A pocos días de que finalice el Mundial de 2026, el torneo ya ha quedado marcado por la polémica. La ampliación a 48 selecciones, las pausas de hidratación, el espectáculo de medio tiempo de 30 minutos para la final y el creciente peso de los intereses comerciales han acaparado buena parte del debate. Sin embargo, hay otro aspecto que amenaza con convertirse en el mayor legado de esta edición: su impacto ambiental.Cuando la FIFA presentó el torneo organizado conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá, uno de los principales argumentos para diferenciarlo de Qatar 2022 fue el uso de infraestructura existente. A diferencia del Mundial disputado en el país árabe, donde se construyeron siete estadios nuevos en un país con apenas 3,2 millones de habitantes, la edición de 2026 se celebra íntegramente en recintos ya construidos, aunque varios fueron modernizados para albergar el campeonato. La organización defendió esta decisión como parte de su estrategia de sostenibilidad.

Sin embargo, distintos análisis apuntan a que reutilizar estadios no basta para reducir la huella climática cuando el torneo crece en tamaño y se dispersa geográficamente. La ampliación de 32 a 48 selecciones elevó el número de partidos de 64 a 104 y multiplicó los desplazamientos de jugadores, equipos técnicos, periodistas y millones de aficionados entre 16 sedes repartidas por tres países separados por miles de kilómetros.