En el indescriptible universo del presidente Milei no hay límite para los disparates. El miércoles a la noche, hora argentina, cuando ya no había FIFA ni FBI ni ministerio que pudiera impedirlo, Giovani Lo Celso y Nicolás Otamendi desplegaron sobre el césped de la cancha de Atlanta una bandera que gritaba: “Las Malvinas son argentinas”. Messi y el resto de los muchachos que acababan de imponerse a la selección inglesa en un partido épico se sumaron a desplegar esa sábana de letras grandes y desprolijas para que la viera todo el mundo. Horas antes, ese mismo día, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, no tuvo empacho en embestir con la brutalidad acostumbrada de gendarmes y policías contra un grupo inerme de viejos jubilados que protestaban como todos los miércoles, casi en soledad, en un Congreso que no los representa. Las Malvinas son argentinas. Sí. Esa misma frase fue prohibida dentro del estadio por acuerdo expreso del gobierno argentino. La ministra de Seguridad lo había dicho sin vueltas en su muy precario lenguaje: era “contenido político” y quedaba prohibido hasta lucir “el mapita” de las islas. El folklore de “el que no salta es un inglés” y el cantito que mezcla a Malvinas, la evocación a Maradona y la mano de Dios y a “la última de Leo” no le pidieron permiso. Ahí, en esa distancia entre lo que el Estado prohibió y lo que el pueblo (con perdón de la palabra) igual hizo, está la escena que mejor resume el problema de representación política y ciudadana que mortifica a la Argentina.