Qué bonito es el fútbol. Y, probablemente, nadie lo vive como los argentinos.

Unas 3.000 personas se han reunido en un hotel de l’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) para bancar a la selección albiceleste en un partido con una altísima carga emotiva, culminado con una histórica remontada que lleva al equipo de Leo Messi a su segunda final consecutiva.

No es que este miércoles se haya reunido más gente porque se trate de una semifinal o porque el partido es a las 9 de la noche. Es el sexto evento que organiza la Filial Argentina de Barcelona en este Mundial y en todos se han agotado las entradas, también cuando el partido se ha celebrado a las 4 de la madrugada en un día laborable.

“No me preguntes, no tiene ningún sentido”, explicaba Sebastián Romero, 42 años, cuestionado por la manera en la que los argentinos viven este deporte.

La fiebre argentina se ha notado durante el Mundial en la capital catalana. Se ha visto en el metro, los días de partido, con vagones repletos de camisetas albicelestes. También en las plazas tras una eliminatoria de madrugada, con miles de personas cantando en Arco de Triunfo a las 6 de la mañana con el sol ya asomando en la ciudad.