No se puede entender más que como una provocación el hecho de que para abandonar la exposición Frida: The Making of an Icon (Frida: La Construcción de un Icono), en la galería Tate Modern de Londres, haya que pasar obligatoriamente por la tienda del museo, plagada de camisetas, bolsas, jarras, bisutería, velas aromáticas y hasta una tabla de monopatín con el inconfundible rostro de la artista mexicana.Es una práctica cada vez más habitual en las exposiciones de muchos museos, pero choca en una que pretende precisamente señalar cómo la mercantilización ha desbordado a la obra artística.La muestra con mayor venta anticipada de entradas en la historia de este centro de arte contemporáneo, que permanecerá abierta hasta el 3 de enero de 2027, no es una antológica de Magdalena Frida Carmen Kahlo y Calderón (Coyoacán, México, 1907-1954), que eligió llamarse Frida Kahlo y el mundo ha acabado conociéndola como Frida a secas. De esas ha habido ya de sobra a lo largo de las últimas décadas. Es más bien un intento de explicar su conversión universal en una santa laica, en un icono adorado por varias generaciones de todo el mundo, en una imagen plasmada hoy en más de 100.000 objetos en venta en cualquier página web, en uno de esos personajes pintados en panel de madera que se reconocen al instante, con un agujero en la cara, para que cada uno elija al posar ante la cámara la Frida con la que se identifica.La artista intelectual y vanguardista; la surrealista suprema que siempre renegó de ese movimiento; la mujer liberada y culta en el México revolucionario y posrevolucionario; la compañera doliente, cómplice y, al final, más inmortal que él mismo del muralista Diego Rivera; la pintora autodidacta; la mujer que exhibió su dolor, la feminista, la bisexual, la queer, la indigenista, la comunista, la radical. Frida.“Ningún otro artista ha generado una respuesta tan peculiar por parte de varias generaciones de seguidores”, explica la portorriqueña Mari Carmen Ramírez, historiadora del Arte y comisaria de la exposición. Y eso, añade, responde a “los desafíos que tuvo que afrontar a lo largo de su vida, a la excéntrica construcción de su identidad —algo que tiene gran eco para una audiencia global y multicultural que la conoce simplemente como Frida—, y a una obra única que sintetiza elementos de la Escuela Mexicana con fuentes vernáculas y con una exploración obsesiva de sí misma”, señala.Rivera fue la revolución mexicana y las raíces indígenas de la nación. Siqueiros, la lucha de clases y el avance del proletariado. Orozco, la denuncia de la violencia. Pero pocas personas de las generaciones actuales podrían poner cara a cualquiera de los grandes muralistas mexicanos. Frida es, a través de su escaso número de obras, todos esos temas y otros mucho más íntimos y contemporáneos. Y pocos podrían recordar una pintura suya en la que el motivo principal no fuera ella misma.La reina del selfie, hija de un prestigioso fotógrafo de origen alemán con el que estuvo más unida que a su madre y del que aprendió la técnica, dejó que muchos captaran su imagen, como el galerista (y posiblemente amante) Julien Levy, que desveló a una Frida desnuda y cada vez más a gusto en su propia piel. O las fotografías coloridas de Nickolas Muray y las íntimas de Lola Álvarez Bravo. Cientos de instantáneas anónimas o de autor de una mujer que, sin embargo, cuando quiso ser ella la que se representaba a sí misma, eligió la pintura.“Frida nunca se fotografió a sí misma. Dejó que otros la interpretaran a través de esa forma de arte. Ella decidió pintarse a sí misma”, señala Tobias Ostrander, comisario principal de la exposición. “Quizá por su propia limitación física, pero también podemos interpretar como un modo de vincularse al medio artístico que más estatura intelectual tenía en aquella época. Rivera, al que admiraba, amaba y con quien, de un modo celoso, competía, solo pintaba”, recuerda Ostrander.Influencia artística y ‘fridamanía’Casi más que las apenas 30 pinturas de Frida que reúne la exposición, son centrales en la muestra las 160 obras de cerca de 80 artistas que han sentido, a lo largo de los años, la necesidad de seguir la estela de la artista e incorporar al icono en su propio lenguaje.Los cuadros de artistas contemporáneos de Frida, como Olga Costa y Manuel Rodríguez Lozano, sirven para contextualizar la vanguardia en la que ella brilló como nadie. Y las obras y murales del Movimiento Chicano, aquel resurgir de la comunidad mexicana inmigrante en Estados Unidos, en los años sesenta del siglo pasado, como parte de la lucha por los derechos civiles en ese país, explican cómo sus activistas se aferraron a Frida como un modelo de resistencia política y orgullo cultural. Su pintura, Allá Cuelga Mi Vestido, realizada durante la infeliz estancia de la artista en Nueva York, muestra uno de los tradicionales vestidos de tehuana, del estado de Oaxaca, que a ella tanto le gustaba usar, en medio de un paisaje industrial inhóspito. La viva imagen de la nostalgia por México de muchos inmigrantes de entonces.Las prótesis y artefactos ortopédicos de la escultora Berenice Olmedo, que revelan un “proceso de autoconstrucción”, según explica ella misma en el catálogo de la muestra, recuerdan el sufrimiento dominado de Frida, por la polio que contrajo de pequeña, y por el terrible accidente de tráfico que acabó con su columna, su pelvis y su útero y le obligó a vivir siempre con un esqueleto artificial.Las Yeguas del Apocalipsis de la artista Martine Gutiérrez, homenaje queer en los terribles años del sida a la pintura Las Dos Fridas, una de las más emblemáticas de la artista, explica mejor que cualquier obra cómo toda una tribu de marginales y heterodoxos se abrazaron al legado de la mexicana más universal.Pero el gran acierto de la exposición es el modo en que consigue ir alejándose gradualmente de la artista y de su obra, a medida que las salas avanzan, para adentrarse en la construcción de un icono que ha cobrado vida propia, y no necesariamente atractiva. Las últimas vitrinas son un compendio amontonado de objetos cursis y manidos de Frida: zapatillas, cajas de jabón, vajillería variada, muñecas de trapo, camisetas, bolsos o pósteres. Pura mercadotecnia similar a la que sufren las imágenes del Che Guevara o de Einstein, ajena ya por completo al mensaje que Frida intentó transmitir con su pintura y su vida.La exposición de la Tate Modern se ha completado con la obra de artistas contemporáneos extendida por zonas concurridas de Londres, coincidiendo con la celebración del Orgullo, como los motivos en papel picado que adornan Carnaby Street, en el Soho londinense, o los diferentes murales gigantes inspirados en Frida a lo largo del barrio de Bankside, al sur del Támesis.“La fridamanía conquista Londres”, anuncia la publicidad de la galería, que ha vendido ya de modo anticipado casi 40.000 entradas para su exposición. En una mañana calurosa cualquiera de esta semana de julio, eran decenas las personas que hacían fila a la espera de que se abrieran las puertas de la Tate. El intento de la exposición de salvar a Frida de una canonización irracional parece haber fracasado por completo, pero todo sugiere que los organizadores eran conscientes desde el principio de que se trataba de una misión imposible.