OpiniónLa de junio no fue una elección entre candidatos presidenciales, fue un diagnóstico sobre cuánto nos cuesta acordar.ASESOR DE ASUNTOS PÚBLICOS Y PROFESOR CATEDRÁTICO08.07.2026 22:01 Actualizado: 08.07.2026 22:01 Un país que no logra ponerse de acuerdo sobre el tipo de nación que quiere no está en desacuerdo, está en guerra contra sí mismo. Las elecciones pasadas nos recordaron que seguimos separados por visiones aparentemente irreconciliables. La de junio no fue una elección entre candidatos presidenciales, fue un diagnóstico sobre cuánto nos cuesta acordar.Colombia lleva más de dos siglos construyendo una identidad nacional que nunca termina de cuajar. No es una paradoja nueva, puede ser un defecto genético. Es, a la vez, el resultado de una historia que nos enseñó a dividir antes que a construir. Primero nos separamos por origen –el criollo, el mestizo, el mulato–; luego por bando –realistas o patriotas, centralistas o federalistas, liberales o conservadores, comunistas o capitalistas–; y hoy, por cualquier cosa que nos ayude a soportar nuestro marco psicológico.La disyunción es una constante en nuestra historia: o somos lo uno o somos lo otro, pero nunca las dos cosas. Vivimos la confrontación hasta la saciedad. Nuestro criterio de vida parece ser la distinción irreconciliable entre amigo y enemigo del polémico jurista Carl Schmitt. Acá es cierto: el antagonismo engendra lo político, y la tensión nos mantiene vivos.Las diferencias son tan grandes como las cordilleras que nos atraviesan, imponentes y estorbosas para el desarrollo. Desde que nos destetamos de los españoles, ha sido ardua la relación con los opuestos y difícil encontrar la armonía, no para generar uniformidad, sino supervivencia.¿Cuántos muertos más necesitamos para aprender a desacordar sin destruirnos?Las cifras de lo que ese antagonismo ha costado son obscenas: cerca de 800.000 personas murieron entre 1985 y 2018 solo a causa del conflicto interno y del terrorismo; más o menos 300.000 cayeron en la época de La Violencia, entre 1945 y 1966, y unas 25.000 en la Guerra de los Mil Días. El marcador sigue abierto e incluso en discusión. Los desacuerdos, en Colombia, no se han resuelto en el Congreso ni en la plaza pública; se han remediado en el monte, en las calles y en las fosas.La encuesta de Cultura Política lo confirma con un dato que debería avergonzarnos: el 45 por ciento de los colombianos considera imposible ponerse de acuerdo sobre una causa común con alguien que piensa diferente, y el 90 por ciento desconfía de un desconocido. En ese ecosistema, construir un proyecto nacional es un acto de fe ciega.El problema de los colombianos es que no hemos hecho lo suficiente para tender puentes con aquellos que viven en otros esquemas ideológicos, y luchamos ferozmente por tener razón, así esta no sea más que una visión dopada por emociones y sesgos egoístas. Del irracionalismo, decía el filósofo Karl Popper, derivan las manifestaciones más destructivas que niegan el conocimiento y llevan a un primer plano el instinto.En un país donde los desacuerdos matan, es preocupante promulgar el desacato a la democracia cuando gana quien piensa distinto, así como pedir atacar a los que votaron diferente. ¿Cuántos muertos más necesitamos para aprender a desacordar sin destruirnos? Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
Los desacuerdos matan
La de junio no fue una elección entre candidatos presidenciales, fue un diagnóstico sobre cuánto nos cuesta acordar.









