“Argentina es esto. A lo mejor, el que no es argentino no lo entiende”, afirmó Lionel Scaloni tras escapar del velatorio contra Egipto. Del fútbol de la vigente campeona se sabe muy poco y su entrenador no dedica mucho tiempo a explicarlo en público. Lo único que le funciona al equipo en el Mundial es Leo Messi, por supuesto, y abocarse a las emociones y la resistencia —también con la estrella al frente—, por más que el catálogo de rivales invitara a imaginar otro escenario. La selección número dos del ranking FIFA ha tenido enfrente a Argelia (29ª), Austria (23ª), Jordania (73ª), Cabo Verde (64ª) y Egipto (24ª). La ruta se presentaba plácida para progresar sin grandes alardes, pero si ha llegado a los cuartos contra Suiza (madrugada del sábado al domingo, 4.00; Dazn) es porque terminó achicando agua ante la cuadrilla de Bubista y remontó colgando balones frente a la escolta de Mohamed Salah. Y porque tiene a Leo Messi, claro. En ningún encuentro pudo prescindir de él. Este martes marcó su octavo tanto en el torneo, elevó a 21 el récord anotador en las Copas del Mundo, sumó nueve duelos seguidos metiendo en la gran cita entre Qatar y Estados Unidos, y seis en choques de eliminatoria. “Les dije a todos que lo tomen como ejemplo”, contó Scaloni. “Hoy podía haber dicho que se acabó, había fallado un penalti, pero la volvía a pedir, a intentar. Se me pone la piel de gallina”, subrayó el técnico, un hombre fiado al diez y a la resiliencia. “Estoy muy emocionado... ¡Qué grupo de jugadores, hermano! Ya está, me tengo que ir, dejá, dejá...”, soltó ante las cámaras después de la agonía con los egipcios. “Los chicos me dicen la llorona, pero no me importa”, confesó después. Él lloraba, Messi lloraba y todos hablaban de sentimientos y lucha contra las adversidades después de superar a Cabo Verde y Egipto. “Lo mejor fue el corazón y la actitud”, resumió Rodrigo de Paul. Esa argentinidad emocional a la que apelaba Scaloni y la realidad del fútbol de la Albiceleste se funden para explicar el camino de una selección que, con la pelota en los pies, solo encuentra a Leo. La estrella de 39 años tira del resto cuando cabía pensar que debería ser al revés con jugadores, como Julián Alvarez (26 años), Enzo Fernández (25) y Alexis Mac Allister (27), que irrumpieron en Qatar en 2022 y han llegado a este torneo con una edad de teórica madurez. La apuesta no cambia en las alineaciones, juntar jugadores para dominar a través del pase, pero la idea no cristaliza en juego fluido. En todos los encuentros ha tenido tramos en los que ha debido protegerse o ha estado sobrepasada frente a rivales varios cuerpos por debajo de ella. Este martes, los tres goles llegaron en balones colgados, una vía poco ortodoxa en Argentina. El número de centros, al margen de los saques de esquina, se disparó a 21, más que en los cuatro duelos previos juntos (cuatro contra Argelia, tres con Austria, cinco ante Jordania y ocho frente a Cabo Verde).De agonía en agonía, Scaloni reivindica que su equipo ha ganado los cinco partidos (uno en la prórroga), a pesar de la tendencia decreciente, cada vez más anclada a lo que invente la Pulga. Contra Egipto, estuvo eliminado durante más de una hora. Su plan y alineaciones, sin embargo, no han introducido ninguna novedad sustancial. Este martes cambió tres nombres del once titular (Leandro Paredes por Thiago Almada, Julián Alvarez por Lautaro Martínez y Nicolás Tagliafico por Facundo Medina), pero ninguno supuso una revolución. El técnico ha insistido en un bloque casi impenetrable de 16 jugadores. Apenas se ha visto a Nico Paz (71 minutos; ubicado en la posición de Messi), y los centrocampistas Exequiel Palacios, Giovani Lo Celso y Valentín Barco, el delantero Flaco López y el extremo Giuliano Simeone solo han aparecido en el choque intrascendente con Jordania. La aceleración del rojiblanco no encuentra hueco en el fútbol más de toque que pretende el seleccionador argentino.En medio de unas ruedas de prensa cocinadas por la Federación Argentina y la sublimación de las emociones (más Messi), la única autocrítica tras dos encuentros resueltos a las bravas procedió de Dibu Martínez. “Después del 0-2, sentí que no pude ayudar a nadie y esa sensación no me gusta. Pienso que va a llegar mi momento. Necesito ayudarlos mucho más. Ellos me están salvando en varios momentos y me toca hacerlo a mí”, admitió al final de la tarde en la que se confirmó también que los rivales cada vez le hacen más daño. Argentina vive enganchada al impacto asombroso de su estrella de 39 años y a la épica. No tiene más, ni menos.