El sat�lite no parpadea. Sobrevuela la Tierra con una regularidad casi indiferente, registrando la visi�n de un planeta muchas veces invisible desde el suelo. Muy lejos de ah�, en los laboratorios, modelos matem�ticos intentan traducir nuestro mundo a ecuaciones, mientras capas de sedimentos acumuladas durante miles de a�os guardan su memoria. Son tres maneras de mirar un mismo planeta. Y entre esas tres se sit�an tres investigaciones, la de Mercedes Paoletti, la de Jezabel Curbelo y la de Graciela Gil, financiadas con las Becas Leonardo de la Fundaci�n BBVA.Los fen�menos extremos asociados al cambio clim�tico ya no son excepcionales, y entenderlos exige combinar disciplinas que, hasta hace poco, apenas dialogaban entre s�. La ingenier�a observa lo que ocurre hoy. Las matem�ticas intentan explicar por qu� ocurre. La paleoecolog�a recuerda que algunos procesos llevan miles de a�os formando parte de la historia de la Tierra y ahora se aceleran a una velocidad desconocida.La doctora en Tecnolog�as Inform�ticas Mercedes Paoletti, beca Leonardo en Ingenier�as, lleva a�os trabajando con un tipo de im�genes que, vistas desde fuera, parecen fotograf�as corrientes de la superficie terrestre. Pero no lo son. Su proyecto VigIA es un sistema inteligente de vigilancia ambiental basado en im�genes hiperespectrales capaces de registrar mucha m�s informaci�n de la que puede captar el ojo humano.La diferencia comienza en algo aparentemente t�cnico, pero que cambia por completo la forma de mirar el territorio. �Gracias a los sat�lites, por ejemplo del programa Copernicus de la Agencia Espacial Europea, podemos capturar im�genes pr�cticamente diarias y con cobertura global�, explica. �Algunos siguen �rbitas que permiten observar pr�cticamente toda la superficie terrestre en muy poco tiempo�.Sin embargo, lo realmente importante no es la frecuencia. �Las im�genes normales trabajan con tres bandas, las que percibe el ojo humano. Nosotros trabajamos con im�genes hiperespectrales, que tienen cientos de bandas repartidas por el espectro electromagn�tico, desde el ultravioleta hasta el infrarrojo cercano�. Esa diferencia multiplica la cantidad de informaci�n disponible.La superficie terrestre deja as� de ser una imagen para convertirse en un conjunto de datos. El proyecto VigIA naci� para monitorizar la calidad del agua y detectar posibles contaminantes combinando im�genes satelitales con sensores port�tiles capaces de realizar an�lisis directamente sobre el terreno. Pero la l�gica del sistema puede extenderse a casi cualquier problema ambiental. �Hay sensores que miden la humedad del suelo, otros permiten analizar la cobertura vegetal, detectar determinadas caracter�sticas qu�micas... Puedes combinar toda esa informaci�n y construir un sistema mucho m�s completo�.Para saber m�sLa combinaci�n de fuentes es precisamente una de las grandes transformaciones que vive hoy la observaci�n de la Tierra. Ya no se trata s�lo de mirar desde el espacio, sino de integrar sat�lites, drones, sensores instalados sobre el terreno y algoritmos capaces de interpretar millones de datos simult�neamente. �Podemos estar observando pr�cticamente toda la vida en tiempo real�, apunta Paoletti. La expresi�n puede sonar exagerada, pero describe bastante bien el salto tecnol�gico de los �ltimos a�os. El territorio deja de revisarse de manera puntual para entrar en un sistema de vigilancia permanente.El cambio resulta especialmente �til cuando se habla de extremos clim�ticos. La sequ�a, por ejemplo, no aparece de un d�a para otro. Antes de hacerse visible deja peque�as se�ales: p�rdida de humedad, cambios en la vegetaci�n, alteraciones en el comportamiento del suelo. La misma l�gica sirve para estudiar la erosi�n del litoral, el deterioro de humedales o la evoluci�n de los recursos forestales. Aunque uno de los campos donde m�s posibilidades observa es la prevenci�n de incendios.Por tanto, el cuello de botella ya no est� en la tecnolog�a. �Hay que conseguir que todo ese conocimiento llegue a las administraciones y a los organismos que toman decisiones�, se�ala Paoletti. La diferencia puede parecer burocr�tica, pero tiene consecuencias muy concretas. Una herramienta capaz de detectar un riesgo solo resulta �til si alguien puede actuar a tiempo.Una de las observaciones que m�s le impresion� personalmente fueron las im�genes satelitales de la dana que arras� Valencia. �Fue impresionante ver c�mo hab�a cambiado todo de un d�a para otro. El nivel de destrucci�n era enorme. Pero te queda la sensaci�n de que lo que hacemos puede servir para evitar parte de estas cosas�.La matem�tica Jezabel Curbelo, beca Leonardo en Ciencias B�sicas, trabaja en la Universitat Polit�cnica de Catalunya en un campo donde la atm�sfera deja de ser un photocall para convertirse en un sistema din�mico de transporte. Su proyecto parte de una idea sencilla de formular y extremadamente dif�cil de resolver: el aire y el agua no se mueven al azar, pero tampoco siguen trayectorias f�cilmente deducibles.Su trabajo se sit�a en ese punto intermedio entre el orden y el caos. No busca simplificar la atm�sfera, sino encontrar estructuras