En el mito griego, Pandora recibe una vasija -no una caja, como acabar�a popularizando la tradici�n occidental- con la prohibici�n expresa de abrirla. Lo que viene despu�s seguro que les suena. La curiosidad le vence, y entonces escapan todos los males que habr�an de acompa�ar desde ese momento a la humanidad: la enfermedad, la violencia, la vejez, el dolor, la muerte. Solo la esperanza permanece dentro. Durante siglos, escritores, fil�sofos e historiadores cl�sicos han discutido qu� significa exactamente ese desenlace. �Qued� la esperanza encerrada para preservarla de los hombres, como el �ltimo bien que a�n pod�a salvarse? �O fue retenida para impedirles acceder a ella, convirti�ndola en otro castigo m�s?Esa vieja discusi�n ha vuelto a cobrar sentido en pleno siglo XXI. La esperanza, un concepto abstracto que puede sonar excesivamente pr�ximo a la autoayuda o al serm�n, ha regresado al centro de la conversaci�n intelectual, y tambi�n de la cultura pop: desde las enc�clicas del Papa Le�n XIV a los mensajes inspiradores de Bad Bunny en sus conciertos. Cultivar la esperanza est� tan de moda que celebramos incluso un D�a Internacional en su honor. En 2025, la ONU fij� esta efem�ride el 12 de julio con el objetivo �de promover la resiliencia colectiva, la paz y el desarrollo sostenible en tiempos de crisis�.�Necesitamos la esperanza para vivir igual que necesitamos el ox�geno. Ahora bien, no es una certeza matem�tica. No podemos enga�ar a nadie diciendo que todo ir� bien, porque no lo sabemos�, dice el fil�sofo Francesc Torralba. En su �ltimo ensayo, Anatom�a de la esperanza (Destino), la disecciona como si fuera un �rgano, en busca de un ant�doto para el fatalismo cr�nico. �Hoy estar�a en estado cr�tico, en la unidad de cuidados intensivos, con un pron�stico muy reservado�.�Nos encontramos en una �poca posterior al auge de ideolog�as como el socialismo, el comunismo o el neoliberalismo, que sol�an ofrecernos una imagen esperanzadora, aunque falsa, del futuro. En su ausencia, hemos llenado nuestra visi�n del futuro con posibilidades aterradoras. No vemos m�s all� de un mundo en llamas, de un mundo en guerra�, resume Michael Ignatieff, escritor, historiador y ex pol�tico canadiense galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2024.Para saber m�sEn efecto, hacen falta apenas cinco minutos de telediario o un rato muerto de scroll en X para constatar que vivimos rodeados de pron�sticos terribles. La crisis clim�tica, los riesgos de la inteligencia artificial, el problema de la vivienda, las guerras, la polarizaci�n pol�tica o la epidemia de salud mental alimentan una sensaci�n difusa de fragilidad permanente. El futuro, sin�nimo de progreso durante generaciones, se ha convertido en el escenario ruinoso donde proyectamos nuestros peores temores.Explica el fil�sofo que, por norma general, el cinismo ha sido considerado �un signo de lucidez o inteligencia�, una forma de prestigio cultural, mientras que la esperanza quedaba relegada a un terreno ambiguo: el de lo religioso, lo infantil o lo ingenuo. �La persona esperanzada sabe perfectamente que hay contratiempos, sufrimiento y adversidades. La diferencia es que, aun siendo consciente de todo ello, sigue confiando en que, con la ayuda de los dem�s, es posible construir un futuro mejor�.Cuando el fatalismo se convierte en zeitgeist, la esperanza deja de ser un consuelo ut�pico para entenderse como acto de resistencia. El optimismo, digamos, es el nuevo punk."La desesperanza es el mayor enemigo del arte, mientras el optimismo permite combatir el miedo y la destrucci�n. Yo soy la prueba, estoy vivito y coleando"Salman Rushdie�Cualquier frase que uno diga puede sonar ingenua o rid�cula. Yo abogo por la esperanza como una necesidad vital y activa. La desesperanza es, sin duda, el mayor enemigo del arte, mientras que el optimismo permite combatir el miedo y la destrucci�n�, defiende el escritor y ensayista Salman Rushdie. Hace cuatro a�os sobrevivi� a un intento de asesinato mientras impart�a una conferencia en Nueva York. �Yo mismo soy la prueba, estoy vivito y