Despu�s de permanecer 16 a�os desaparecido, Jos� Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera, fue detenido en 2019 en un peque�o pueblo de los Alpes. Tras la reciente celebraci�n de su �ltimo juicio en Par�s, ya puede ser extraditado a Espa�a, donde a�n tiene causas pendientes.Urrutikoetxea ingres� en ETA con apenas 18 a�os, en 1968, el mismo a�o en que la banda cometi� sus primeros asesinatos. Medio siglo despu�s, en 2018, fue quien ley� el comunicado con el que la organizaci�n terrorista anunciaba que se disolv�a. Como resume Florencio Dom�nguez, estamos ante �una vida en ETA�. El periodista y director del Centro Memorial de las V�ctimas del Terrorismo explica que, en sus primeros a�os en la banda, Ternera particip� en varios atracos antes de dar el salto a la c�pula de ETAm, en 1975. Desde entonces organiz� comandos, a los que suministraba armas, impart�a formaci�n militar y transmit�a �rdenes, adem�s de participar directamente en atentados. En 1976 intervino en el asesinato de V�ctor Legorburu, alcalde de Galdakao, seg�n �l mismo confes� en una entrevista con Jordi �vole. Nunca pag� por ello. Franco hab�a muerto el a�o anterior y la Transici�n daba sus primeros pasos. Todos los delitos de terrorismo cometidos antes de junio de 1977 fueron amnistiados.Sin embargo, ETA decidi� continuar. Urrutikoetxea sigui� ocupando puestos de responsabilidad dentro de la organizaci�n terrorista. Cre� infraestructura de apoyo a los etarras refugiados en Latinoam�rica y expuls� de la izquierda independentista a militantes cr�ticos, como Txomin Ziluaga, garantizando la ortodoxia doctrinal, que inclu�a la continuidad de la violencia. Fue sucesivamente el jefe de los aparatos internacional y pol�tico de ETA.En 1989 fue detenido en Francia. Para entonces hab�an transcurrido m�s de 13 a�os desde la muerte de Franco y Espa�a era una democracia consolidada. Desde el arresto de Txomin Iturbe, en septiembre de 1986, hasta el suyo, en enero de 1989, Urrutikoetxea fue el m�ximo dirigente de ETA. Durante ese periodo, la banda asesin� a 80 personas -guardias civiles, polic�as, militares, v�ctimas �colaterales� de coches bomba indiscriminados y personas a las que acusaba de narcotr�fico, entre otras- con el objetivo de imponer mediante la violencia unas reivindicaciones que pod�an haberse defendido por v�as pac�ficas.Hace cinco a�os el conocido soci�logo franc�s Michel Wieviorka le dedic� un art�culo en la revista L'Express. Quien se limite a informarse sobre Ternera a trav�s de ese art�culo ignorar� todo lo anterior. Al contrario, se llevar� la impresi�n de que Urrutikoetxea se alz� en armas para resistir a la dictadura de Franco (milit� en ETA ocho a�os durante el franquismo y m�s de tres d�cadas despu�s); de que fue un l�der �respetado� al frente de la estructura internacional de ETA (sin que el autor entre en detalles sobre esa actividad ni sobre las dem�s que desempe��); de que esper� en vano en Oslo entre 2011 y 2013 la llegada de emisarios espa�oles para negociar la paz (como si fueran estos quienes no la quisieran o la estuvieran boicoteado); de que defendi� dentro de ETA una salida negociada al �conflicto� (sin mencionar las d�cadas en las que promovi� exactamente lo contrario) y, en definitiva, de que fue una figura comparable a Nelson Mandela porque �ha hecho posible� la paz a costa de �sacrificios� personales.Cesar la actividad terrorista obligado por las circunstancias y tras d�cadas de asesinatos �te convierte en un hombre de paz? �D�nde quedan entonces la inmensa mayor�a de los ciudadanos, que jam�s empu�aron un arma, o los pacifistas que se manifestaron contra la violencia ya desde los a�os 80? ETA habr�a desaparecido sin Josu Ternera, acosada por la presi�n policial y judicial y privada de apoyo social e internacional. Pero no habr�a sobrevivido tanto tiempo sin personas como �l, que la pilotaron con mano de hierro a lo largo de sus etapas m�s duras.Urrutikoetxea contribuy� a poner fin a una espiral de violencia que �l mismo hab�a alimentado durante d�cadas. Ese final lleg� tan tarde que no quedaba casi ninguna otra organizaci�n terrorista de �mbito dom�stico