El fútbol es un deporte, pero un Mundial es siempre un acto político. Seguro que Mariano Rajoy lo sabe, porque la afirmación forma parte del acervo cultural planetario y porque, aunque no esté ya en primera línea, es un político profesional. Sobran ejemplos mundialistas funestos, de aquel campeonato orquestado en 1978 por la dictadura genocida de Rafael Videla al de 2026 en el que Donald Trump intenta hacer valer sus privilegios de dueño de la pelota.
La idea de que las rivalidades del balompié son capaces de alterar hasta al más tranquilo y predecible de los registradores de la propiedad con columna en un periódico resulta difícil de sostener. Quizá sea más probable que el fervor de las camisetas deje salir esos pensamientos 'polémicos' y “sin mala intención”, según el PP, que normalmente se reservan para una sobremesa larga o se enmascaran en un chascarrillo.
Rajoy dice que la selección francesa dispone de “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses” porque –se entiende– considera que los jugadores de piel negra no lo son. Otra política profesional, la senadora de Paraguay Celeste Amarilla, ha sido incluso menos sutil: tras la eliminación de su selección llamó a Mbappé “camerunés colonizado” que “finge ser francés”, a partir de lo cual soltó una retahíla de frases racistas que Francia estudia denunciar.