coleando�.Nazareth Castellanos, f�sica, neurocient�fica y divulgadora, define la esperanza como �la suposici�n mental de que la situaci�n puede tomar una deriva positiva�. Las personas positivas, explica, poseen una mayor activaci�n neuronal en la corteza orbitofrontal, el lugar del cerebro donde se encuentran los circuitos involucrados en la motivaci�n y el dise�o de estrategias para resolver los problemas. �Ante la incertidumbre surge la ansiedad y, con ella, el catastrofismo. Estos pensamientos son de naturaleza no consciente, lo que dificulta su eliminaci�n. Para compensarlo se requiere un esfuerzo voluntario que modere la naturaleza negativa. Es ah� donde podemos cultivar la esperanza, si no surge de forma espont�nea�, asegura.�Ser pesimista es lo m�s f�cil. Basta con abrir las p�ginas de cualquier peri�dico. Lo aut�nticamente transformador y revolucionario es ponerse a construir esperanza�, afirma Cristina Monge, soci�loga y polit�loga especializada en movimientos sociales, emergencia clim�tica y transici�n ecol�gica. Autora de Contra el descontento (Paid�s), asegura que el escenario de colapso ambiental es demoledor para el futuro: �El planeta, la casa com�n, arde en llamas y el futuro se convierte en un sitio tenebroso al que nadie quiere llegar. Ha sido necesario insistir en la gravedad del problema y se ha hecho m�s �nfasis en el diagn�stico que en la b�squeda de salidas�.�Zygmunt Bauman hablaba del miedo l�quido, lo que creo que describe muy bien nuestra �poca. Tenemos miedo pr�cticamente de todo: de una guerra nuclear, de una nueva pandemia, del cambio clim�tico, del envejecimiento, del alzh�imer... Ese miedo termina inmoviliz�ndonos radicalmente�, resume Torralba.Historias para el optimismoFrente a esa saturaci�n de escenarios desoladores, tambi�n surgen narrativas que insisten en ir en otra direcci�n. Muchas se inscriben en el hopepunk, un subg�nero de ficci�n especulativa que describe universos imperfectos, pero cuyos personajes se niegan a abandonar la idea de que merece la pena intentar cambiar algo, aunque el resultado no est� garantizado.Pel�culas como Superman y Proyecto Salvaci�n, o mangas como One Piece han hecho de la contradistop�a su lenguaje predilecto. Si la cultura dominante ha explorado con detalle la maquinaria del desastre en la p�gina y en la pantalla, estos relatos se cuestionan qu� ocurre despu�s del diagn�stico colapsista. �Las historias tienen una capacidad �nica para fomentar la empat�a. Al lograr que los lectores se interesen por personajes y mundos que de otro modo ignorar�an, los libros son esenciales para tender puentes entre diferentes culturas e ideolog�as�, sostiene Rushdie. �Mi esperanza est� puesta en que la naturaleza humana es una gran constante y en que mientras cualquier escritor sepa representarla, tal vez la gente todav�a est� a tiempo de hacer un futuro mejor�.Ignatieff comparte esa visi�n: �El motivo m�s s�lido para tener esperanza hoy en d�a es el mismo de siempre: la fe en el genio art�stico y la maestr�a que han demostrado seres humanos como nosotros. Si quieres recuperar la ilusi�n, solo tienes que pasar una tarde en el Museo del Prado�.�Hemos dedicado muchos m�s esfuerzos a comprender la miseria humana que sus fortalezas, porque el an�lisis negativo de la sociedad est� valorado como m�s riguroso, serio e inteligente. Es un buen momento para dise�ar un mapa humano sobre aquellos territorios que merecen nuestra desaprobaci�n y explorar aquellos que merecen nuestro aplauso�, sostiene Castellanos. �Se sigue menospreciando una mirada amable sobre el ser humano, pero ser ciego ante este lado no implica que no exista�.Insiste la cient�fica en que la esperanza debe dejar de ser una expectativa de resultado para convertirse en �una forma de relaci�n con el tiempo�. Es decir: no consiste en creer que las cosas saldr�n bien, sino en confiar en que tendremos recursos para afrontar todo tipo de situaciones a corto, medio y largo plazo. Tambi�n en sostener la idea de que lo que hacemos cada d�a todav�a puede servir para algo."Hemos llenado nuestra visi�n del futuro con