Lionel Sebastián Scaloni nació el 16 de mayo de 1978 en Pujato, un pueblo de apenas 3.500 habitantes de la provincia de Santa Fe, a 33 kilómetros de Rosario. Hijo de Ángel, “Chiche”, agricultor y también futbolista, se crió entre la subcomisión de fútbol del Club Sportivo Matienzo y las prácticas del primer equipo, donde ya de chico observaba el juego con una atención que sus amigos de infancia recuerdan como precoz: a los diez u once años, sentado detrás de un arco, era capaz de detectar el talento de un jugador ajeno al partido que había ido a ver. Su padre lo llevó primero a Newell’s Old Boys y después fue a jugar a Estudiantes de La Plata, hasta que en 1998 recaló en el Deportivo de La Coruña, donde vivió la época dorada del club gallego: campeón de Liga en 1999-2000, y protagonista del histórico “Centenariazo” ante el Real Madrid de los Galácticos en la final de la Copa del Rey 2001-02. Jugó también en West Ham, Racing de Santander, Lazio, Mallorca y Atalanta, disputó el Mundial 2006 con la Selección y había sido campeón del mundo Sub-20 en Malasia 1997. Cuando asumió como interino en 2018, tras la salida de Sampaoli, muchos lo consideraron un interinato de trámite; Maradona llegó a calificar de “loco” al presidente de la AFA por confiarle el cargo. Ocho años después, Scaloni es el entrenador más ganador de la historia albiceleste, con dos Copas América, una Finalissima y el Mundial de Qatar 2022, sostenidos por una racha de 36 partidos invicto. Pero el número que mejor lo explica no está en ningún palmarés: es su manera de conducir. Scaloni acompañó el último tramo de Messi mientras impulsaba, en paralelo, una renovación generacional completa, algo que en el fútbol de selecciones suele ser imposible sin fractura. Logró que jugadores jóvenes como Lo Celso, De Paul o Paredes, y después Enzo Fernández, Julián Álvarez, Mac Allister o Cuti Romero, convivieran con la estrella más grande del planeta sin jerarquías asfixiantes, cobijándola en vez de subordinarse a ella. Quienes lo conocen desde Pujato coinciden en que su liderazgo se ejerce “desde otro lugar”: apunta a la unión del grupo, a la amistad, al compañerismo, antes que a la épica individual del entrenadorestratega. Es, dicen, un tipo con carácter y temperamento, pero de trato medido; alguien que primero respalda a sus jugadores y después les pide que respondan en la cancha. Esa fórmula, que combina el bajo perfil de un pueblo de la ruta santafesina con la sofisticación emocional para administrar egos de élite, es quizás su aporte más original al oficio de dirigir selecciones: no imponerse por sobre las estrellas, sino crear las condiciones para que esas estrellas se sientan parte de algo más grande que ellas mismas. Hoy vive en Mallorca junto a su esposa, la española Elisa Montero, y sus hijos Ian y Noah, y si el domingo levanta la segunda estrella mundialista, igualará al italiano Vittorio Pozzo como el único entrenador bicampeón del en la historia.