Los caminos aborígenes enlazaban zonas de agua, ceremonia, alimento y comercio mucho antes de que una flota británica alterara la vida del continente. Australia estaba habitada por numerosos pueblos con lenguas, leyes, conocimientos y maneras propias de cuidar el territorio.
Los británicos llegaron para levantar una colonia penal, ampliar su presencia imperial y trasladar allí a condenados enviados desde Gran Bretaña. Aquel desembarco abrió una ocupación que arrebató tierras, extendió enfermedades y dañó comunidades que llevaban miles de años viviendo en ellas.
Una epidemia nacida junto al asentamiento alcanzó gran parte del continente
Una de las primeras consecuencias apareció en abril de 1789, 16 meses después de la llegada europea, cuando la viruela comenzó a matar a población aborigen en la región de Sídney. Una investigación publicada en Nature Human Behaviour empleó modelos de transmisión y rutas de desplazamiento para reconstruir el origen de la epidemia. Sus resultados apuntan al asentamiento británico y calculan que la enfermedad pudo avanzar durante 21 años, alcanzar zonas situadas a miles de kilómetros y causar hasta 220.000 muertes.
La duración del viaje de la Primera Flota había alimentado las dudas sobre esa procedencia. Henry Reynolds, historiador de la Universidad de Tasmania ajeno al trabajo, explicó a Science que los meses de navegación actuaron como “la situación de cuarentena más eficaz que se pueda imaginar”. Una infección activa habría causado enfermos y muertes a bordo antes de alcanzar Australia, pero los registros navales no describen ningún brote de viruela durante la travesía.











