OpiniónGracias al nadaísmo llegué a conocer todos esos ‘otros mundos que existen pero están en este’, como lo manifestó Paul Éluard de un plumazo.COLUMNISTA Y POETA07.07.2026 22:01 Actualizado: 07.07.2026 22:01 Ahora que mi memoria involuntaria va camino de perderse en el tiempo y fundirse con el olvido, no tanto por los años que he venido arrumando sino por los incontables sucesos que me pavoneo recontando, puesto que de eso vive mi pluma, hago el esfuerzo evocativo con lo que todavía se pasea por el espejo de mi pasado, con la seguridad de que mi memoria no obedece a esa definición de que es la facultad de olvidar. Porque me acuerdo de todo, menos de lo que no es conveniente contar. Ojalá encuentre para ello un título tan deslumbrante para las evocaciones nostálgicas, como el aún inédito de Joe Broderick, “Si mal no recuerdo”.Qué nostalgia tengo de aquellos años pasados antes de haber nacido, cuando solo la voz de Dios se escuchaba por las estancias ordenando crearse mundos de soles que cupieran en los vastos cielos, porque si el cielo fuera solo uno no podría albergar a las multitudes que se salvaran a la hora del juicio final. Menos mal que han pasado tantos años desde que nací para comprobar que este mundo también existía, porque si no quién se habría dado cuenta de que existía la existencia. Para algo sirvió, pues, la pluma fuente de todo lo que había que contar de lo que vieran los ojos en la vida real y hasta en los sueños profundos. Suerte también la de tener oídos para escuchar los truenos y los trinos provenientes del cielo y en las noches de cálidas frazadas el susurro de las bienqueridas entredormidas y perfumadas hasta el fondo de estas fosas nasales.Tuve un corazón tan grande como mi otro órgano del amor, gracias a lo cual pude conquistar mujeres bellas tan pronto como las anteriores me iban cortando, no a cambio de seductores mejores, sino porque ya conmigo habían tocado las siete campanas del cielo. Cuando a mis 26 me soltó mi inicial manceba, a quien tanto apuntara su carga de tinta mi pluma fuente, tuve el asombro de encontrar en plena avenida Colombia, en Cali, la sonrisa más linda que chocó con la mía, y era la de la excitante y pomposa rubia Sussy Hoyos, a quien le decían “la coqueta”, quien había figurado en el serrallo del rey Saud, en Arabia. Esto fue hace 60 años y me entero de que acaba de fenecer, en Riosucio. Le envío mi último beso a mi adorada percanta.Hoy vivo a mis anchas en Villa de Leyva, donde me trajo a vivir un ángel de tantas alas que no le encuentro las piernas, y donde estoy encerrado leyendo todos los libros que espesan mi biblioteca.No me imagino por qué me dio por cantarme a mí mismo como cualquier anciano cuáquero con un tarro de avena en la mano. ¿O sería Walt? Tal vez porque de leer cada número de Selecciones del Reader’s Digest terminé por considerarme “Mi personaje inolvidable”. Y cómo me iba a olvidar de mí, si todas las mañanas me veía con igual rostro sonriente o acongojado al espejo mientras me lavaba la cara y algunos dientes.En casa me pedían que ayudara en reparaciones domésticas, como colocar en su puesto la teja que en el techo se había corrido, o volver a pegar una baldosa del patio que se había zafado debajo de una matera, o arreglar la cojera de la mesa del comedor, y yo me declaraba impedido para esa clase de esfuerzos, pues me encontraba estudiando a los iconoclastas empeñados en deshacer el planeta. Ante lo que mi abuela declaró en la sala delante de las visitas: “Este muchacho para lo único que va a servir es para nada”. Y fue por esos días cuando el nadaísmo llegó a mi vida. A transformar el universo se dijo. Por lo menos eso fue lo que me confió el profeta señalándome con el dedo los cuatro puntos de cielo. Pero si ni siquiera logré terminar el bachillerato, pensé, y si no sé hablar en inglés ni en quechua. Pero le hacemos.Gracias al nadaísmo llegué a conocer todos esos “otros mundos que existen pero están en este”, como lo manifestó Paul Éluard de un plumazo. Y me paseé muy campante por estas calles de Dios arrendadas por el demonio, de quien supe hacerme amigo en un principio renunciando a empeñarle el alma, para terminar traicionándolo cuando me afilié al Club de Arriba.Hoy vivo a mis anchas en Villa de Leyva, donde me trajo a vivir un ángel de tantas alas que no le encuentro las piernas, y donde estoy encerrado leyendo todos los libros que espesan mi biblioteca, a ver cuál es el que más se me presta para imitarlo. Creo que voy a proceder con El coño de Irene, de Louis Aragón, al que parodiaré con La chimba de Lola. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
Olvídate de olvidar
Gracias al nadaísmo llegué a conocer todos esos ‘otros mundos que existen pero están en este’, como lo manifestó Paul Éluard de un plumazo.









