Un gorila de espuma, una figura de Marilyn de cartón y una placa del Che. Estos tres objetos me han acompañado en todas las –muchas– casas donde he vivido. Creo que la placa del Che me la regaló mi padre. Durante años, Cuba ocupó tiempo, discusiones, lecturas… convivía con mi generación y la de mis padres. En cambio, si hoy les hablo a mis hijos del comandante pensarán en mil cosas antes de llegar a Fidel. Si es que llegan.Fidel Castro, el Caballo, no representó únicamente el liderazgo de un Estado; encarnó un relato. La revolución cubana se pensó a sí misma como una promesa histórica para América Latina, como la posibilidad de demostrar que otro orden político era imaginable. Hoy, el rostro que emerge es muy distinto. Raulito, conocido como el Cangrejo, nieto de Raúl Castro, hijo del administrador de Gaesa e interlocutor informal con el entorno de Marco Rubio. El contraste resulta elocuente y habla de una transformación mucho más profunda: la cuestión ya no es cómo preservar el legado de la revolución, sino cómo administrar el final de un modelo obsoleto. YAMIL LAGE / AFPAunque la desesperanza viene de lejos, la urgencia tiene una causa evidente. La captura de Maduro y la interrupción del suministro de petróleo privaron a la isla de la última pieza que sostenía un equilibrio ya extraordinariamente precario. Desde entonces, la combinación de apagones, desabastecimiento y contracción económica ha colocado al país ante una crisis que ya no admite soluciones parciales.Washington ha interpretado esa vulnerabilidad como una ventana de oportunidad: máxima presión para forzar una negociación desde la fuerza. Sin embargo, sería un error trasladar automáticamente el precedente venezolano. Ambos sistemas comparten rasgos autoritarios, pero presentan arquitecturas de poder muy distintas. Cuba conserva un aparato de seguridad construido durante más de seis décadas, una extraordinaria capacidad de control territorial y una cohesión institucional muy superior. A ello se suma una élite económica articulada alrededor de Gaesa centrada en preservar sus intereses.Para Washington, un acuerdo imperfecto en Cuba resulta más atractivo que una victoria caóticaEsto explica también la indecisión de Estados Unidos. El objetivo no es únicamente evitar el coste político y militar de una intervención. Existe también un temor estratégico evidente: que un colapso desordenado reproduzca un escenario similar al caos haitiano y una crisis migratoria de enorme magnitud. Para Washington, un acuerdo imperfecto puede resultar mucho más atractivo que una victoria caótica.En ese contexto reaparece una referencia recurrente: Vietnam. La posibilidad de combinar apertura económica con continuidad política seduce tanto a sectores del poder cubano como a quienes imaginan una transición gradual. Pero las analogías históricas rara vez funcionan como recetas y Cuba encara un escenario muy distinto: negocia sola frente a Estados Unidos y con márgenes diplomáticos mucho más estrechos. El llamado “modelo vietnamita” constituye, por ahora, más una aspiración que una hoja de ruta.Quizá el dato más revelador no esté ni en La Habana ni en Washington. España –con un perfil sorprendentemente bajo–, la Unión Europea y buena parte de América Latina han desaparecido prácticamente de la conversación estratégica. También Rusia y China. Un silencio especialmente significativo en el caso de quienes durante décadas hicieron de Cuba un símbolo de emancipación. Apenas sobreviven iniciativas humanitarias puntuales. Dejar el tema cubano como un tema estrictamente bilateral con EE.UU. es lo que me resulta más llamativo. Y es un vacío que merece atención porque dice tanto sobre Cuba como sobre quienes la observaron tantos años.Hay una ironía difícil de ignorar. La revolución que quiso cambiar el continente puede acabar resolviéndose en una negociación reservada entre Trump y quienes administran sus últimos resortes de poder. El viaje del Caballo al Cangrejo no es solo el tránsito entre dos apodos. Es la metáfora del fin anunciado de un proyecto político. Pero hay fines que cuestan, a sus gentes, más que otros. Así que no pido una discusión sobre Cuba como las que nos marcaron a nosotros y a nuestros padres. Ni, ¡por favor!, acalorarse a favor o en contra de la revolución. Solo pido preocuparnos por acompañar la transición. Nos lo debemos. Se lo debemos.