La generación que ahora ronda los 60, la mía, creció traumatizada por un nombre, Katalinski. El central yugoslavo batió a Iríbar en el desempate de Frankfurt y volvimos a quedarnos fuera de un Mundial, el de Alemania 74, igual que cuatro años antes nos pasó con México 70. Por entonces clasificarse para una fase final era una heroicidad que requería una gran dosis de vitalidad y energía, y nuestra ya muy veterana selección (Claramunt, Amancio, Gárate,...) parecía la perfecta radiografía de un país consumido por un sistema caduco. Se podría decir que nuestro pulso vital se asemejaba a la mano temblorosa del caudillo en el balcón de la plaza de Oriente. En el descanso de aquel partido la televisión anunciaba con insistencia una marca de chicles: ¡Con Dunkin Kubala, al Mundial de Alemania! En los cromos que envolvían la goma de mascar, nuestro seleccionador nos daba consejos de cómo sacar una falta, rematar de cabeza, matar el balón con el pecho,... Consejos que memorizamos mejor que las lecciones de geografía. Sin embargo, ya en el descanso sabíamos que ni comprado los Dunkin Kubala por cajas iríamos al Mundial de Alemania. Cuatro años después nos tomamos la revancha gracias al gol de Rubén Cano en la llamada Batalla de Belgrado. La patada más suave que recibieron los nuestros fue el botellazo a Juanito. España empezaba el tránsito a la democracia y rebosaba energía. Desde entonces no hemos dejado de acudir a estas citas mundialistas que cada cuatro años marcan nuestra aventura equinocial. Hay que darle el mérito que tiene. La tetracampeona Italia lleva ya tres campeonatos ausente.En ese tránsito que iniciamos en Argentina 78 hemos llamado a la puerta de cada eliminatoria con timidez, con miedo, sin pasar nunca de cuartos, temerosos de un arbitraje sospechoso (si no puedes ganar al menos quéjate del árbitro) o de una tanda de penaltis esquiva, hasta que en Sudáfrica decidimos tirar la puerta abajo en vez de golpear con los nudillos y pedir permiso.Ahora volvemos a estar en cuartos, y también como en otros mundiales americanos sentimos el vértigo de las eliminatorias de madrugada, como en aquella goleada de Butragueño en Querétaro ante la favorita Dinamarca. Se estrenaba la televisión matinal ese 1986 y José Antonio Maldonado dio el parte meteorológico a las nueve de la mañana embutido en su riguroso traje con corbata de cuyo hombro colgaba, como si fuese un paño de cocina, la camiseta roja de la selección. ‘Perdonen, es que acabo de llegar de Cibeles’. Ese día la diosa de los leones recibió su bautismo como icono futbolero. Después llegaría Bélgica y los penaltis nos apearon del sueño de semifinales también a media noche. Nos tocará vengarnos este viernes, como acabamos de hacer con Austria, que dinamitó nuestras ilusiones en el mundial de Videla. Siempre hay que derribar puertas.En esos partidos de madrugada, bajo el asfixiante calor madrileño que trepaba desde el asfalto en plena época de exámenes, Matías Prats siempre nos dedicaba un guiño a los insomnes entre partido y partido, entre resumen y resumen. Creo que fue en el 94, en EEUU, cuando la Colombia de Valderrama, Rincón y Pacho Maturana deslumbró al mundo. Al acabar el choque con una nueva demostración, Matías soltó una de las suyas. “Colombia, cuántas veces su producto nacional nos ha mantenido toda la noche sin dormir y muy concentrados”. Hizo una pausa y acabó aclarando: “El café”. E hizo bien, que a esas horas y en los noventa seguro que algún despistado pensó lo que no era
De Katalinski al fútbol de medianoche
Nos tocará vengarnos este viernes, como acabamos de hacer con Austria, que dinamitó nuestras ilusiones en el mundial de Videla. Siempre hay que derribar puertas









