David tiene 38 años, vive en Barcelona y confiesa que, a veces, se descubre a sí mismo sintiendo una desconcertante familiaridad hacia personas que apenas conoce en la vida real. A algunos no los ha visto nunca, pero sabe cómo se llaman sus hijos o conoce al dedillo las rutinas de sus mascotas.
“Pueden ser amigos de amigos, pero lo sé todo sobre ellos”, explica de entrada. “Son informaciones tan aleatorias que a veces me pregunto por qué demonios sé a dónde se va a ir de vacaciones esa persona, cuando ni siquiera debería saber que existe”. Su experiencia no es un caso aislado, sino un síntoma de un uso de las redes sociales que las (y nos) está haciendo colapsar.
“Pero, ¿usted quién es?”
El ecosistema de plataformas como Instagram ha transformado radicalmente nuestro horizonte relacional. Lo que comenzó como una herramienta para mantenerse en contacto con nuestro círculo cercano de familiares y amigos se ha convertido en un escaparate saturado de perfiles que la sociología empieza a definir bajo nuevos conceptos.
David estima que entre el 60 y el 70% de las cuentas que aparecen en su pantalla pertenecen a personas que “pasaban por ahí”, perfiles que no entran en la categoría de amigos, familiares o conocidos. También es cierto que, personalmente, no siente que le afecte muchísimo debido a que su uso de Instagram consiste en “ponerme ahí a chafardear y ya está”, comenta, reconociendo también que de vez en cuando prefiere “silenciar a la gente si veo que me sale demasiado”. Pero esta acumulación de impactos visuales genera un ruido constante en el día a día que acaba haciendo mella.








