Durban, 7 de julio de 2010. España acaba de eliminar a Alemania. La vuvuzela y la juerga no perdonan: falta voz, sobran ganas y falta una entrada, la última. Johannesburgo era la tierra prometida de un niño que desde muy pequeño creció viendo perder tanto y de tantas formas a España en los Mundiales que cuando les anuncié a mis amigos a final de 2009 que me iba a vivir en unas semanas a Sudáfrica para ver a Casillas levantar la Copa y tomarme después una cerveza en las Cataratas Victoria, me sentí Neil Armstrong dando saltitos por la luna mientras muchos pensaban que brincaba por un plató de Hollywood. En las mismas escaleras del estadio, tras la semifinal, un alemán sujetaba cabizbajo un folio en el que anunciaba que vendía una entrada para la final a 1.000 euros. Le miramos estupefactos, como si alguien se atreviera a anunciar que va a cometer un atraco por escrito. Habíamos pagado ya casi 500 euros por el ticket de las semifinales. Pensamos que ese era el límite. Unas horas después, nos llegó un mensaje de un amigo de comunicación de la Federación Española de Fútbol. Parece que algunos jugadores no iban a usar las entradas que tenían reservadas para sus familiares. Nos vendieron tres tickets a su precio oficial: algo más de 900 euros. Dudamos 15 segundos sobre cuántas cosas buenas podíamos hacer con esos casi mil euros, y entendimos que ninguna era mejor que ver a Iniesta subirse a un columpio. Pagamos. TE PUEDE INTERESAR Pese a todo, escribí alguna pieza sobre lo controvertido que era poner ese coste para ver un espectáculo que debía estar abierto al mundo, especialmente en una parte del mundo donde el salario mínimo no alcanzaba los 200 euros al mes. Entonces, como sucede ahora, se levantaron voces indignadas. "Para que los estadios se llenen y que los africanos también tengan oportunidad de asistir a los partidos tenemos que trabajar conjuntamente con nuestros patrocinadores para que la población tenga acceso a los estadios pagando precios moderados", había dicho en 2006 el entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter, cuando le cuestionaron si el bajo poder adquisitivo de los sudafricanos suponía un reto para el torneo que se iba a jugar allí en cuatro años. Nueva York, 16 de julio. La vida, por diversas casualidades, me ha llevado a vivir en Estados Unidos desde 2025. Segunda vez que habito en un país que acoge el Mundial y segunda final. Les dejo a ustedes las conclusiones y los donativos, pero, más allá de la medallita de trapo, la situación ha cambiado radicalmente: aquellos precios de Sudáfrica que parecían enloquecidos hoy no dan derecho ni a acercarse al parking del estadio. Llevo desde el martes pasado chequeando el precio de las entradas. En la página de la FIFA, el jueves 16 de julio, la más económica costaba 7.380 dólares, y había que trepar para ver el partido en la cima del MetLife Stadium con unos prismáticos. En reventa, hay varias webs muy fiables que venden tickets para todo tipo de eventos en Nueva York; los precios más bajos pasan de los 8.000 dólares. Los más caros superan los 100.000 dólares. El circo más popular del mundo En 16 años, entre esas dos finales, la FIFA ha multiplicado el precio de ir a ver el mismo evento deportivo. O, sencillamente, lo ha adecuado a los precios de los grandes espectáculos deportivos patrios. Hace poco, mientras los Knicks ganaban las finales de la NBA, un milagro que hizo pensar a alguno que la urbe estaba bajo un embrujo que haría campeón a Cabo Verde, los tickets para ver a San Jalen Brunson no bajaban de los 5.000 dólares. Aquí han apretado más y han convertido oficialmente la Copa del Mundo 2026 en el evento deportivo con las entradas más caras de la historia de Estados Unidos. No es poca hazaña para un lugar donde para subir un sofá a un condominio en Manhattan debe la compañía transportadora contratar un seguro de cobertura por dos millones de dólares por posibles daños y perjuicios en el montacargas y pasillos. O donde un cirujano traumatólogo, con un salario medio de medio millón de dólares anuales, escribe mensajes mensuales para pedir donativos para sus asistentes. O donde, tras pagar en la farmacia o en la tienda deli, sale el mensaje de añadir propina por haber cogido una cosa de un estante e ir a pagar a la caja. Es una sociedad tan obsesionada con hacer mucho dinero a la vez, y lo hacen, que se ha acabado empobreciendo cobrándose entre ellos mismos. Con esos precios y el añadido del desconocimiento de buena parte de los locales de este deporte, parecía que se avecinaba un sonoro fracaso. Y sin embargo, hasta ahora, el Mundial de Estados Unidos ha sido desde un punto de vista organizativo un éxito absoluto. Las previsiones de estadios medios vacíos por los precios