El pitido final apenas se escuchó. Quedó sepultado bajo el rugido de cientos de aficionados ingleses agolpados en hileras de terrazas. Los abrazos dieron paso a las pintas alzadas al cielo y a un repertorio inevitable: Three Lions, Sweet Caroline y el ya inseparable Football's Coming Home resonaban mientras las pantallas repetían una y otra vez los goles de Inglaterra en un partido no exento de polémica. Hasta el último minuto, Noruega soñó con el pase a semifinales mientras Magaluf, principal bastión británico de Mallorca, se convirtió una noche más en una prolongación de cualquier ciudad inglesa.
Casi mil años después de la batalla de Stamford Bridge, cuando el rey Harald Hardrada cayó intentando conquistar la Inglaterra del monarca Harold Godwinson, los descendientes simbólicos de aquellos vikingos no lograron en el Miami Stadium materializar la revancha que muchos esperaban. No hubo espadas ni escudos, sino camisetas rojas y un ejército de aficionados que, remando al unísono, en todo momento mantuvo viva la esperanza: decenas de personas alineadas, hombro con hombro, moviendo los brazos como si empuñaran remos invisibles mientras coreaban el nombre de Noruega.
El Viking Row había desembarcado en Magaluf desde mucho antes del saque inicial. Tras el pitido final, sin embargo, el remo dejó de ser un grito de guerra para convertirse en un homenaje. Decenas de aficionados noruegos volvieron a formar filas por última vez, ya sin la euforia de la victoria, despidiendo entre aplausos a la selección que más lejos les había llevado en casi tres décadas.











