“No inventamos las fiestas en la piscina, simplemente las perfeccionamos”, es el lema de O Beach, que se promociona así en su página web. La afirmación viene acompañada de una secuencia de vídeos donde aparecen purpurina, gogós, hinchables y gente bailando al borde del éxtasis musical a vista de pájaro en un plano aéreo que muestra gran parte del beach club. Justo al lado, está la principal playa de un municipio que, muy a su pesar, no consigue dejar atrás el turismo de excesos: Sant Antoni.
A escasos metros del mar, este centauro -mitad hotel, mitad discoteca- pasa los días, una vez arrancada la temporada, lanzando con potentes cañones serpentinas, confeti y otros materiales que acaban durante sus fiestas dispersos en este punto del Mediterráneo -que aún alberga un pequeño núcleo de tradicionales casetas de pescadores-. Colectivos ecologistas han presentado ahora una denuncia frente al Ayuntamiento de Sant Antoni por este presunto perjuicio al entorno natural, sin haber recibido aún respuesta institucional.
No solo eso, la contradicción de las acciones de la empresa, que organiza junto al limpiezas en la playa junto al Consistorio, ha llevado a la asociación Salvem sa Badia (que lucha por mantener sana la biodiversidad de s’Arenal y alrededores) a acusar de greenwashing al hotel-discoteca. Los ecologistas consideran que el discurso ambiental corporativo choca con el impacto real de sus eventos en la bahía de Portmany.








