Es Argentina contra España. Es Latinoamérica contra Europa. Es la República contra la Realeza. Es la cuarta contra la segunda. Es Lionel Messi contra Lamine Yamal. Es la Scaloneta contra la Roja. Es el juego emocional contra el juego asociado. Pero es, sobre todo, o ante todo, la final del mundo: el partido que todos los jugadores sueñan. En realidad, que todos soñamos, seamos o no jugadores. Porque muchas personas lo sueñan como hinchas, o como periodistas, o como utileros, o como asistentes de lo que sea. El Mundial siempre es un sueño. Siempre es un anhelo. Esta final, la 23ª de la historia, la séptima que disputa la Argentina y la segunda que disputa España, se jugará a las 16 en el MetLife Stadium de New Jersey y con el arbitraje del esloveno Slavko Vincic. Nadie puede decir que es una final injusta, más allá de que Argentina llegó con el corazón en la mano, luego de conseguir una épica victoria ante Inglaterra, rival al que le dieron vuelta el resultado sobre el final del encuentro gracias a los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez, ambos asistidos por Messi. Antes de ese partido, los dirigidos por Lionel Scaloni ganaron jugando mal y sufriendo en todas sus presentaciones: ante Suiza en tiempo suplementario, ante Egipto dando vuelta un 0-2 y contra Cabo Verde también en el alargue.