La final soñada entre España y Argentina: duelo de estrellasFoto: Agencias EFE – AFPResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Pase lo que pase, ya ganó la poesía. O cómo más llamar a lo que escribió el loco guionista de esta realidad cuando decidió que, hace 19 años, quien sería el mejor jugador del mundo bañara en una ponchera a un bebé con el que hoy disputará la final de su último Mundial. ¿Magia? Y que ese bebé se haya convertido en un símbolo nacional en su país de resistencia al racismo y al odio. ¿Designio? Y que esa final se vaya a jugar en español en la sede del bully que encarna la persecución a todo lo que suene en español y alimenta el racismo y el odio. ¿Milagro? ¿Providencia? Como sea, esto estaba escrito y no parece haber forma en que pueda terminar mal.Sobre Messi, ¿qué decir que no hayan dicho mil veces mejor y más preciso otros? Es tan sobrenatural como todo lo que lo trajo a este día. Un brujo que con el talento de sus hechizos desmonta el mito de que su equipo estaba recibiendo ayuditas. Un guerrero que lo ha ganado todo, pero lucha como quien no ha ganado nada. En estas horas, Latinoamérica es más que nunca Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles. Y Leo, 40 años después, fabricando dos más.Al tiempo, porque así es la poesía, es decir, el fútbol, también es posible ver al lado contrario de la cancha hoy, en la otra historia de esta final, no a un enemigo sino otro relato de lo extraordinario. El del bebé nacido en Cataluña, de padres africanos, criado en un estigmatizado y vulnerable barrio obrero de migrantes llamado Rocafonda, que creció para convertirse en el nuevo prodigio del fútbol español. Y que, en ese camino, ha tenido que padecer que algunos le digan “moro de mierda” en las redes, escuchar en la cancha cantos islamofóbicos que lo ofenden como musulmán y ver cómo en sectores ultras unos cuantos sugieren que sus orígenes lo hacen menos español.Acaba de cumplir 19 años y, como si tuviera la sabiduría de uno de 80, él ha respondido con su talento excepcional, claro, y también con gestos que dicen tanto como los goles: haciendo con los dedos el número 304 —los últimos dígitos del código postal de su barriada— cuando anota, declarando que entiende que no toda la afición es racista y levantando la bandera palestina en público, como para que no queden dudas de la conciencia que tiene del mundo que le tocó.Así, Lamine Yamal ha empezado a encarnar algo más allá de la grandeza del fútbol. Es el rostro de una España, ojalá siempre mayoritaria, que se sabe mestiza y quiere ser solidaria. Una España que hoy cuenta con políticas de integración por encima de la media europea (según el índice Mipex, la herramienta que mide dichas políticas, en 2025), que en su etapa democrática y hasta 2005 ha regularizado extraordinariamente a más de un millón de extranjeros y que reconoce casi toda el genocidio de Gaza (el 82 % de los españoles, según el centro de pensamiento Real Instituto Elcano en 2025).Un país que, en medio de fracturas internas y aún mucha xenofobia en sus calles, está abriendo las puertas a los considerados distintos, cuando otros poderosos las están cerrando. “Son un horror, un desastre”, ha dicho desde las antípodas Donald Trump sobre esta España.Para la historia de este Mundial, Trump quedará como el campeón de los gestos antideportivos, al haber sido el presidente que gestionó ante la FIFA la suspensión de una sanción por tarjeta roja sobre un jugador del equipo de su país. De lo que significan Messi y Yamal, dos contenidos de redes: uno que reza: “Nacido muy tarde para ver los dinosaurios, muy temprano para ver los carros voladores y justo a tiempo para ser testigo de Leo”. Y la imagen de un grupo de futbolistas palestinos que envió un mensaje de ánimo y apoyo a “La Roja”: “Desde Gaza y desde el equipo Gaza Al Irada: felicitaciones a la selección de España por la victoria. Estamos muy felices por ustedes. Así como nos trajeron alegría y levantaron la bandera de Palestina, felicitaciones de nuevo y, si Dios quiere, la Copa del Mundo será para España”. Son deportistas amputados, con las ruinas de un edificio de fondo.Porque el fútbol es algo más que el balón que rueda sobre el césped y, como escribió Juan Villoro, “el juego sucede dos veces: en la cancha y en la mente del público”. En ese partido que va más allá del resultado final, hay unos que hoy ya vencieron.Por Laura Ardila ArrietaPeriodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.Conoce más
Messi tiene todo; España, lo demás
“Lamine Yamal es el rostro de una España, ojalá siempre mayoritaria, que se sabe mestiza y quiere ser solidaria”: Laura Ardila












