Superado el insólito e inexplicable capítulo Adorni, el Gobierno aprovechó el feriado del Día de la Independencia para formalizar un eventual relanzamiento y poner proa hacia el objetivo en el que concentrará sus esfuerzos: la reelección de Milei. La crucial relación con los gobernadores, la agenda parlamentaria, la política exterior (el Presidente sacrificó dos viajes la semana pasada en el altar de una interna política que necesitaba imperiosamente reordenar), el plan financiero hasta el final de la gestión. Desde ahora, lo que ocurra en el Gobierno y en la oposición debe ser tamizado por el prisma (necesidades, dudas, límites, negociaciones) que impone el próximo proceso electoral. Esto incluye un giro pragmático de Karina, tardíamente alineada con las propuestas impulsadas por su némesis, Santiago Caputo, que siempre alentó la concordancia con los gobernadores dialoguistas, aunque implicase resignar las ambiciones políticas (de construcción territorial para lograr una postergada autonomía) del ala más “purista” del Gobierno, que encabeza la hermana presidencial. Entretanto, las diferentes expresiones de una oposición sin candidatos, narrativas ni propuestas competitivas se entreveran en un laberinto: miran el avance del calendario y confían en el desgaste y las limitaciones del oficialismo, aunque la realidad les ratifica que no es suficiente para tener más posibilidades de forzar una alternancia. Algunos especialistas, sin temor a las obviedades, afirman que “la campaña que se viene será más fundamental” de lo habitual. ¿Apostar por un perfil que unifique experiencia y un programa económico heterodoxo, manteniendo el equilibrio fiscal para representar a los “perdedores” del modelo de “capitalismo salvaje”? ¿Alentar otra candidatura “a la Milei”, con atributos antiestablishment, que seduzca también a los nichos decepcionados con la experiencia anarcolibertaria, en particular por la corrupción? Para complicar el panorama, el Gobierno impulsa una más que incierta reforma electoral: apunta a instalar nuevos obstáculos en el complejísimo panorama que enfrentan quienes pretenden, con más o menos recursos y posibilidades, desafiar la continuidad de Milei.Para satisfacer el capricho de modificar el sistema de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, ya sea por su eliminación o por una nueva suspensión “por única vez”, como ocurrió el año pasado, especialistas en derecho electoral tratan de compatibilizar con poca suerte el viejo sistema de colectoras con la casi flamante boleta única de papel (BUP). Recordemos que se trata de una muy rara excepción de interés por la calidad institucional en una administración caracterizada, en el mejor de los casos, por una desaprensión sobre esta cuestión clave para el desarrollo. De hecho, manosear el sistema electoral para satisfacer las prioridades del gobierno de turno es, con muy escasas excepciones, un clásico de la política vernácula, que incluye el riesgo no menor de que puede convertirse en un búmeran para quien lo avala. Uno de los pocos elementos positivos de la experiencia Cambiemos (2015-2019) fue su compromiso institucional, tal vez más retórico que efectivo, pero que tuvo hitos como la conformación de la Oficina de Presupuesto del Congreso, junto con la eliminación por decreto de las listas colectoras. Curiosamente, un gobierno con un gabinete integrado mayoritariamente por exministros de Mauricio Macri apoya sin remordimientos una clara reversión en la materia, con sistemáticas medidas que apuntan a la opacidad y la discrecionalidad en el manejo del poder, más allá de las constantes agresiones a la libertad de prensa y expresión. En el entorno de Patricia Bullrich aseguran que la senadora no está cómoda con esta iniciativa, lo que la distancia aún más del karinismo. Tampoco encuentra suficiente eco entre sus colegas de la Cámara alta, ni dentro ni fuera de su bloque.Tras participar del Tedeum por el Día de la Independencia en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, el presidente Javier Milei encabezó una reunión de Gabinete en Casa Rosada.