Desde la regi�n m�s transparente lleg� a Madrid con 16 a�os Carmen Pacheco Rodr�guez, hija de un empleado de Renfe y guitarrista flamenco aficionado. Era 1968. En Par�s prend�a el jolgorio universitario y en los tablaos de Madrid una corriente alterna e insurrecta de j�venes cantaores se hac�a el sitio al costado de algunos maestros. Hombres, mayormente, que convocaron entre la calle Bail�n y las traseras de la Gran V�a un tri�ngulo m�tico con ecos de ese otro is�sceles que conforman Triana, Jerez y los Puertos. Carmen Linares, ojos limonados de jaguar, casi iba sola por el mundo. Empez� en los cantes de atr�s (acompa�ando al baile) en el Caf� de Chinitas o Torres Bermejas, m�s o menos como Camar�n y Enrique Morente, sure�os airados que ven�an a llevarse la ciudad por delante.A la lumbre de sabios bien contorneados como Pepe La Matrona, Juan Varea, Fosforito o Rafael Romero El Gallina, con ecos de La Perla de C�diz, Carmen Rodr�guez Pacheco fue acumulando referencias y estableciendo una savia com�n con las ra�ces. Se puso detr�s del nombre propio el de la ciudad donde naci�. Ya era Carmen Linares. Estudi� y cant�. Estudia y canta. Medio siglo despu�s de aquel principio, se mantiene movi�ndose a bordo de una garganta �nica y de unas maneras de hacer el cante sin igual ahora mismo. Carmen Linares es la mama grande del flamenco. Quien m�s quien menos guarda, si hay un m�nimo de curiosidad por el arte grande, momentos memorables de su m�sica.Expresa desde el origen el coraje de los navegantes, la potencia del misterio fondeado entre el pulm�n y la garganta. Conoce a fondo la galaxia del flamenco y poco a poco, con sentido, con comp�s, a conciencia y en rigor ha ensanchado ese mundo de "raz�n incorp�rea", como intuy� el poeta Ricardo Molina en el convexo Antonio Mairena. Sin necesidad de sofisticar nada, sin af�n de ser hero�na de naufragios, est� fuera de las leyendas inciensadas con humo de tugurio. Su camino ha sido m�s recto y esmerado. Elegante y arrojado. De manera limpia y noche relajada. Soseg�, como entonando un palo sin prisa. No se cri� salvaje como Camar�n, Rancapino, El Agujetas (el de periferia m�s ardiente).A los setenta y tantos a�os lleva dentro la prote�na de las sabias. Hace tres d�cadas que le debemos una veta sideral: la que encontr� a su paso con la Antolog�a de la mujer en el cante. Un cat�logo de voces, muchas traspapeladas, que pusieron en solfa el otro costado del flamenco. Ella supo d�nde encontrarlas, c�mo releerlas, revivirlas y hacer propia la herencia. Cantes de La Ni�a de los Peines, de La Mejorana, de La Repompa, de La Trini y Antonia Pozo, de T�a Marina Habichuela y La Juanaca y La Serneta. Tarantas mineras, buler�as, malague�as, soleares, tangos, fandangos, canti�as grana�nas...Carmen Linares se explay� goz�ndolas y levant� para ellas una nueva casa con mil ventanas. En esos dos discos invent� para nosotros la alegr�a. Fascina del flamenco que siendo tan individual sea, a la vez, el trasluz de una vibrante memoria colectiva. El caos de lo exacto, el l�mite extremo de una emoci�n envuelta en llamas. Nos lo entregan hombres h mujeres que acumulan toda su cultura en la masa de la sangre. Criaturas que traen un poso inmemorial de voces en su voz. Los que cuentan y cantan desde muchos or�genes, desde muchas memorias, algunas muy remotas. Y en ese territorio incalculable encontramos a la vez lo arterial y lo po�tico, pero tambi�n lo primordial de lo po�tico. La emoci�n sin brida que s�lo es posible verificar en lo que antes se ha desbordado. La expresi�n verdadera alberga a veces una gota de fugacidad, por eso Carmen Linares emprendi� la laboriosa aventura de rehabilitar un legado de patios y tabancos y linajes de fatiga.Hemos aprendido de esta mujer cosas tremendas. Por ejemplo: se canta como se es. No s�lo para divertirse, sino con la aspiraci�n de alcanzar una est�tica suprema que est� sujeta a un sentimiento, a una emoci�n que no siempre tiene forma ni en la forma cabe. Ella es flamenco, un flamenco de mujer-tierra, de conocimiento y espera contra la din�mica bullanguera de rompe y rasga. Nunca est� m�s de moda la pureza que cuando se canta de verdad, dejando que el aire salga a comp�s empujado por los m�sculos del cuello y algo m�s. Lo otro es un croar diletante.Cuando hab�a cuajado como cantaora y bajado mil veces al pozo de la mina del flamenco entr� a saco en la poes�a: Lorca, Machado (Antonio), Alberti, Juan Ram�n Jim�nez, Miguel Hern�ndez, Jos� �ngel Valente... Enhebra los poemas, los reconvierte, los fusiona en el aire y al final es su biblia maestra la que manda. Pone el tiz�n de la voz en su sitio haciendo entonces cuanto le da la gana. Por estas cosas y otras tantas le dieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes (al alim�n con la bailaora Mar�a Pag�s). Ha sabido quitarse el cepo de la pureza y hacerse m�s transparente. Su sabidur�a es mestiza, diversa, bastarda.Carmen Linares no necesita congelarse las c�lulas del cante para hacer saber que conoce como nadie el pa�o y canta levantando los puentes que hagan falta. Flamenco es una palabra que abarca mucho y no concreta nada. Ella conoce, conserva, investiga. Qu� mejor cr�dito cabal. Hace 30 a�os arm� un disco doble recobrando la estela de las mujeres del cante. No vino a levantar minuta de las muertas, sino a considerarlas en su herencia m�s que vivas. C�mo no celebrar la intermediaci�n, la inspiraci�n, el aniversario. Carmen Pacheco Rodr�guez, Carmen Linares para el mundo, trae al cante ecos viejos para fuegos nuevos.
Carmen Linares, del flamenco como una de las bellas artes
Desde la regi�n m�s transparente lleg� a Madrid con 16 a�os Carmen Pacheco Rodr�guez, hija de un empleado de Renfe y guitarrista flamenco aficionado. Era 1968. En Par�s...






