Luego de conocerse la variación negativa del índice mensual de actividad económica en mayo, que dio cuenta de cinco meses consecutivos de caída, el Presidente Kast hizo alusión a que Chile padece una enfermedad económica que está afectando la vida de los chilenos.
Como las palabras y el lenguaje van generando y configurando realidades, discrepo de la apreciación presidencial. La economía chilena no está enferma. La economía chilena se encuentra empantanada, que es algo muy distinto, como consecuencia de una incertidumbre que no logra despejarse, de regulaciones y burocracia que dificultan la puesta en marcha de nuevos proyectos de inversión, de rigideces laborales que encarecen la contratación de trabajadores, y, en fin, de la inercia de un entorno que impide que la actividad emprendedora pueda desplegarse con todo su potencial. Lo que han venido mostrando las cifras de actividad de este año -dejando de lado la minería, principal factor explicativo de estos resultados- es la de un virtual estancamiento, el cual no nos está permitiendo ni siquiera llegar al ya de por sí bajo crecimiento de tendencia de la economía, que se sitúa en torno al 2 por ciento anual.
Pero una economía empantanada no es una economía enferma. Una economía enferma es una economía debilitada que requiere de un tratamiento más profundo para sanar, normalmente explicado por la presencia de grandes desequilibrios macroeconómicos, alta inflación, graves fallas institucionales y un inadecuado funcionamiento del Estado de Derecho. Nada de esto caracteriza a la economía chilena hoy día, y si bien las finanzas públicas presentan problemas, las medidas que se están adoptando van a permitir corregir esta situación.








