María Grazia Blanco es abogada y consultora maritimista, profesora universitaria y conferencista (Foto: Movant Connection)

En la tarde del 24 de junio un sismo sacudió la costa central del país, dejando a su paso algo más que alarma en la población: dejó al descubierto la extrema fragilidad de la principal puerta de entrada a la región capital, entre muchas otras cosas. Si nos enfocamos en el reciente doblete sísmico que convirtió a la Guaira en la zona de mayor desastre, entenderemos porque las operaciones logísticas en su puerto se congelaron casi al instante. Entre la necesidad de evaluar los daños estructurales en los muelles, las grietas visibles en las zonas de patio y el colapso temporal de los sistemas eléctricos y de telecomunicaciones, el flujo de mercancías se detuvo por completo.PUBLICIDADSin embargo, atribuir el colapso actual de la logística portuaria únicamente al evento natural sería un diagnóstico superficial. El terremoto no creó la crisis de la noche a la mañana; simplemente aceleró de forma dramática y visible un proceso de deterioro que se venía gestando desde hace años en el silencio de unos muelles cada vez más vacíos y vencidos por la falta de inversión.Para entender la magnitud de la interrupción actual, es obligatorio mirar el panorama previo al 24 de junio. Durante los meses anteriores al sismo, la actividad en el Puerto de La Guaira distaba mucho de la febril actividad que una vez lo caracterizó como el gran nodo importador de Venezuela. La movilización de carga ya registraba mínimos históricos, reflejo de un consumo interno profundamente contraído y de un sector comercial asfixiado por trabas burocráticas y altos costos operativos.PUBLICIDADLos buques no hacían fila en los fondeaderos como alguna vez lo experimentamos. Por el contrario, la llegada de buques portacontenedores se había convertido en un evento esporádico. Los patios de almacenamiento, diseñados para albergar miles de contenedores, lucían desolados, operando apenas a una fracción de su capacidad instalada. Paradójicamente, esta bajísima actividad evitó que el terremoto provocara una tragedia operativa e industrial de mayores proporciones en cuanto a pérdida física de mercancías, pero dejó en evidencia una triste realidad: el sismo no interrumpió un motor a pleno rendimiento, sino que terminó de apagar una máquina que ya apenas marchaba por inercia.El terremoto del 24 de junio no debe ser recordado únicamente como un desastre natural, sino como el punto de inflexión que desnudó la realidad del sistema portuario nacional (Foto: Shutterstock)La vulnerabilidad de La Guaira frente al sismo es el resultado directo de la falta de desarrollo y de una inversión portuaria prácticamente inexistente en los últimos tiempos. Aunque en años anteriores se anunciaron planes de modernización y alianzas para la ampliación de terminales, la realidad en los muelles cuenta una historia muy diferente. La infraestructura portuaria, expuesta constantemente a la corrosión del salitre y al desgaste marino, requiere un mantenimiento preventivo y correctivo de alta precisión que simplemente no se ejecutó.PUBLICIDADNo debemos olvidar que nuestros puertos han estado caracterizados por la falta de inversión en infraestructura, la ausencia de renovación de grúas pórtico y equipos de patio modernos, demostrando un rezago tecnológico que nos mantiene operando muy por debajo de los estándares. Asimismo, la falta de dragados profundos y continuos para poder recibir buques de última generación. Indudablemente todo esto hizo que nuestros puertos, mermaran en su competitividad frente a otros puertos del Caribe. Al no existir inversiones estructurales destinadas a la sismo-resistencia ni al reforzamiento de los pilotes y losas de los muelles antiguos, el terremoto encontró un terreno fértil para el daño. Lo que en un puerto moderno y bien mantenido habría sido un evento controlable con mínimos tiempos de parada, en La Guaira se convirtió en una parálisis logística prolongada debido a la acumulación de fatiga estructural e inacción institucional.PUBLICIDADCon la infraestructura de los muelles comprometida y las revisiones estructurales obligatorias en marcha, la interrupción logística post-terremoto ha comenzado a pasar factura. Los pocos buques que tenían programado su atraque en La Guaira se enfrentan ahora a dos escenarios críticos: permanecer en fondeo por tiempo indefinido, lo que genera como sabemos costosas penalizaciones por demoras (demurrage), o ser desviados hacia terminales alternativas como Puerto Cabello.Este desvío forzado no es menor. Al trasladar la descarga a cientos de kilómetros de la capital, se activa un cuello de botella en el transporte terrestre. Las líneas de suministro para la región central del país ahora dependen de fletes carreteros más largos, complejos y costosos, encareciendo el precio final de los bienes de consumo. El sismo demostró que cuando la puerta principal falla, los caminos alternativos colapsan rápidamente por falta de planificación intermodal.PUBLICIDADEl terremoto del 24 de junio no debe ser recordado únicamente como un desastre natural, sino como el punto de inflexión que desnudó la realidad del sistema portuario nacional. Limitarse a reparar las grietas superficiales, pintar las fachadas dañadas o restablecer el sistema eléctrico para volver al estado de letargo previo sería un error histórico.La Guaira necesita urgentemente dejar de ser un puerto de subsistencia. La reconstrucción post-sismo debe plantearse bajo un modelo de desarrollo integral que involucre inversión transparente, modernización tecnológica de los patios de carga y un marco jurídico que devuelva la confianza al comercio internacional. Solo transformando esta crisis en una oportunidad de rediseño estructural, el puerto podrá garantizar la seguridad de sus operaciones y volver a ser el motor eficiente que la economía venezolana tanto necesita para reactivarse. PUBLICIDAD