en Europa occidental. Los dem�cratas no le debemos nada. En cuanto a la supuesta �endeblez� de las causas que Urrutikoetxea tiene pendientes con la Justicia en Espa�a, ser�n los tribunales quienes deban pronunciarse. Pero autores como Wieviorka no solo parecen haberlo absuelto de antemano en el plano penal, sino tambi�n en el moral, al omitir los pasajes m�s oscuros de su biograf�a y centrarse �nicamente en la etapa final de su trayectoria, en la que, por otra parte, la renuncia a la violencia respondi� a criterios instrumentales, sin que mediara arrepentimiento. Si acad�micos y profesores veteranos caen en este tipo de discursos, �qu� legado pretendemos dejar a los j�venes?El texto de Wieviorka no es una excepci�n. Los fil�sofos �tienne Balibar, Alain Badiou, Jacques Ranci�re, Jean-Luc Nancy y Toni Negri, junto con el realizador Thomas Lacoste, firmaron en 2019 otro art�culo en Lib�ration en el que reclamaban la libertad de Urrutikoetxea. Consideraban que su detenci�n era una mala noticia para la �reconciliaci�n� de los pueblos. Dec�an sentirse �impresionados� por el car�cter unilateral del abandono de las armas por parte de ETA y por la �altura moral� del dirigente etarra, al que, una vez m�s, comparaban con Mandela tras el fin del apartheid en Sud�frica.Pasajes como estos remiten a la c�lebre cr�tica de Tony Judt al relativismo moral de una parte de la intelectualidad francesa, cuyo m�ximo exponente fue Jean-Paul Sartre. Un relativismo que ignora a las v�ctimas de determinada violencia pol�tica -la revestida de un barniz izquierdista y pretendidamente liberador- mientras ampara a sus perpetradores, presentados como actores �estigmatizados� por los medios de comunicaci�n.ETA ha sido uno de los factores que m�s han condicionado la historia de Espa�a desde la d�cada de 1960 hasta nuestros d�as. Pero sus efectos tambi�n se dejaron sentir al otro lado de los Pirineos: desde el llamado �santuario�, que acogi� a los primeros etarras, hasta la actividad de los GAL, cuyos asesinatos se perpetraron mayoritariamente en territorio franc�s, o el comando Argala -tambi�n conocido como itinerante-, el m�s letal de ETA, responsable de 40 asesinatos e integrado exclusivamente por ciudadanos franceses, entre ellos Henri Parot.Nos preocupa qu� mensajes reciben las nuevas generaciones tras medio siglo de atentados, asesinatos, secuestros, amenazas y extorsiones. Y nos inquieta el relato que se difunde en Francia, donde la percepci�n oscila entre la indiferencia mayoritaria y las simpat�as hacia el abertzalismo radical de una minor�a activa.Hay, por supuesto, se�ales positivas. La colaboraci�n internacional fue una de las claves del final de ETA. Patria, la novela de Fernando Aramburu, fue un �xito editorial tambi�n en Francia. V�ctimas como V�ronique Caplanne, que perdi� a su padre, Robert, asesinado por los GAL en Biarritz hace 40 a�os, realizan una encomiable labor de memoria para denunciar todas las formas de terrorismo. Sin embargo, su voz tiene menos eco que la de acad�micos como los citados. Entidades como Covite tienen raz�n al denunciar que en el Pa�s Vasco franc�s apenas existe contranarrativa, lo que puede convertirlo en una suerte de �santuario del relato� filoabertzale.En Francia sigue arraigado el mito de una ETA �buena�, de car�cter antifranquista. Conviene recordar que ETA asesin� a 853 personas y que el 95% de esos cr�menes se cometi� despu�s de la muerte de Franco. Si en Espa�a existe una tendencia al olvido o a pasar p�gina sin leerla, entre nuestros vecinos del norte esa actitud tambi�n est� presente, aunque con distinta intensidad, como demuestran los actos de conmemoraci�n del d�cimo aniversario de los atentados de noviembre de 2015 en Par�s. El yihadismo es responsable del 60% de las v�ctimas mortales del terrorismo en Francia, pero, tras �l, el terrorismo vasco ocupa el segundo lugar. Deber�a recibir la atenci�n y la deslegitimaci�n que merece.Ra�l L�pez Romo es historiador y responsable de educaci�n y exposiciones del Centro Memorial de las V�ctimas del Terrorismo. Ha publicado 'Le rapport Foronda. Les effets du terrorisme sur la soci�t� basque (1968-2010)'