El antiguo emir de Qatar, el jeque Hamad bin Jalifa al Thani, impulsor de un amplio proceso de modernización del país árabe, murió el pasado domingo a los 74 años. El máximo órgano de Gobierno de Qatar, el Amiri Diwan, anunció su fallecimiento en un comunicado en el que, sin embargo, no menciona la causa. La suya era una figura clave, en tanto que presidió uno de los períodos más trascendentales de la historia del país e impulsó una rápida transformación del pequeño Estado desértico que redefinió su economía, su perfil internacional y su ambición política en torno a una materia prima energética: el gas natural.De personalidad enérgica y mentalidad independiente, explicó en un discurso con motivo de su abdicación en favor de su hijo, Tamim bin Hamad al Thani, en 2013. El argumento que esgrimió entonces fue que deseaba que una nueva generación “con sus ideas innovadoras y su energía activa” tomara el relevo.“Que Dios tenga misericordia de la gran alma que ha partido en esta nación y le conceda el perdón. (...) Que Dios lo recompense abundantemente por las grandes y perdurables obras que realizó por su nación y el mundo árabe e islámico, y que nos conceda a todos paciencia y consuelo”, añadió el Amiri Diwan en su comunicado.Al Thani fue el artífice de los esfuerzos de Qatar por desarrollar su infraestructura de gas natural licuado (GNL), lo que le permitió llevar sus vastas reservas fósiles a los mercados mundial y convertirlo en uno de los mayores exportadores del planeta. Ese es, hoy, el principal pilar de su enorme riqueza. También fundó la cadena de televisión Al Jazeera, que otorgó al país una voz muy relevante en la política árabe y proyectó su influencia mucho más allá del golfo Pérsico.Supervisó, además, la exitosa candidatura para albergar el Mundial de fútbol de 2022, cuya organización se llevó a cabo bajo la gobernanza de su hijo y situó firmemente a Qatar en la escena mundial, acelerando una década de construcción de infraestructuras que transformó por completo la capital, Doha.Qatar como mediador de pazLa política exterior del jeque consolidó el papel de Qatar como mediador, facilitando las negociaciones en conflictos desde el Líbano hasta Yemen y Darfur, al tiempo que mantenía vínculos con Estados Unidos —acoge infraestructuras del Mando Central estadounidense—, así como con Irán y los grupos alineados con la República Islámica. Ese equilibrio sentó las bases para el papel actual de Doha en las negociaciones entre Washington y Teherán, así como en sus esfuerzos, que se prolongan desde hace años, por poner fin a la guerra en Gaza.Bajo su mandato, Qatar desempeñó un papel tan destacado como controvertido durante los levantamientos de la Primavera Árabe de 2011, utilizando sus recursos y su gran influencia para respaldar movimientos revolucionarios y grupos islamistas en toda la región. Aunque Doha presentó su política como un apoyo a las demandas populares de cambio político, sus detractores acusaron al país —y al propio Al Thani— de respaldar de forma selectiva a facciones afines a sus intereses, en particular a grupos vinculados a los Hermanos Musulmanes.Esto enfrentó al antiguo líder con otros monarcas del golfo Pérsico —en particular Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos—, que consideraban muchos de estos movimientos como una amenaza para la estabilidad regional y su propio régimen monárquico. Este activismo elevó el perfil regional de Qatar, pero también agravó las tensiones con sus vecinos y dejó un legado que sigue marcando la política del Golfo.Golpe de Estado e intento de contragolpeSu abdicación buscaba garantizar una sucesión “sin contratiempos” y minimizar la discordia “dentro de una familia gobernante con una larga historia de intrigas palaciegas”. Él mismo arrebató el poder a su padre en un golpe de Estado incruento en 1995, aprovechando un viaje oficial de este a Europa. Un año más tarde, sobrevivió a un intento de contragolpe que los analistas atribuyeron a su progenitor, quien había llegado al poder de manera similar en 1972, al derrocar a su primo.Una de las colaboradoras más influyentes del jeque Hamad en el proceso de modernización de Qatar fue una de sus esposas, la jequesa Moza bint Nasser, quien cultivó una presencia pública poco habitual entre las mujeres de los gobernantes del Golfo. La influencia de la jequesa Moza creció a la par que los esfuerzos de su marido por reposicionar al Estado tanto en la esfera nacional como en la internacional.Mientras el jeque Hamad impulsaba reformas políticas y económicas que redefinieron la trayectoria del país, la jequesa promovió una agenda paralela en materia de educación, investigación y desarrollo social.Cuando el emir asumió el poder, era el líder más joven de la región, con 44 años. Se le consideraba menos distante que otros líderes regionales.