Para sorpresa de nadie, Estados Unidos e Irán han vuelto a estar en guerra. Después de que Washington lanzara una nueva serie de ataques contra Irán el 8 de julio, ambos países están intercambiando fuego contra activos en todo el golfo. Una vez más, el tránsito por el estrecho de Ormuz, la principal vía mundial para las exportaciones de petróleo, es mínimo y los precios mundiales de los combustibles vuelven a subir lentamente. El norte de África, que aún sufre las consecuencias de los combates de principios de este año, observa la situación con nerviosismo. Las finanzas de Egipto y Túnez están deteriorándose y el equilibrio de poder entre Marruecos y Argelia parece tambalearse, al igual que el delicado statu quo político en Libia. El efecto corrosivo de la guerra está empujando a la región hacia una mayor inestabilidad. Así fue tras el alto el fuego, y aún más ahora que este se ha roto. Para Europa, las dificultades del norte de África representan una amenaza tanto para su seguridad como para su economía. Pero también constituyen una oportunidad para reconstruir por fin sus relaciones con sus vecinos del sur, ayudándolos a reforzarse frente a este nuevo mundo convulso y, al mismo tiempo, protegiéndose de futuros episodios de inestabilidad. Recibiendo el impacto Como economías orientadas a la importación, los países del norte de África dependen en gran medida de la entrada de divisas internacionales y, además, tienen una demanda energética cada vez mayor. Esto los hace extremadamente vulnerables a las consecuencias geopolíticas y geoeconómicas de la guerra con Irán, como dejó claro la primera oleada de combates. TE PUEDE INTERESAR Cuando Irán cerró el estrecho de Ormuz en febrero y atacó terminales energéticas en los Estados árabes del Golfo, sacudió los mercados energéticos y desestabilizó los presupuestos de toda la región. El Gobierno tunecino, por ejemplo, ya inmerso en una lucha casi interminable para conseguir suficientes divisas con las que pagar importaciones esenciales y devolver préstamos, había elaborado su presupuesto suponiendo un precio del petróleo de 63 dólares por barril, solo para verlo dispararse por encima de los 100 dólares. Agotó prácticamente sus reservas de emergencia en las primeras semanas del conflicto y tuvo que recurrir discretamente a préstamos energéticos de países vecinos. Egipto, por su parte, se vio obligado a acudir a Libia y a los costosos mercados al contado después de que Israel declarara fuerza mayor sobre importantes exportaciones de gas tras el cierre del Golfo. El Gobierno llegó incluso a imponer apagones nocturnos en ciudades que funcionaban las 24 horas, dejando a oscuras las áreas metropolitanas a partir de las nueve de la noche. La región afronta ahora esta nueva ronda de combates con las reservas energéticas agotadas y las arcas públicas vacías. TE PUEDE INTERESAR Las economías petroleras del norte de África también se han visto afectadas. Las aspiraciones de Argelia y Libia de beneficiarse de los altos precios del petróleo se han visto frustradas por los préstamos concedidos a países vecinos, las limitaciones a la producción y el aumento de la demanda energética interna. En Libia —que depende de las importaciones de combustible y sufre un enorme problema de contrabando de carburantes— el primer presupuesto unificado en años quedó gravemente desequilibrado incluso antes de ser aprobado. Pero el problema no se limita a la energía. Las exportaciones de dos productos aparentemente poco relevantes, la urea y el azufre, también se han visto afectadas, golpeando a una industria de fertilizantes fundamental para las economías (y el suministro alimentario) del norte de África. Marruecos alberga al mayor exportador mundial de fosfatos, mientras que Egipto es uno de los mayores consumidores y exportadores de fertilizantes del mundo. La industria del fosfato de Túnez es una joya de su economía, aunque depende completamente de materiales importados. TE PUEDE INTERESAR En una región que importa más de la mitad de los alimentos que consume, la caída de los ingresos por exportaciones y el aumento de los costes de la agricultura nacional resultan especialmente dolorosos. Los gastos públicos aumentan, las industrias intensivas en mano de obra se contraen, las