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Estos últimos años han salido un par de filmes que han brillado por su modestia. Del año pasado, por ejemplo, recuerdo con mucho afecto Un dolor real, de Jesse Eisenberg. Tanto aquel filme como este, Letras robadas, cumplen con un propósito que es muy sencillo. Y aunque, personalmente, el entretenimiento me parece algo bastante similar a un señuelo, sumamente inconveniente, además, en esta era tan líquida subyugada a un algoritmo, creo que hay algo bastante loable en un propósito tan sencillo y que no pretende apelar la hiperestimulación habitual de Hollywood. Esta semana, por ejemplo, coinciden en cartelera Spielberg y Nolan, las caras aparentemente respetables del crispeterismo de hoy en día. Después de Batman, los filmes de Nolan siempre generan cierta expectativa, pues es un director que, cada vez más, ha emprendido esa búsqueda hacia la estimulación del entretenimiento mientras le da a su audiencia la falsa satisfacción de estar viendo algo muy complejo. Su cine es una maquinaria carísima que está puesta a disposición de la idea de belleza más cliché y del narcisismo del autor, cosa muy evidente en su muy célebre Oppenheimer.
Por su lado, Letras robadas también está plagado de clichés —como la cámara lenta o algunos juegos de cámara bastante infantiles— al servicio de una codificación cultural muy específica que han conformado un conjunto de filmes que se emiten los domingos después de almuerzo. También genera un esquema muy evidente del que después se le dificulta salir, estructurando el montaje con la historia por un lado y las intervenciones musicales por el otro. Sin embargo, no deja de haber cierta candidez en lo mucho que el director confía en la música y toma pequeños riesgos formales, incluso en el marco ya descrito.









