El hombre llamado a recomponer la relación entre Donald Trump y Giorgia Meloni vive prácticamente de forma permanente en un yate de 117 metros que navega por el Mediterráneo y no parece tener ninguna prisa por atracar. La mediación entre los dos viejos amigos está en alta mar, y no es solo una metáfora.Son tiempos en los que también las formas importan menos, por decirlo con delicadeza, pero Tilman Fertitta probablemente encabeza el ranking de las extravagancias. El embajador de Estados Unidos en Italia —decir “embajador en Roma”, en su caso, sería quedarse corto— es, cómo no, un viejo amigo del magnate. Nacido hace 69 años en Galveston (Texas), tiene una biografía poco centrada en las relaciones internacionales, al menos en las clásicas. Es propietario de centenares de restaurantes y de una de las principales cadenas hoteleras de lujo de Estados Unidos, Landry's, que emplea a más de 50.000 personas. También es dueño de los Houston Rockets, equipo de la NBA. Trump decidió enviarlo a Italia, también en virtud de sus lejanas raíces sicilianas.El destino romano, vacante durante mucho tiempo —igual que el de Madrid—, cuenta además con una de las residencias diplomáticas más prestigiosas de Europa: la Villa Taverna, con un inmenso jardín entre el exclusivo barrio de Parioli y Villa Borghese, el parque más elegante de la ciudad, a apenas un kilómetro de la embajada de Via Veneto. Un lujo del que Fertitta apenas ha querido disfrutar.La invitación del embajador Fertitta a bordo de su yateLVDurante los primeros meses de su mandato siguió viviendo a bordo, alternando fondeos y los pocos puertos italianos capaces de acoger una embarcación de semejantes dimensiones. Para sus escasas apariciones en Roma, limitadas casi siempre a reuniones protocolarias, se desplazaba en helicóptero, complicando no poco el dispositivo de seguridad que debían organizar las autoridades italianas. El mensaje era sencillo: quien quisiera verle tendría que subir a bordo.Con la llegada del buen tiempo, la tentación de permanecer en el mar se volvió irresistible. Además, el antiguo Boardwalk, de 77 metros, fue sustituido por otro todavía mayor, de 117 metros, al que mantuvo el mismo nombre. Así, Mr. Ambassador inauguró el pasado 24 de junio una travesía con destino a Nápoles que, según el programa oficial, recorrerá trece regiones italianas: bajará por la costa tirrena, remontará después el Adriático hasta Venecia y Trieste y solo tocará tierra para compromisos muy concretos.Para dar una pátina institucional a estas envidiables jornadas de navegación, Fertitta bautizó la iniciativa como “coastal diplomacy”. En cada escala invita a políticos, empresarios, representantes religiosos y figuras de la cultura con el objetivo oficial de llevar por toda Italia las celebraciones del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos.Allí donde llega se declara maravillado y llena los perfiles sociales de la embajada de fotografías y vídeos del viaje. “I love this area!”, exclamó al desembarcar en Palermo, reivindicando también sus raíces sicilianas. Días después, en Cefalù, el alcalde le entregó el certificado de nacimiento de su bisabuelo, emigrado a Estados Unidos en una travesía seguramente mucho menos cómoda que la suya. Cuando alguien le hizo notar que, apenas unas millas más al sur, su compatriota Robert Francis Prevost había rendido homenaje en Lampedusa a otro tipo de viajeros, Fertitta prefirió no hacer comentarios y volvió a insistir en el mensaje favorito de su jefe: “Los europeos deberían gastar más en defensa”.Pocos días antes, en Nápoles, había recibido a bordo al alcalde, al presidente de la región de Campania y también al presidente del Nápoles, el productor cinematográfico Aurelio De Laurentiis, a quien pidió consejo: “Yo también querría comprar un equipo”.El único desembarco realmente obligado de estos días fue el del 2 de julio, con motivo de la fiesta nacional estadounidense. Más de dos mil invitados estaban convocados y, por grande que fuera el yate, no cabían todos. La recepción en Villa Taverna fue seguida con especial atención en Italia, ya que llegaba después de las duras críticas de Trump a Meloni. La primera ministra evitó asistir, a diferencia del año pasado, y prefirió participar en un congreso sindical en el Véneto, aunque animó a sus ministros a acudir. Su vicepresidente, Matteo Salvini llegó incluso a improvisar un pequeño mitin en el jardín, interrumpido enseguida por razones superiores: “Mi consejero diplomático me ha preparado un discurso, pero no lo voy a leer porque ya huelo las hamburguesas”. Terminada la recepción y saciados los ministros más complacientes, el embajador hizo una señal a su escolta: “Volvamos a bordo”. La travesía diplomática, de momento, no había dado resultado.
La diplomacia en yate del embajador de Trump
Tilman Ferlitta ha cambiado la embajada en Roma por una embarcación de 117 metros desde la que recorre Italia mientras intenta recomponer la relación entre Trump y Meloni














