13 de julio, 2026 - 06h30Que “los intelectuales odian al capitalismo” es un infundio en el que coinciden tendencias descentradas del liberalismo y corrientes radicales del marxismo. Para empezar, intelectualidad y capitalismo no son antónimos, lo uno no es contrario de lo otro, no tienen por qué serlo. La intelectualidad la constituyen personas que se dedican a las humanidades, que son ciencias que estudian la cultura, entendida esta en el sentido más amplio posible. ¿Cuál es ese sentido? El ser humano, como ente biológico, realiza una serie de actividades que son iguales a las de los otros seres vivos, que estudian las ciencias biológicas, pero tiene una serie de creencias, costumbres y realizaciones únicas, y esas son la materia de las humanidades. Entre las ciencias humanas, aunque no les guste a los radicales de ambos bandos, está la economía, que estudia la producción y circulación de bienes, un hecho eminentemente cultural. Como toda ciencia verdadera la economía no puede ser estanca, sino abierta al diálogo con otras disciplinas. Pero en cursos rápidos de liberalismo, se hace creer a los chicos que con nociones exclusivamente económicas les bastará en la vida y que mejor no se metan con antropólogos y sociólogos, porque los convertirán en intelectuales y eso es gravísimo.Entre las barbaridades de los discursos extremistas, he escuchado con espanto cosas como que Aristóteles fue anticapitalista. Mal podía serlo, el capitalismo surgió más de mil años después de su muerte. Él formuló las reglas del pensamiento racional e introdujo la visión científica realista y empírica, sin las cuales no habría nacido algo más fundamental y amplio, que es la cultura occidental, dentro de la cual se desarrollan el capitalismo y, por supuesto, la ciencia económica. Junto con ello, el sistema republicano de gobierno. Detrás de todo esto está el respeto a la libertad del individuo.Por eso, sociedades que no se insertan de buena fe en esta visión del mundo, solo consiguen reproducir imperfectos remedos de capitalismo, les falta ese ingrediente básico que es la libertad, que también está detrás de las humanidades y artes occidentales. Aristóteles justifica el afán de lucro como motor del progreso y del crecimiento, pero advierte que este impulso está subordinado a valores más importantes y no puede desbordar las reglas de la convivencia republicana (¿o es eso lo que buscan estos amigos y esos enemigos?).Finalmente, no es verdad que “todos los intelectuales” odien el capitalismo (oír semejante dislate espeluzna), si bien es cierto que una mayoría no demasiado mayoritaria se orienta en ese sentido. Pero esto es producto de la pobre gestión de las élites mercantilistas, que no han sabido vender su visión del mundo y sus bondades (hay que preguntar si les ha interesado difundirla). Pese a esto, los intelectuales liberales que se hicieron raros en el siglo XX, hoy son cada vez más y se hacen oír. Tampoco es verdad lo contrario, que “todos los capitalistas” odian la intelectualidad. Son mayoría los que así piensan, pero existe una minoría importante y operativa que entiende cómo le entra el agua al coco. No habrá agua ni coco si se nos muere la palma de Occidente y su tronco de libertad. (O)