OpiniónPosesionar al próximo presidente en una guarnición militar pone a las Fuerzas Armadas en la inconveniente tarea de tomar partido.PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL15.07.2026 22:01 Actualizado: 15.07.2026 22:01 Parece un contrasentido, pero en estos cuatro años la convicción civilista y la vocación democrática de los militares han sido mucho más fuertes y decididas en el uso de las armas que las que tuvo el Gobierno en el respeto a las reglas de juego. Unos y otros habían jurado lealtad a la Constitución, como condición para evitar que se dejaran llevar por la fuerza de sus pasiones. Los militares, para evitar sucumbir a la tentación de usar las armas para sacar un gobernante que recurrentemente los degradaba o los utilizó para sus fines; y a los civiles, para escapar a las tentaciones de usar el poder del Estado en su propio beneficio.En el momento crucial, en que se acercaba la fecha para que los ciudadanos fueran a las urnas (para renovar el mandato al Gobierno por cuatro años más o para sustituirlo por otro), los militares fueron más civilistas y democráticos que los civiles. Mientras que los primeros fueron cada vez más insistentes en que su lealtad estaba con la Constitución y por tanto reafirmaron su “disposición a mantener siempre su neutralidad política y su firmeza para cumplir y acatar la Constitución y la ley”, los segundos no hicieron más que elevar su voz para denunciar un fraude electoral y cuestionar la legitimidad y la independencia del sistema electoral.Las tensiones evolucionaron de una manera tal que, transcurridas las elecciones, el Presidente se negó a reconocer la derrota electoral de su candidato y, por el contrario, llevó al país al máximo estado de inestabilidad e incertidumbre. No solo cuando llegó al punto de declarar como ganador de las elecciones presidenciales a Iván Cepeda, sino también porque dio base a Cepeda para que se desdijera desconociendo el triunfo de De La Espriella y se declarara en “desobediencia civil”.Cuando los ejércitos tienen que resolver los pulsos políticos, tarde o temprano, terminan creyendo que deben resolver quién gobierna. Hay homenajes que no se necesitan.Sin embargo, los militares dieron el paso que tranquilizaría al país. En una inesperada declaración, el ministro de defensa, Pedro Sánchez, reconoció al presidente electo y afirmó que las Fuerzas Armadas “respetaban el resultado de las elecciones y garantizaban que la transición entre gobiernos se desarrollaría conforme a la Constitución y la ley”. Uno de los hechos más trascendentes en los últimos sesenta años de relaciones cívico-militares en el país.Ese es el vértigo que Petro nunca pudo calcular. El artículo 217 de la Constitución colombiana no es protocolaria: dice que las Fuerzas Militares no son “deliberantes”. Y esa “no deliberación” no es pasividad ni sumisión ciega; es la cadena con la que la República ata a sus propios soldados para evitar que la furia de las pasiones de un gobierno, cualquiera que sea (su miedo, su ambición o su afán de perpetuarse), termine convirtiendo a los militares en árbitros de la política.La verdadera fuerza de voluntad de un militar no solo se mide en el campo de batalla. También se puede observar en su capacidad de distinguir la orden legítima de la orden que lo convierte en cómplice de una causa personal, así sea la de su máximo superior. La disciplina más exigente no es la que le impone el principio de obedecer a su superior, sino la que lo lleva a desobedecer la tentación de usar las armas en beneficio propio. Por esa razón, los colombianos no se van a cansar de homenajear esa convicción civilista y la vocación democrática de los militares.Pero eso no significa llegar al extremo de posesionar al próximo presidente de la República en una guarnición militar. No solo por las dificultades logísticas y de seguridad que exige semejante acto público, sino porque en una tensión (entre el gobierno entrante y el gobierno saliente) esa decisión pone a las Fuerzas Armadas en medio de esa confrontación política. Y como en los divorcios, en los que no se debe meter a los hijos en la mitad buscando alguna ventaja, meter a los militares en el centro de ese pulso, lejos de ayudar, los pone en la inconveniente tarea de tomar partido. Y cuando los ejércitos tienen que resolver los pulsos políticos, tarde o temprano, terminan creyendo que deben resolver quién gobierna. Hay homenajes que no se necesitan.* Profesor titular de la Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
Hay homenajes que no se necesitan
Posesionar al próximo presidente en una guarnición militar pone a las Fuerzas Armadas en la inconveniente tarea de tomar partido.














