Sting suma y sigue en su longeva carrera, cerca ya del medio siglo desde que hiciera sus primeros pinitos junto a Andy Summers y Stewart Copeland dando vida a Police. Será por recordar aquellos primeros años que dos años atrás decidió emprender nueva gira en formato power trio, o será porque todavía se siente en forma y quería probarse con la única compañía de batería y guitarra, tal y como se dio a conocer a finales de los años 70.Consciente de los años pasados, Sting planeó una noche a mayor gloria de una música que entregó cargado de actitud, pidiendo nada más subir al escenario que todo el mundo se levantara de sus sillas con la golosa zanahoria de Message in a bottle. Por supuesto funcionó y Sting, con el andar un tanto anquilosado y la voz gestionada para mantenerla durante las casi dos horas de concierto, se ganó el favor de un público que había pagado más de 200 euros por cabeza para disfrutar de la velada.En una noche para la nostalgia, contadas fueron las concesiones al presente, entre ellas la rockera I Wrote your name (upon my heart), aparecida el año pasado y que coló aprovechando el empellón del arranque. O Never coming home, donde ejecutó el único y pequeño lucimiento con el bajo aprovechando la libertad que le confería el micro pegado a la cara.Fue solo un espejismo dentro del repertorio, repleto de éxitos arreglados que reducían al mínimo la bastida musical. Al inglés le bastaba el pulgar para tocar el bajo mientras Dominic Miller, guitarrista de cabecera en su etapa en solitario, aportaba la melodía justa. Lo mismo podía decirse de Chris Maas, conocido por su trabajo a la batería con Mumford & Sons, que marcaba el tempo oculto entre timbales sin dar un golpe más de lo necesario. La guinda era la calidez del protagonista que, lejos del hermetismo que muestran algunas leyendas de su calibre, dejó en las canciones espacio de sobra para que todo el mundo cantara y bailara cuanto quiso.Unas pocas notas eran suficientes para adivinar Englishman in New York, de reggae subido para la ocasión, o Every little thing she does is magic, sin el agudo que Sting gastaba tiempo atrás, más calmada pero igual de alegre al estribillo.“Catalunya!” gritó el veterano músico para exigir al público menos vergüenza y más implicación en los coros, mientras clavaba puntadas severas al bajo. Con suavidad lo tocó en Fields of gold, inspirada en las vistas que tiene desde su castillo, cerca de Stonehenge, al que invitó a tomar el té a cualquiera que pasara por allí. “Ahora tengo un problema”, afirmó después de que una mujer del público se acercara al escenario y le estrechara la mano para aceptar el trato.Simpático en todo momento, Sting reconoció que solamente sabía decir “bona nit” en catalán, más que suficiente para comunicarse en una donde el silencio fue cómplice imprescindible para resaltar las ligeras melodías de la guitarra, o aportar suspense ante cada estrofa de Wrapped around your finger. Diametralmente opuesta fue Driven to tears, donde gastó voz para ampliar el registro mientras apretaba el bajo al ritmo de las subidas y bajadas del tema, en el que Miller aprovechó para explayarse con arpegios luminosos de guitarra.Con A thousand years, Sting demostró que no olvida su a veces excéntrico lado espiritual -el que atrajo a su lado a los alocados argentinos Ca7riel y Paco Amoroso para cambiar su modo de componer- pero pronto regresó al redil. Sonó Can’t stand losing you y se recuperó la conexión con el público, de nuevo a base de reggae además del apoyo vocal de Miller en el estribillo, cantado en tonos graves.No hacen falta alardes vocales cuando se dispone de melodías como Shape of my heart, que con soll cinco notas causan alborozo entre quienes la escucharon tres décadas atrás y todavía la recuerdan. O So lonely, de nuevo realzado su ritmo reggae/ska, que puso en pie al instante a los 2.400 asistentes como sucedió de nuevo al escuchar Every breath you take y, ya en los bises, Roxanne, donde gastó el depósito de voz para cantar una vez más esta historia de prostitución compuesta por un músico que, hasta la fecha, sigue tocando sin vender su dignidad.