posibilidades aterradoras. No vemos m�s all� de un mundo en llamas, de un mundo en guerra"Michael Ignatieff, escritor, historiador y ex pol�tico canadienseEsta diferencia, sutil pero decisiva, desplaza la esperanza del terreno de la predicci�n al de la acci�n. Aunque la incertidumbre se ha vuelto estructural, las nuevas generaciones se niegan a asentarse en la par�lisis. �Deber�amos escuchar m�s a los j�venes, en lugar de intentar convencerles constantemente de que nos escuchen a nosotros. Veo c�mo se han politizado, en el sentido aristot�lico del t�rmino: participan en la democracia, en el debate y en la confrontaci�n de ideas. Les preocupa que se haga justicia en Palestina, les preocupa una acci�n clim�tica real y no una acci�n clim�tica de fachada. Ah� est�, por ejemplo, el movimiento Fridays for Future�, apunta Mariana Mazzucato, catedr�tica de Econom�a y directora del Instituto de Innovaci�n y Prop�sito P�blico en el University College de Londres.�Mis hijos han participado en grandes movimientos estudiantiles que recuerdan, en cierto modo, a los de los a�os 60. Despu�s de un periodo tan largo de apat�a, agravado adem�s por la pandemia, es hermoso ver este renacimiento�, contin�a la economista.Con ella concuerda Monge, quien se�ala que hay centenares de iniciativas de la sociedad civil que est�n dando respuesta a los desaf�os actuales, aunque apenas ocupan espacio en la conversaci�n p�blica. La escritora Rebecca Solnit habla de �esperanzas en la oscuridad�: peque�as transformaciones que ya est�n ocurriendo, a menudo invisibles e inesperadas, pero capaces de alterar el curso de las cosas. �Ya lo dijo I�aki Gabilondo: cuando un �rbol cae, genera un estruendo. Pero cuando a su alrededor la hierba y las flores van creciendo, lo hacen de forma silenciosa. Hay que prestar atenci�n a lo que va asomando cuando lo que ya exist�a se derrumba�, recuerda Monge.�Tener miedo al futuro no es algo malo, siempre y cuando nos ense�e algo. Hoy en d�a somos m�s conscientes de los peligros que nos acechan, pero tambi�n contamos con m�s conocimientos sobre c�mo funciona nuestro sistema clim�tico, nuestro sistema econ�mico y nuestro organismo�, afirma por su parte Ignatieff. El reto, subraya, consiste en elegir l�deres capaces �que sepan movilizar recursos, poder y conocimiento con el fin de resolver los problemas que podamos resolver y gestionar aquellos que no podamos resolver�."Ser pesimista es lo m�s f�cil. Basta con abrir un peri�dico. Lo aut�nticamente revolucionario es construir esperanza"Cristina Monge, soci�loga y polit�loga especializada en movimientos sociales, emergencia clim�tica y transici�n ecol�gicaPrecisamente es en la escena pol�tica donde la cuesti�n adquiere una dimensi�n particularmente visible. La democracia, en su formulaci�n m�s b�sica, no es solo un sistema de reglas, sino una hip�tesis sobre el futuro: la idea de que las cosas pueden cambiar mediante la acci�n colectiva. Cuando esa hip�tesis se debilita, lo que se erosiona no es �nicamente la confianza en las instituciones, sino la propia imaginaci�n de lo posible.�El fin �ltimo de las instituciones es cuidar, en el m�s amplio sentido, a la sociedad y a la ciudadan�a. Para recuperar esa confianza, que hoy est� en niveles m�nimos, las administraciones p�blicas tienen que ser eficaces y la pol�tica �til, ofreciendo soluciones a los desaf�os, y eso es justo lo que hoy falta�, critica Monge.Ignatieff sostiene que, en una �poca sin grandes visiones pol�ticas, lo m�s aconsejable es centrarse en los actos de fe cotidianos: �Levantarnos cada d�a y hacer nuestro trabajo, criar a nuestros hijos lo mejor que podamos, mantener nuestros matrimonios y relaciones de pareja, ser buenos amigos y vecinos con quienes nos rodean, ser ciudadanos cr�ticos y activos, esc�pticos y desde�osos con los l�deres que nos tratan como si fu�ramos tontos�. Y pone a Hungr�a como ejemplo: �Tras 16 a�os de Orb�n, los h�ngaros dijeron: �Ya basta!