar semejante evento cuando llegaban tan terribles noticias desde Vietnam, y alguno de los asistentes supo vislumbrar que, en realidad, aquel baile representaba el principio del fin. Así lo resumió años después el cineasta Joel Schumacher: “Lo trataron como a un perrito pequinés, sentado sobre un cojín bordado, para que todos dijeran ‘¡qué monada!, ¡qué pícaro!’”. La fama sobrevenida se impuso al yunque de la disciplina.Antes de haber escrito una sola línea de Plegarias atendidas, Capote recibió un adelanto editorial de un millón de dólares, pero fue incapaz de concluir el manuscrito. Es más, la publicación de un capítulo en la revista Esquire, el titulado La Côte Basque, en alusión a un restaurante de Manhattan, sacudió los andamios del grupo social al que pretendía retratar. No supo sostener las riendas. Sus cisnes, reconocibles aun bajo nombres ficticios, vieron expuestas las confidencias que le habían susurrado –adulterios, alcohol, viejas rencillas e incluso un asesinato encubierto–, y la aristocracia neoyorquina jamás se lo perdonó.Condenado al ostracismo, seca la inspiración, enganchado al alcohol y a los barbitúricos para dormir, hizo algunas apariciones televisivas en las que apenas podía disimular su deterioro. Así se fue consumiendo un genio atado al látigo de su talento, aquel niño que un día soñó con un bal masqué, con brillar en un mundillo que acabó devorándolo.
Mascarada en blanco y negro por la gloria de Truman Capote
En junio de 1966 Truman Capote estrenó un cuaderno con la cubierta en blanco y negro sobre la que escribió la palabra “fiesta”. Lo manoseó durante meses, tachando y añadiendo nombres, perfilando al milímetro la nómina de invitados para el que iba a ser un acontecimiento...








