Una orquesta de mandolinas tocaba la música de El Padrino en directo y 50 muchachos cubiertos con tabarros, esa capa señorial típica de los patriotas del Risorgimento, hacían pasillo sobre las arcadas de una hacienda del siglo XIX encaramada las laderas del Etna, junto a Taormina, uno de los destinos vacacionales más célebres de Sicilia —últimamente aún más gracias a la serie The White Lotus—. Rodeados de cinco hectáreas del jardín botánico Radicepura, sobre cuyo suelo volcánico crecen 3.000 especies de plantas, estaban los verdaderos protagonistas de la jornada: los 400 clientes preferentes a los que Dolce & Gabbana convoca desde hace 14 años en las semanas centrales del verano. Vestidos con las prendas más extravagantes y espectaculares de la firma, forman parte de un acontecimiento que la marca siciliana celebró por primera vez precisamente en Taormina. Supuestamente nació para dar una respuesta italiana a la alta costura de París pero cada edición queda claro que su rimbombancia no cabe dentro los encorsetados límites de la pasarela francesa. Aunque llamar a la Alta Moda y Alta Sartoria de Dolce & Gabbana pasarela sería reduccionista: no es un desfile, aunque incluye dos, y tampoco un showcase. Se trata de un evento en el que grandes fortunas de Estados Unidos, Corea, China, Japón o Brasil (los países con mayor presencia) se reúnen por invitación personal de los directores creativos para darles a conocer las propuestas más exquisitas en joyería y moda pero también agasajarles, como recompensa a sus millonarias compras anuales, con una representación hiperbólica, lujosa y muy pop del italian way of live. En 2026, mientras el mundo habla sobre recesión y Europa capea como puede un calor abrasador, Domenico Dolce y Stefano Gabbana han querido regresar al origen. Taormina, occidental y oriental, exclusiva y folclórica, refugio de intelectuales como Oscar Wilde pero también destino de la más frívola jet set, es la cantera de la que nace todo el imaginario Dolce: desde el sacro arte bizantino hasta las testas di moro y los azulejos populares, de los miriñaques de la nobleza a la lencería y encajes de las mammas, pasando por los estampados de cítricos. El desfile de Alta Moda femenina era todo eso llevado al paroxismo, aunque con un elemento central, las flores. Celebrado junto un gran invernadero central, se extendió durante casi dos horas en las que una profunda voz masculina iba invocando con acento de gentleman inglés a cada modelo por su nombre de pila. La primera de ellas era la hija pequeña de Monicca Bellucci, Léonie Cassel, quien debutaba en la firma de la que su madre, presente entre el público, ha sido embajadora y musa esencial. “En esta historia, las diosas descienden del Olimpo y los devotos las esperamos en la tierra. Y es precisamente en el encuentro de estas dos dimensiones donde nace la magia de Alta Moda”, explicaba el narrador. Sobre un circuito de mármol cercado mediante sillones barrocos forrados en pan de oro donde se sentaba el público, fueron pasando 100 looks pensados para satisfacer cien sensibilidades distintas y dejar clara la impresionante capacidad técnica de las costureras de la firma. Gigantescos vestidos con capas y capas de tul, batines rematados con flecos que parecían tapices, corsés concebidos como jarrones… Cada pieza era una excusa para hacer una traducción fantasiosa de lo floral: de representaciones naturalistas conseguidas gracias a las incrustaciones de microdrapeado (un tipo de bordado que es la especialidad de la firma) a locuras como la recreación de flores de cerámica típica con telas pintadas y endurecidas... No había descanso para el ojo en este festín de venus carnavalescas.En este evento, por el día, a los invitados se les deja hacer turismo con shopping de altos vuelos y por la noche se les ofrece un espectáculo que va mucho más allá de la moda. Tras cada desfile hay una cena que imita las fiestas populares italianas, con sus luminarias y su orquesta. Los anfitriones saludan mesa por mesa a todos los invitados. Y cada actividad del programa debe mantener el nivel de la anterior. El desfile de hombre fue otra prueba de ello: en el teatro griego de la localidad, con el humeante volcán contra la luz del atardecer, un ejército de más de 100 extras vestidos como campesinos del siglo XIX daba vida a los personajes de Cavalleria rusticana, la ópera cumbre del realismo (verismo) italiano, en la que se describe la dura vida del campo siciliano. Eran el decorado vivo de un pase en el que como, de nuevo explicó la misma voz en off del día anterior, “los bordados, los terciopelos y la precisión del ademán sartorial reúnen a la gente del pueblo con los nobles italianos”. Aunque había mucho más que eso: botas con resabio castrense, capas con pellizas y brocados dorados de príncipe ruso, pantalones bolero de galán latino. Todo construido sobre el lienzo del Sicilian black, el negro profundo que es especialidad de la firma que contrastaba con el traje inmaculado que lucía el invitado de honor: el futbolista noruego Erling Haaland. El delantero generó tantísimo revuelo como lo había hecho un día antes la otra estrella de primer nivel, Jennifer Lopez. Ella será el plato fuerte en la fiesta de despedida. Pero a esta no está invitada la prensa. Lo que pasa en Taormina se queda en Taormina.