invisibles dentro de su movimiento, lo que permitir�a determinar c�mo se dispersan contaminantes, cenizas volc�nicas o humo de incendios a escala global. El clima, en ese sentido, es un sistema interconectado donde los efectos pueden persistir durante meses y a miles de kil�metros. �Entender qu� ha pasado y ad�nde ha ido una nube de humo es importante�, insiste. Porque en ese recorrido se revelan los mecanismos internos del sistema atmosf�rico.Sin embargo, comprender no es igual que predecir. �Todas las herramientas que uso son para comprender qu� ha pasado�, explica. La predicci�n a largo plazo no es el objetivo inmediato, sino una consecuencia posible de un conocimiento m�s profundo. Esa limitaci�n tambi�n es hist�rica. �Los primeros datos fiables son de los a�os 40�, se�ala, lo que condiciona toda la modelizaci�n del clima: se trabaja con sistemas complejos a partir de registros relativamente recientes. �Muchas veces la matem�tica va por delante de lo que va pasando�, advierte. No como predicci�n inmediata, sino como forma de anticipar estructuras que el mundo todav�a no ha terminado de revelar.La bi�loga Graciela Gil-Romera desarroll� gracias a la beca Leonardo en Biolog�a, Ciencias del Medio Ambiente y de la Tierra de la Fundaci�n BBVA, el proyecto PYROS, que estudia la ecolog�a del fuego desde el Holoceno hasta la actualidad. Su punto de partida desmonta una idea muy extendida: que los incendios forestales son un fen�meno reciente o provocado por el ser humano.�Lo primero es reconocer que el fuego es un fen�meno que forma parte de la naturaleza� explica Gil-Romera. �Siempre ha habido incendios y hay ecosistemas que s�lo funcionan bien si reciben cierta perturbaci�n�. En el Mediterr�neo, por ejemplo, muchas especies est�n adaptadas a convivir con el fuego. No como excepci�n, sino como parte del sistema.El problema, subraya, no es la existencia del fuego, sino el cambio en su r�gimen: frecuencia, intensidad, extensi�n. �Ese r�gimen s� est� m�s vinculado a la acci�n humana�, se�ala. Para reconstruir esos cambios, la paleoecolog�a trabaja con archivos naturales: sedimentos, p�lenes, restos microsc�picos de carb�n acumulados durante miles de a�os.La diferencia con una observaci�n satelital es radical. �Nos puede hablar de c�mo era el r�gimen de incendios cuando no hab�a seres humanos actuando sobre el paisaje�, explica. Y en esa escala aparecen patrones que se repiten. �Se observan procesos de sucesi�n�, detalla. Primero colonizan ciertas especies, despu�s otras, en una reorganizaci�n progresiva del ecosistema tras el fuego.Una din�mica c�clica que se repite a lo largo de miles de a�os. Pero el elemento clave de su an�lisis no es el pasado, sino la comparaci�n con el presente. �Todos los cambios clim�ticos del pasado tambi�n han generado incendios�, revela. La diferencia es la velocidad.Al final del �ltimo gran ciclo glacial, hace unos 11.700 a�os, el aumento de temperaturas se produjo de forma gradual durante siglos. Eso permit�a que los ecosistemas se ajustaran lentamente. �Pod�a haber incendios cada 150 a�os, por ejemplo�, se�ala. No es comparable con la frecuencia actual. Hoy el cambio es m�s r�pido, y esa aceleraci�n altera la capacidad de adaptaci�n de los ecosistemas.A eso se suma el abandono del territorio. �Hace 200 o 300 a�os hab�a un manejo intensivo del paisaje�, razona. Hoy muchas zonas forestales han quedado sin gesti�n continua, lo que incrementa la disponibilidad de combustible.La combinaci�n de ambos procesos –cambio clim�tico y transformaci�n del uso del suelo– genera un escenario sensible en regiones como el norte de Europa o Canad�. Y aqu� aparece un matiz clave, a juicio de Gil-Romera: �Es importante no pensar que lo que sobra son plantas. No se trata de quitar bosque, sino de gestionarlo�.La cuesti�n no es eliminar vegetaci�n, sino evitar configuraciones que conviertan el sistema en inestable. �D�nde est� el l�mite entre proceso natural y crisis ecol�gica? �Est� en la frecuencia, la intensidad y la magnitud. Todos los ecosistemas se acaban recuperando. La cuesti�n es en qu� escala temporal y si ese proceso est� inducido por nosotros�.El problema aparece cuando el sistema supera ciertos umbrales y se desencadenan efectos en cadena dif�ciles de revertir. �Cuando se convierte en una cascada de efecto domin�, es incontrolable�, resume. Por eso, el objetivo de su investigaci�n no es s�lo reconstruir el pasado, sino identificar los puntos de riesgo actuales compar�ndolos con la historia ecol�gica de los �ltimos miles de a�os.Entre el sat�lite que observa el presente, la matem�tica que intenta descifrar los movimientos de la atm�sfera y la paleoecolog�a que reconstruye la memoria del fuego, aparece una misma idea en tres escalas distintas: el planeta no puede entenderse desde una �nica perspectiva. Y en ese cruce de miradas, el problema deja de ser s�lo t�cnico. Ya no se trata �nicamente de observar mejor el cambio clim�tico, sino de aprender a leerlo en todas sus temporalidades a la vez: la del dato inmediato, la del modelo que intenta ordenarlo y la del paisaje que guarda memoria. Porque el planeta no s�lo cambia. Tambi�n recuerda.