En una reciente entrevista tras la publicación de su libro Ungrounding, The Architecture of Genocide, el arquitecto israelí Eyal Weizman se pregunta: “¿Cómo es posible que un defensor israelí de los derechos humanos, miembro de una familia superviviente del Holocausto, esté señalado en Alemania por antisemitismo? ¿Cómo hemos llegado a esto?”.
La respuesta, sin duda, no es sencilla, pero un breve repaso a las privilegiadas relaciones que han desarrollado Alemania e Israel desde el Holocausto nos puede aportar algunas claves interpretativas. Una de las señas de identidad de la política exterior alemana es su respaldo incondicional a Israel, país al que considera representante legítimo de la comunidad judía. Este compromiso va más allá de la defensa de su derecho a la existencia o el mantenimiento de su seguridad, ya que implica también el apoyo al apartheid en Cisjordania y al genocidio en Gaza, como se ha demostrado en el curso de los últimos años.
Apoyo económico y militar
En 1952, la República Federal Alemana ofreció a Israel una cuantiosa ayuda (unos 9.000 millones de dólares al cambio actual) durante un periodo de 12 años para tratar de compensar su responsabilidad en el Holocausto. Por medio de dicha ayuda, Bonn se convirtió en el principal socio comercial de Israel por delante, incluso, de Francia o Estados Unidos en los primeros años de andadura del Estado hebreo, lo que fue vital para impulsar su economía y para facilitar la absorción de los cientos de miles de judíos que llegaron en las décadas posteriores a su fundación, en 1948.








