Javier Milei siempre se definió como bilardista, aunque hasta hace pocas semanas practicara exactamente lo contrario de lo que predicaba Carlos Salvador Bilardo. El director técnico campeón del mundo no fue solo un experto en el resultado por encima de la estética. Fue, sobre todo, un calculador que subordinaba el ego a la eficacia. Milei, en cambio, gobernó buena parte de estos dos años y medio guiado por el impulso, la pureza ideológica y la épica del insulto. La salida de Manuel Adorni fue el quiebre que empezó a corregir esa contradicción.
La crisis que se llevó puesto al vocero presidencial no fue un episodio menor. Dejó en pausa a un Gobierno que hasta entonces se movía con velocidad y autonomía en el Congreso. Y expuso algunas falencias en la Economía. Y sobre todo dejó una lectura que los hermanos Milei no pudieron seguir ignorando: la sangría de apoyos en el electorado blando, esa porción del oficialismo que empezaba a mirar para otro lado, volvió a acelerarse en junio según las propias encuestas que encargó la Casa Rosada. Ese dato, más que cualquier convicción doctrinaria, fue lo que terminó de convencer al Presidente de que necesitaba jugar otro partido.
Ahí aparece Diego Santilli como pieza central del nuevo esquema. Su llegada a la Jefatura de Gabinete no es un simple recambio de nombres. Es la confirmación de que Karina Milei decidió ejecutar, con otro operador, una estrategia que Santiago Caputo viene sugiriendo desde el año pasado: dejar de competir contra todo el mapa provincial y empezar a negociar con los gobernadores afines, en lugar de plantarles un candidato libertario en cada distrito. Ese giro, que hasta hace poco era mala palabra puertas adentro de la Casa Rosada, hoy es la hoja de ruta oficial.











