La llegada de un hijo con discapacidad provoca un cisma familiar, desconcierto, miedo y un sinnúmero de emociones. A partir de ese momento, el cuidado atraviesa a las madres por completo y sus vidas se transforman para siempre.
Sofía, mamá de Ulises, quien tiene un síndrome genético poco frecuente, cuenta que conocer el diagnóstico fue un cimbronazo. “Vino asociado a una sensación de soledad profunda, incomprensión y tristeza”, admite.
Cuando pudo, emprendió una búsqueda de apoyo y un trabajo personal y llegó a los talleres que proponía la trabajadora social comunitaria María Emilia Ruiz —y mamá de un hijo con discapacidad— del que participaban mujeres en situaciones similares.
Más tarde, se sumó a la Red de Mujeres Hacer Vidas Cuidando, un espacio colectivo destinado a quienes han participado de los talleres, que busca transformar esa vivencia individual en una construcción compartida.
“Me dio mucha compañía sobre todo, herramientas, cuestionamientos sobre cómo vivir mi vida. Hoy entiendo que la discapacidad no tiene porqué estar asociada a la amargura, a la tristeza, aunque sea muy difícil el día a día; no tiene por qué estar asociada a la soledad. Somos muchas y nos tenemos (...), juntas es más fácil”, dice.







