La guerra ya no avisa y las crisis de seguridad no suelen comenzar con tanques cruzando fronteras ni con declaraciones formales de guerra. Empiezan con una filtración interesada, un ciberataque de autor incierto, una campaña de desinformación, una presión económica presentada como decisión técnica, una interferencia en sistemas de navegación, una crisis migratoria instrumentalizada o una serie de incidentes menores contra infraestructuras críticas. Vistos por separado, todos esos episodios pueden parecer ruido, pero si se analizan en conjunto, puede ser el inicio de una guerra híbrida. Este es uno de los grandes desafíos de la seguridad contemporánea: muchas amenazas ya no se presentan como tales y llegan mezcladas con la vida ordinaria de una sociedad abierta con las redes sociales, mercados energéticos, tribunales, parlamentos, medios de comunicación, empresas tecnológicas... No siempre buscan destruir, invadir u ocupar. A veces pretenden algo más sutil, como condicionar una decisión, dividir una coalición, desgastar a un gobierno, intimidar a una empresa relevante, erosionar la confianza en unas elecciones o convencer a una sociedad de que defender determinados principios sale demasiado caro. Son operaciones difíciles de combatir y de reconocer, que tienden a aparecer fragmentadas. Pueden no tener un principio claro ni una firma evidente y avanzar mediante pequeñas acciones, cada una de ellas insuficiente para justificar una gran respuesta, pero todas juntas capaces de alterar el comportamiento de una sociedad o de un gobierno. TE PUEDE INTERESAR Con esa preocupación nace el Método NIEBLA, una herramienta de análisis desarrollada en España para estudiar amenazas híbridas, maniobras ambiguas y operaciones en la zona gris. Su nombre remite de forma deliberada a la “niebla de guerra” de Clausewitz, esa mezcla de incertidumbre, información incompleta, presión temporal y confusión que acompaña a los conflictos. La imagen sigue siendo válida, aunque la niebla haya cambiado de escenario. Antes envolvía sobre todo el campo de batalla; en cambio, hoy puede envolver una pantalla, una campaña electoral, una red eléctrica, una frontera, un puerto, una empresa estratégica o una conversación pública intoxicada. NIEBLA no pretende eliminar la incertidumbre, ya que eso sería imposible; por tanto, su objetivo es hacerla manejable. Su función es más modesta, pero más útil: ordenar el razonamiento para no quedarse atrapado en el incidente aislado y en vez de preguntar solo “qué ha pasado”, obliga a formular una pregunta más incómoda: qué maniobra puede estar formándose detrás de lo que vemos. NIEBLA la pueden usar profesionales de los conflictos, de la defensa, de la geopolítica o de la inteligencia, entre otros. Europa bajo amenaza híbrida Europa lleva años aprendiendo esa lección y la guerra de Ucrania sirve como ejemplo. El conflicto no solo se libra en trincheras, drones y artillería; también se libra en el terreno de las narrativas, la energía, el ciberespacio, las sanciones, la fatiga social y la cohesión política de los aliados. En el Báltico, la preocupación por cables submarinos, interferencias GPS e infraestructuras críticas ha obligado a la OTAN a reforzar la vigilancia marítima. En paralelo, las instituciones europeas llevan tiempo alertando de campañas híbridas que combinan sabotaje, ciberataques, manipulación informativa, presión migratoria, coerción diplomática y uso de intermediarios. Ahí es donde hace falta método. No para ver conspiraciones en todas partes, sino precisamente para evitarlo. La ingenuidad y la paranoia son dos errores simétricos. La primera consiste en tratar cada incidente como si fuera casual, aislado y sin intención. La segunda atribuye cualquier crisis a un plan perfectamente coordinado y, ambas deforman el juicio. Las seis claves para analizar una amenaza híbrida El método NIEBLA se articula en seis dimensiones que dan nombre a la propia herramienta. La N corresponde a narrativa y normalización; la I, a indicios e instrumentos; la E, al efecto político buscado; la B, al blanco o centro de gravedad; la L, a límites y lecciones; y la A, a atribución y alternativas. La primera dimensión, narrativa y normalización, parte de una idea básica, y es que muchas campañas híbridas no empiezan el día del incidente visible. Antes suele prepararse el terreno. Se instalan palabras, emociones y marcos mentales, o se exagera una amenaza, se alimenta el cansancio o la polarización. En ese proceso, una conducta que antes parecía inaceptable puede empezar