�.Algo similar ocurre en el terreno econ�mico, donde la discusi�n sobre el papel de las instituciones ha devuelto a la agenda una idea que durante d�cadas parec�a secundaria: que las condiciones materiales no solo determinan oportunidades, sino tambi�n expectativas. La posibilidad de imaginar una vida distinta depende, en gran medida, de la percepci�n de que esa vida es alcanzable.Confiar en el d�a a d�aPara Mazzucato, autora de El valor de las cosas, El Estado emprendedor y Bien com�n (los tres publicados por Taurus), el mayor peligro de una sociedad que deja de creer en el futuro es que la gente deje de votar: �La ciudadan�a abandona el proceso pol�tico y termina siendo enga�ada por quienes aparecen diciendo que todo est� fatal y que solo ellos tienen la soluci�n, en lugar de trabajar para transformar el sistema desde dentro�. Es ah�, se�ala la economista, donde emergen con fuerza las dial�cticas populistas y los movimientos antisistema. �Gran parte de la pol�tica actual no se dirige hacia ning�n sitio concreto; simplemente mueve dinero de un lado a otro. Si no existe una visi�n de hacia d�nde queremos ir, no tiene sentido hablar de esperanza, porque esta se basa en emprender un viaje con un destino�.�Cuando uno empieza una carrera universitaria, espera terminarla. Cuando comienza a escribir un libro, conf�a en acabarlo. Cuando inicia una relaci�n, desea que tenga futuro. Todo proyecto humano nace acompa�ado de esperanza�, remarca Torralba. �Despu�s, la realidad puede obligarnos a rectificar, modificar o incluso abandonar ese proyecto, pero necesitamos esa confianza inicial para empezar�. Pero la esperanza no es un simple estado de �nimo, sino una construcci�n fr�gil que depende del entorno y de la capacidad de plantearse alternativas. Castellanos asegura que se trata de un proceso vinculado a la anticipaci�n, la memoria y la regulaci�n emocional.M�s all� de la reacci�n qu�mica, las emociones que asociamos a lo m�s �ntimo de nosotros est�n atravesadas por formas de aprendizaje y por experiencias previas de posibilidad: �Se habla mucho de la plasticidad cerebral, de la capacidad del cerebro para reorganizarse y cambiar. La esperanza se cultiva como forma de responsabilidad individual y social, como motor que gu�a y empuja a la evoluci�n en todos los �mbitos de nuestra vida�."Hemos dedicado m�s esfuerzo a comprender la miseria humana que nuestras fortalezas"Nazareth Castellanos, f�sica, neurocient�fica y divulgadora�En cuanto renunciamos a la expectativa de que esos cambios puedan producirse, perdemos la capacidad de mejorar el d�a a d�a de las personas�, agrega Mazzucato, que plantea �una falsa dicotom�a� entre revoluci�n y reforma. �Yo creo en reformas profundas precisamente porque me importa la vida cotidiana. Si solo hablamos de grandes revoluciones, al final todo se queda en ret�rica�.En la vasija de Pandora, seg�n la lectura m�s inquietante del mito, la esperanza es una obstinada presencia que permanece cuando todo lo dem�s ha sido liberado. Coinciden los entrevistados en que quiz� sea la persistencia humana lo �nico que todav�a nos separa del ocaso definitivo.�Historias de superaci�n como la de Gis�le Pelicot son admirables y luminosas, una invitaci�n a no caer en la desesperanza, a confiar en el cambio�, recuerda Torralba. E incita a tomar precauciones para no ahogarse en el �des�nimo colectivo� que, afirma, promueven la clase pol�tica o los medios de comunicaci�n. La clave est� en aprender a ver de otra manera lo que ya est� pasando, no en tratar de dibujar un horizonte completamente distinto.�Podemos vivir sin esperanza pol�tica, pero la esperanza en nuestra vida privada sigue siendo esencial. Lo que nos da esperanza es el amor por nuestros hijos, nuestras parejas, el cari�o por nuestros amigos y vecinos, y la confianza en aquellos con quienes trabajamos. La esperanza se sustenta realmente en estas relaciones del d�a a d�a. Dejemos que el futuro se ocupe de s� mismo�, concluye Ignatieff.
El optimismo es el nuevo punk: "Necesitamos la esperanza para vivir tanto como el ox�geno"
En el mito griego, Pandora recibe una vasija -no una caja, como acabar�a popularizando la tradici�n occidental- con la prohibici�n expresa de abrirla. Lo que viene despu�s...