exportaciones disminuyen y los precios de los alimentos básicos siguen subiendo en una región donde la inseguridad alimentaria ya se duplicó entre 2019 y 2024. El daño a largo plazo La principal batalla del norte de África a largo plazo será mantener los flujos de divisas que financian las importaciones y, por extensión, los programas sociales. En otras palabras, la guerra ha desencadenado consecuencias que podrían convertirse en nuevas realidades estructurales. Tras el impacto inicial, el verdadero desafío será preservar esos ingresos en moneda extranjera. Es decir, la guerra no solo ha provocado un shock coyuntural, sino que amenaza con alterar de forma permanente los fundamentos económicos de la región. TE PUEDE INTERESAR Después del alto el fuego inicial, los mercados de energía, fertilizantes, alimentos, turismo y transporte marítimo comenzaron lentamente a normalizarse, lo que permitió a los gobiernos recuperar cierta visibilidad sobre sus flujos de caja. Además, gracias a las estructuras diplomáticas establecidas durante la tregua, los mercados han mostrado algo más de resistencia tras el reciente estallido de violencia. Sin embargo, la nueva guerra apenas acaba de comenzar y el panorama es inquietante. Para las dos principales fuentes de divisas del norte de África —las remesas y las inversiones procedentes de los países árabes del Golfo— las perspectivas son aún peores, dejando a la región en una paralizante incertidumbre sobre lo que ocurrirá a continuación. El Golfo constituye el principal mercado laboral para el norte de África, especialmente para Egipto, que cuenta con 3,3 millones de ciudadanos trabajando allí. Las remesas enviadas por esos trabajadores representan un factor de estabilidad esencial para las economías más débiles de la región y adquieren aún más importancia en tiempos difíciles, ya que proporcionan divisas y sostienen la economía sin coste para los gobiernos. TE PUEDE INTERESAR El año pasado, Marruecos recibió alrededor de 11.400 millones de euros en remesas, aproximadamente un 8% de su PIB; este año ya han aumentado un 10%. En Túnez ascendieron a 2.600 millones de euros, equivalentes al 5,6% del PIB y aproximadamente al 30% de las reservas de divisas del país. En Egipto las cifras son aún más llamativas: las remesas crecieron un 40,5% interanual hasta alcanzar los 36.200 millones de euros, alrededor del 12% del PIB. El Golfo también es la principal fuente de inversión extranjera. Ha rescatado repetidamente a Egipto, proporciona una de las escasas fuentes de inversión exterior para la prácticamente paralizada economía tunecina y, en Marruecos, solo Emiratos Árabes Unidos representa el 19% de toda la inversión extranjera directa. Dado este nivel de dependencia, incluso pequeñas restricciones en los mercados laborales o en las inversiones procedentes del Golfo podrían desestabilizar gravemente estas economías al reducir tanto las remesas como el crecimiento económico. Entre las capitales norteafricanas existe un temor muy arraigado a que las economías del Golfo estén sufriendo mucho más de lo que se reconoce públicamente, alimentado por rumores de despidos masivos y recortes de la inversión exterior. Inestabilidad por delante Las perspectivas son sombrías para unas economías ya castigadas y con un creciente malestar social. Las dificultades financieras han alimentado un prolongado enfrentamiento entre el Gobierno tunecino y los manifestantes, mientras que Marruecos vivió en 2025 las mayores protestas desde la Primavera Árabe de 2011. Bajo la sombra de la guerra con Irán, los problemas relacionados con el coste de la vida y la desigualdad no harán más que agravarse. Ansiedades similares llevaron al presidente egipcio, Abdel Fattah al Sisi, a enviar sistemas de defensa antiaérea al Golfo y viajar a Abu Dabi para reforzar la relación, después de que Emiratos Árabes Unidos expulsara a miles de trabajadores paquistaníes, aparentemente como represalia por los esfuerzos diplomáticos de Islamabad. Mientras tanto, la rivalidad entre Argelia y Marruecos se ha intensificado. Gracias a la crisis energética, Argel ha aprovechado los elevados precios del petróleo para acelerar el desarrollo de su sector energético, consolidar su alianza trilateral en el Magreb —que excluye deliberadamente