a verse como razonable, comprensible o incluso inevitable. TE PUEDE INTERESAR Pensemos en Ucrania. Antes y durante la invasión rusa, la batalla militar estuvo acompañada de una batalla narrativa sobre Ucrania como Estado fallido o incluso gobernado por “nazis”, Occidente como agresor, las sanciones como suicidio económico europeo, la ayuda militar como una escalada irresponsable o la fatiga social como argumento para abandonar a Kiev. No toda crítica a una política exterior es propaganda, evidentemente, ya que en una democracia debe poder debatirse todo, pero la pregunta analítica es otra, y es cuándo una narrativa legítima empieza a ser amplificada, manipulada o utilizada para erosionar la voluntad política de una sociedad. La segunda dimensión, indicios e instrumentos, obliga a bajar del relato a los hechos. ¿Qué ha ocurrido exactamente? ¿Qué sabemos con certeza razonable? ¿Qué solo sospechamos? ¿Qué instrumentos aparecen? Puede haber ciberataques, operaciones de influencia, presiones energéticas, movimientos militares ambiguos, litigios estratégicos, filtraciones, campañas en redes, sabotajes menores, coerción económica o uso de actores interpuestos. Esta distinción parece elemental, pero en plena crisis suele olvidarse. Si un cable submarino aparece dañado, eso es un hecho, pero si el daño coincide con la presencia de un buque sospechoso, eso puede ser un indicio. Si además se afirma que un Estado concreto ha ordenado la operación, eso ya es una atribución que exige más evidencia. El método NIEBLA obliga a separar esas capas para que el análisis no se convierta en una reacción emocional ni en una acumulación desordenada de sospechas. TE PUEDE INTERESAR La tercera dimensión es el efecto político buscado. Esta pregunta es central porque una maniobra híbrida no se despliega simplemente para “hacer daño”; normalmente busca modificar una conducta o puede querer retrasar una decisión, dividir una alianza, debilitar una sanción, deslegitimar unas elecciones, intimidar a un gobierno, desgastar a una empresa estratégica o sembrar miedo en una población. Sin esta pregunta, el análisis se queda en la superficie. Decir que hay desinformación no basta. ¿Para qué sirve esa desinformación? Decir que ha habido un ciberataque tampoco es suficiente. ¿Qué decisión complica? ¿Qué miedo activa? ¿Qué grieta agranda? ¿Qué resultado consideraría un éxito quien impulsa la maniobra? Aquí Clausewitz (de quien viene el nombre del método) sigue siendo útil: incluso cuando la guerra se disfraza de ruido, conserva una finalidad política. La cuarta dimensión es el blanco o centro de gravedad. Esto es un concepto que se usa en el pensamiento estratégico para hablar del objetivo a debilitar por parte del enemigo, que no tiene por qué ser siempre algo físico (como una infraestructura crítica). Como ejemplo, una crisis fronteriza puede buscar algo más que presión en la frontera, como puede ser fracturar el debate interno de un país. Un ataque contra una empresa energética quizás no pretende únicamente dañarla, sino debilitar la política exterior del gobierno que depende de ella. Una campaña contra unas elecciones puede no necesitar cambiar todos los votos; puede bastarle con que una parte relevante de la población deje de confiar en el resultado. TE PUEDE INTERESAR Opinión En las sociedades abiertas, como las democracias de la Unión Europea, Reino Unido, Japón o Canadá, el centro de gravedad suele ser la confianza en las instituciones públicas. Confianza en que el Estado protege a la población, confianza en que las elecciones son limpias, confianza en que los medios informan o confianza en que una crisis puede gestionarse sin romper el país en dos. Cuando esa creencia se erosiona, el adversario no necesita ocupar nada. Le basta con que la sociedad empiece a dudar de sí misma. La quinta dimensión, límites y lecciones, obliga a mirar hacia dentro, porque toda respuesta a una amenaza híbrida se enfrenta a obstáculos que no siempre proceden del adversario. A veces faltan pruebas suficientes; en otras ocasiones, lo que falla es la coordinación entre instituciones, la claridad jurídica, la capacidad técnica o el consenso político necesario para actuar. Puede haber miedo a escalar, dependencia económica, rivalidades burocráticas, dudas competenciales o divisiones internas que impiden construir una respuesta común. El agresor híbrido explota precisamente esos límites, porque sabe que una democracia necesita pruebas, procedimientos, consensos y legitimidad antes de responder. Esa exigencia es una