Ocurrió a principios de los años ochenta. A la chita callando, se estableció un puente aéreo entre Londres y Madrid, a veces también partiendo de Manchester o aterrizando en Barcelona, incluso en Valencia (recuerden los formidables carteles de La Conjura de las Danzas, obra de Jorge Albi). Prácticamente cada semana un grupo británico llegaba para dar conciertos, hacer playback en TVE y/o dedicarse a la promoción. No se necesitaba más salvaconducto que el hecho de estar en las listas británicas, incluyendo los Indie Charts, cuando la etiqueta de indie no reflejaba un estilo sino simplemente una distribución fuera de los canales de Sony, EMI, Universal o Warner.No solo estábamos al día de lo que sonaba en aquel país. Aprendimos las peculiaridades del Reino Unido, una isla (o isla y media, si contábamos el Úlster) imposiblemente fértil.Los visitantes procedentes de la zona norte nos educaban sobre la proverbial hipocresía inglesa, y no solo en lo musical. Te recordaban: “Los ingleses presumen que han ganado las últimas guerras pero en realidad la mayoría de los combatientes éramos celtas (entiéndase, escoceses) o irlandeses”. Se olvidaban de los galeses pero resulta casi disculpable, en aquellos tiempos las exportaciones musicales del país de los dragones se limitaban a Tom Jones y Shirley Bassey.Muchas sorpresas en aquellos años. Por ejemplo, que los británicos de gira no se portaban exactamente como gentlemens. Podían ser expulsados de hoteles madrileños tras reventar la tapa del piano, vaciar los extintores o inundar las habitaciones. Tenían una autopercepción de superioridad que parece ser que les permitía bailar a ambos lados de esa frontera difusa entre el gamberreo y el vandalismo. Con frecuencia, los súbditos musicales de Isabel II se acercaban a comportamientos hooligans. Sus acólitos madrileños les disculpaban asegurando que se debía a la sorpresa de encontrarse bares abiertos a todas horas, habituados los pobreciños a los horarios restrictivos ingleses. Ya.Los músicos escoceses podían ser igualmente festeros pero tendían a controlarse mejor. Se sentían representantes oficiosos de su patria y buscaban estrechar lazos con los nativos, por muy alcohólicos que fueran esos vínculos. Hasta hacían algún intento de acercarse al flamento, aunque no pasaran de los establecimientos typical spanish.Buscaban ponerse medallas, con la mínima excusa. Así, te explicaban que AC/DC no debía ser considerada una banda australiana: “Malcolm y Angus Young son de Glasgow. Y el desdichado de Bon Scott también nació en Escocia”. Te recordaban también a otros hermanos, Jim y William Reid, los motores de The Jesus and Mary Chain. Y hablaban del breve momento en que los Simple Minds, también de Glasgow, estuvieron en la cima del mundo. Parecían necesitar los nutrientes de su terruño: Lloyd Cole and the Conmotions perdieron buena parte de su garra cuando su líder se instaló en Nueva York.Se mostraban más reticentes a reivindicar a los Waterboys, tal vez por los ambiciosos modos de su cabecilla, Mike Scott, que hablaba de crear la “big music” (la música grande, y efectivamente lo era). Scott alentaba un impulso panteísta, hasta pagano. Y no se trataba de hojarasca verbal: algunos de los conciertos más trascendentes que recuerdo fueron los de los Waterboys en la sala madrileña de La Riviera: por momentos parecían levitar. Y nosotros con ellos.
Aquella arrogancia ‘hooligan’
Los grupos británicos han dejado huella en los escenarios españoles. Con especial mención a las bandas y solistas que venían del norte de la Muralla de Adriano, es decir, de Escocia