a Marruecos—, estrechar lazos energéticos con Europa e impulsar el gasoducto transahariano que conectaría el petróleo de Nigeria y Níger con los puertos argelinos. TE PUEDE INTERESAR Todo ello ha inclinado el equilibrio de poder regional a favor de Argelia, justo cuando los principales aliados de Marruecos —Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos e Israel— están concentrados en otros frentes. Dado que la rivalidad entre Argelia y Marruecos constituye el eje sobre el que gira la estabilidad política de la región —especialmente por la creciente carrera armamentística entre ambos— este desequilibrio podría traducirse en un aumento de las tensiones y nuevos focos de conflicto, especialmente en torno al Sáhara Occidental. En Libia, los elevados precios del petróleo han llevado a Turquía y Estados Unidos a intentar utilizar las perspectivas de desarrollo del sector energético y los beneficios potenciales como incentivo para alcanzar un nuevo acuerdo político. Como era previsible, ello solo ha alimentado protestas masivas de una población a la que llevan años prometiéndole elecciones y que afronta la peor crisis del coste de la vida desde la década de 1950, precisamente debido a las redes clientelares y corruptas que ese acuerdo pretende unificar. Un terreno fértil para Europa Con la economía política de la región al borde del colapso, podría parecer que Europa tiene poco margen para impedir una cascada de inestabilidad en un conflicto en el que apenas ha participado. Sin embargo, precisamente al borde de la crisis se abre también una oportunidad para desarrollar la estrategia europea de renovación de las relaciones con el norte de África, recientemente plasmada en el Pacto para el Mediterráneo de la Unión Europea. Dado que el objetivo de este pacto es reconstruir las relaciones con el sur y crear asociaciones más estrechas, difícilmente habrá un momento mejor para ponerlo en práctica. Al fin y al cabo, en los momentos difíciles es cuando se demuestra quién es un verdadero aliado. Tanto la Unión Europea como sus Estados miembros pueden contribuir a estabilizar la situación y mejorar las relaciones. Países como España, Francia e Italia podrían donar o conceder en préstamo, en condiciones favorables, parte de sus Derechos Especiales de Giro —el activo creado por el FMI para complementar las reservas internacionales de los Estados— con el fin de ayudar a las economías más vulnerables a superar esta crisis. TE PUEDE INTERESAR Al mismo tiempo, deberían impulsar que la Comisión Europea amplíe el mecanismo de apoyo alimentario y resiliencia para la vecindad sur, con el objetivo de ayudar a estos países a afrontar las consecuencias de la crisis de los fertilizantes. Estas medidas permitirían a Europa ganar credibilidad y buena voluntad, estabilizar su vecindad y sentar las bases para una mayor implicación comunitaria en el norte de África. A largo plazo, la Comisión podría ampliar esa estrategia presentando planes para desarrollar energías renovables, facilitar la inversión del sector privado europeo e impulsar infraestructuras mediante la iniciativa Global Gateway. Con ello se respondería tanto a las necesidades energéticas y económicas de la región como a los intereses europeos en materia de importación de energía verde y relocalización industrial (nearshoring). Tras un año de inestabilidad, el norte de África podría acabar estabilizándose por sí solo, pero también existe una probabilidad considerable de que la situación evolucione hacia una policrisis. Sea cual sea el desenlace, si Europa decide no actuar, volverá a situarse en el papel de mero espectador pasivo, probablemente la peor posición geopolítica posible en un momento que puede convertirse tanto en una gran oportunidad como en una grave crisis. * Este análisis fue publicado originalmente en inglés por Tarek Megerisi en el Europeann Council On Foreigns Relations con el título "Down and out from Rabat to Cairo: The Iran war and North African instability"
Una 'ruina' desde Rabat a El Cairo: la guerra de Irán acelera la inestabilidad en el mediterráneo
La guerra entre Estados Unidos e Irán está desestabilizando las economías del norte de África, llevando a una región ya de por sí frágil al borde de una policrisis