fortaleza del sistema democrático, pero también puede ralentizar su reacción. La lección no debería basarse en copiar los métodos del adversario; tendría que centrarse en una mejor preparación para que esas vulnerabilidades no se repitan. Si un país descubre que no puede responder a un sabotaje porque carece de protocolos claros, debe desarrollarlos; si una administración no detecta a tiempo una campaña de influencia por falta de capacidades técnicas, debe invertir en ellas, y si un gobierno no sabe comunicar una amenaza híbrida sin alimentar la histeria o la polarización, debe aprender a hacerlo. Cuando una sociedad cae una y otra vez en las mismas trampas de división interna, la respuesta no puede ser solo militar, policial o tecnológica, sino también educativa, institucional y cultural. TE PUEDE INTERESAR La última dimensión es la atribución y las alternativas, probablemente el momento más delicado de todo el análisis, porque la pregunta es sencilla de formular, pero difícil de responder. Se trata de saber quién está detrás, con qué intención y con qué grado de confianza podemos afirmarlo. En una guerra convencional, la atribución suele ser más visible, mientras que en la guerra híbrida casi nunca lo es, ya que pueden intervenir intermediarios, empresas opacas, grupos afines, cuentas falsas, hackers patrióticos, buques con banderas de conveniencia o narrativas amplificadas por actores que quizás no reciben órdenes directas. Esa duda no es un accidente ni un simple obstáculo para el analista. Es parte de la propia maniobra. Por eso, atribuir no puede consistir en lanzar acusaciones precipitadas, pero tampoco en esperar una prueba perfecta que tal vez nunca llegue. NIEBLA propone trabajar con hipótesis, alternativas y niveles de confianza, dejando claro qué evidencias apoyan la hipótesis principal, qué explicaciones alternativas siguen siendo plausibles, qué información falta todavía y qué indicadores habría que vigilar a continuación. Puede sonar técnico, pero en realidad es una forma de honestidad analítica, porque permite asumir una posición cuando los indicios lo permiten sin fingir certezas absolutas. La utilidad del Método NIEBLA está en que ayuda a pasar del incidente a la maniobra, de la anécdota al patrón y de la reacción instintiva al juicio estructurado. No sirve para demostrar culpabilidad jurídica definitiva ni para predecir el futuro con exactitud, y tampoco convierte cualquier crisis en una operación híbrida. Su terreno natural es la ambigüedad, la coerción indirecta, la zona gris y las campañas multidominio que combinan presión política, informativa, económica, tecnológica y social. De hecho, NIEBLA nunca debería aplicarse solo, sino que los analistas deberían aplicar otras técnicas en conjunto con el objetivo de reducir esa incertidumbre y sumar materia gris al análisis. España (y Europa) necesita su propia brújula Este tipo de análisis ya no interesa solo a ministerios de Defensa, Fuerzas Armadas o servicios de inteligencia, sino también a empresas que sufren ataques reputacionales coordinados, medios que reciben filtraciones diseñadas para alterar el debate público, instituciones cuya legitimidad está siendo erosionada, ciudades que dependen de infraestructuras vulnerables o ciudadanos que no saben si lo que leen es información, propaganda o una mezcla de ambas. El campo de batalla se ha ensanchado y la seguridad ha dejado de ser un asunto exclusivo de uniformes. En este contexto, España también necesita producir pensamiento propio. No basta con importar conceptos de Washington, Bruselas o Londres cuando hacen falta herramientas adaptadas a nuestra cultura estratégica, a nuestro entorno europeo, a nuestras vulnerabilidades y a nuestra forma de tomar decisiones. El Método NIEBLA aspira a contribuir a ese esfuerzo como una metodología española para entender mejor una amenaza que no es nacional, sino global. Por supuesto, la defensa de España como Estado debe coordinarse con el resto de la Unión Europea, ya que en un mundo tan volátil y globalizado con enemigos poderosos, los europeos deben trabajar conjuntamente en la defensa del continente y de todos sus flancos. *Marc Vendrell es profesor de Geopolítica e Inteligencia en LISA Institute y analista en la LISA Analysis Unit
El método español para detectar la guerra híbrida
Los ataques híbridos no son solo militares: pueden ser un 'hackeo', una crisis migratoria instrumentalizada o una filtración interesada en medios de comunicación. Y enfrentarse a ellos requiere nuevas herramientas










