Por definición desde los tiempos de Hipócrates, quien estableció el género gnómico como sentencias para curar enfermos, los aforismos acompañan luminosos las eventos de soledad y desesperación de hombres y mujeres. En esa tradición sin embargo queda fuera el potencial poético que significa abismarse para volcar el rubí partido del alma. “Desde niña, buscando el carozo de la vida”, previene Alina Diaconú en Luciérnagas curiosas, con la melancolía gardeliana dibujando una sonrisa que es día y noche, alma que ríe, cuerpo que llora. Variedad de temas abordan estas líneas sueltas en el mar, sociales, filosóficos y políticos, muchos desde la absoluta incorrección, que no anquilosan en sentencias o máximas. Nada aquí de las frases que colonizan las redes, en esta aparente era de oro del aforismo. Falso oro. Nacida Diaconú en Bucarest, aunque enraizada escritora argentina, al igual que su amado rumano Emil Cioran, el mejor estilista en francés del siglo pasado, transitan sus aforismos reunidos la poética existencial de saberse arrojada al hoyo de la vida. Y a pesar, danzar. “Quisiera que mi muerte sea como la muerte de los pensamientos: éxtasis”. La autora de la novela prohibida por la dictadura Buenas noches, profesor pende entre la ternura y la ironía, ella parroquiana de los umbrales del extravío, o “cuándo invitamos gente a nuestra casa, la persona que siempre falta es la que más nos importa”. Allí anidan guías maestras de Alberto Girri, el poeta de la podredumbre y la incomunicación, y el genial Antonio Porchia, al cual otro grande en esas lides de breves que no son clausura sino un comienzo, Jorge Luis Borges, comparaba con Novalis y Virgilio. “Antes de recorrer mi camino era yo mi camino”, escribía el pensador boquense de los astilleros, y Diaconú entabla este diálogo en la cantina con efluvios de Montparnasse y Constitución, “Toda historia de vida se va a con esta vida”.
La danza sobre el hoyo
Por definición desde los tiempos de Hipócrates, quien estableció el género gnómico como sentencias para curar enfermos, los aforismos acompañan luminosos las eventos de soledad y desesperación de hombres y mujeres. En esa tradición sin embargo queda fuera el potencial poético que significa abismarse para volcar el rubí partido del alma. “Desde niña, buscando el carozo de la vida”, previene Alina Diaconú en Luciérnagas curiosas, con la melancolía gardeliana dibujando una sonrisa que es día y noche, alma que ríe, cuerpo que llora. Variedad de temas abordan estas líneas sueltas en el mar, sociales, filosóficos y políticos, muchos desde la absoluta incorrección, que no anquilosan en sentencias o máximas. Nada aquí de las frases que colonizan las redes, en esta aparente era de oro del aforismo. Falso oro. Nacida Diaconú en Bucarest, aunque enraizada escritora argentina, al igual que su amado rumano Emil Cioran, el mejor estilista en francés del siglo pasado, transitan sus aforismos reunidos la poética existencial de saberse arrojada al hoyo de la vida. Y a pesar, danzar. “Quisiera que mi muerte sea como la muerte de los pensamientos: éxtasis”. La autora de la novela prohibida por la dictadura Buenas noches, profesor pende entre la ternura y la ironía, ella parroquiana de los umbrales del extravío, o “cuándo invitamos gente a nuestra casa, la persona que siempre falta es la que más nos importa”. Allí anidan guías maestras de Alberto Girri, el poeta de la podredumbre y la incomunicación, y el genial Antonio Porchia, al cual otro grande en esas lides de breves que no son clausura sino un comienzo, Jorge Luis Borges, comparaba con Novalis y Virgilio. “Antes de recorrer mi camino era yo mi camino”, escribía el pensador boquense de los astilleros, y Diaconú entabla este diálogo en la cantina con efluvios de Montparnasse y Constitución, “Toda historia de vida se va a con esta vida”.