de las entradas, por las largas distancias entre las sedes y por el riesgo de las duras políticas migratorias de los agentes fronterizos de Trump no se han cumplido. España puede colgarse aquí una segunda medalla en el pecho. ¿Y qué significa eso? Para mucha gente, este es un circo absurdo, opio del pueblo con sus propios dioses paganos con cortes de pelo discutibles. Y puede que sea así, pero ese circo resulta que es el circo más popular del mundo. Cuestión de fe. TE PUEDE INTERESAR En Sudáfrica, y tras ese viaje que luego me llevó a Cataratas Victoria, y a quedarme a vivir por el sur de África durante cinco años, España pasó de ser algo en el mapa indescifrable a ser una campeona del mundo. No hay nadie que viaje con el pasaporte español que no sepa que los dos verdaderos pasaportes no oficiales de un hispano son el Real Madrid y el F.C. Barcelona. La selección española se asomó ahí por primera vez. El fútbol por el planeta es una infección alegre. En Bangladés, India o Indonesia hay poblaciones enloquecidas que son auténticas barras bravas de Argentina o Brasil. Son pobres, muy pobres, y se sientan delante de la televisión a animar con pasión al equipo de un país desconocido. El fútbol no cura enfermedades, ni arregla desigualdades, en el mejor de los casos se puede discutir si tiene algo de arte, y en el peor se le puede ridiculizar con lo de 22 personas en calzones detrás de una pelota ante una hinchada que califica a algunos jugadores, cuando es "simpática", como cementerio de canelones (también se puede discutir si eso es arte), y cuando es "antipática" deja un reguero de cejas rotas. Lo que no se puede discutir es lo que genera: ¿cuánto vale la enajenación de ser feliz durante unas horas o días por sentarte delante del televisor? España es segunda división mediática en Estados Unidos, una tierra que admira especialmente a los triunfadores. El fútbol hace partícipes de la victoria a sus seguidores. Si España gana y tienes una camiseta reconocible, te para alguien y te dice: "Enhorabuena", como si uno hubiera sacado aquel día un córner. TE PUEDE INTERESAR Pero el mismo globo que me ha regalado la diversión de dos finales como vecino me ha enseñado otras cosas muy alejadas de esos fuegos artificiales. En Sudáfrica compaginaba mis visitas a estadios y las "fan zone", con retratos de las condiciones en que vivían millones de personas hacinadas en las barriadas. Hoy, no muy lejos de mi casa, una marabunta de vagabundos ha ocupado 12 manzanas, entre la calle 34 y la 46 del lado oeste de Manhattan. Están reventando la tranquilidad de miles de personas que denuncian que viven junto a un inmenso campamento que genera malos olores, robos, suciedad.... El asentamiento no para de crecer. "Hay mucha, mucha gente que ha venido a este Mundial endeudada porque decidió venir a rendir pleitesía" "Nos centramos en conectar a los neoyorquinos con refugios y en establecer una vía hacia una vivienda estable. No se trata simplemente de trasladar a los neoyorquinos de un lugar a otro", dijo el alcalde Zohran Mamdani el pasado lunes. El político demócrata ha decidido no practicar la expulsión por la fuerza que ante estos mismos casos implementaba su sucesor. ¿Qué hacemos hablando de fútbol como algo muy importante mientras todo eso sucede? Argumento sólido de los que odian este circo, pero aplicable a tantas cosas. El fútbol, ni en Sudáfrica ni en Estados Unidos, cura esa hambre. El fútbol es un pasatiempo, un deporte, con la capacidad de generar pasiones. Hay mucha, mucha gente que ha venido a este Mundial endeudada porque decidió venir a rendir pleitesía a sus ídolos en vez de ahorrar, arreglar la casa, comprarse un coche… En la final del domingo yo me pondré la camiseta roja sin estrella, la misma que la de la final de Johannesburgo, y por unas horas me sentiré Yamal u Oyarzabal, sentadito en el estadio o un bar, recordando al niño que se quedó pasmado cuando lo de Eloy Olaya en el 86; y le sangró la nariz junto a Luis Enrique en el 94; y se fue indignado a presentar denuncia por robo en Corea 2002… Hoy no seré ese, hoy seré un ya campeón del mundo, quizá hasta doble, con su monserga de ser talismán. Una juerga y unos brindis, o un mal rato y la pena del casi vendrá después. Pero eso será ya sólo entre los de la tribu de los que llegaron hasta el domingo 19 de julio. Y a esa pertenecemos solo dos países. Y gusta y divierte esa sensación. Nada más. No traten de entenderlo, no hace falta, es sólo el estúpido fútbol.
Un español que vivió dos milagros: Estados Unidos y Sudáfrica
En 2010, pagar casi mil euros por una entrada para la final del Mundial parecía un disparate. Dieciséis años después, ese precio apenas alcanza para conseguir un asiento en la grada













