El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de fractura sistémica, en donde el recurso a la fuerza militar organizada ha recobrado una centralidad que la narrativa de la globalización y los mercados creían haber sepultado. En su edición del 28 de mayo, el semanario británico The Economist advirtió sobre el fin de una era de certezas tecnológicas; y señaló que la guerra, lejos de haberse tornado un ejercicio quirúrgico, se ha expandido hasta consolidarse como una actividad próspera y devastadora. Las estadísticas respaldan este sombrío panorama. El Programa de Datos sobre Conflictos (UCDP) de la Universidad de Uppsala (Suecia) —según revela un trabajo de sus investigadores Shawn Davies, Therése Pettersson, Margareta Sollenberg y Magnus Öberg— registró durante 2024 un récord histórico de 61 conflictos activos basados en el Estado, cifra que ascendió a 65 en 2025, el nivel más alto desde que se iniciaron los registros en 1946. Este resurgimiento de la violencia organizada no es meramente estadístico, sino que marca el retorno cualitativo de la guerra interestatal. Según los investigadores de UCDP, el número de conflictos interestatales puros se duplicó en el último año, pasando de dos en 2023 a cuatro en 2024, y alcanzó su punto máximo desde 1987.