Tilo. Manzanilla. O un ansiolítico. O ese abrazo con cualquiera. O el primer trapo que aparezca para limpiar los mocos. Y atender cuán fuerte todavía golpea eso que está en el pecho. La razón se fue de vacaciones de invierno, todo es emoción, piel erizada. Se multiplican esas sensaciones cuando la pantalla, ya consumado el triunfo épico, muestra los abrazos de los jugadores con sus familiares. Atrás de cada uno de esos abrazos hay una historia como las que tienen los que gritan, saltan y tiran cohetes cuyo estruendo atraviesa paredes y ventanas y se meten de prepo en estas teclas. Y en las teclas de tanta gente que está tratando de explicar lo que no se explica. Que se festeja. Que se aplaude. Que se atesora desde este mismo momento. Si se pudiera habría que sacar una caja de seguridad en un banco y guardar ahí esos 15 minutos finales. Que nadie nos los robe. Nunca. Jamás. Porque es difícil que se repita. Ese vecino mala onda, de repente, nos cae bien. El jefe no es tan malo. El sueldo no alcanza pero vamos viendo. Hoy, al menos, no hay grietas.¿A qué Dios agradecerle? Tal vez al mismo al que se le pidió el milagro. Y tal vez no hubo milagro sino que todo se debió al coraje, a la vergüenza, a la rebeldía de no irse derrotado. ¿Y si es cierto eso de que Dios es argentino?Sucede que una victoria como la de este martes en Atlanta habilita a todos los lugares comunes identitarios. "¡Somo' lo mejore', papá!". Por supuesto que no, pero hay licencia para creerlo. Desde este partido habrá un cuento para contar a las generaciones que vienen: "No sabés lo que fue ese 3-2 a Egipto", dirán los abuelos a los nietos que todavía no nacieron.Hubo un precio a la angustia de la helada tarde en todo el país, con los ojos clavados en la tele. Y hubo premio al final. En esa rendición de los pulmones que ahora deja entrar el aire libremente. En el pecho aflojadito. En ese abrazo con cualquiera. En ese manantial que inunda los ojos, ya colorados, ya irritados. Ciegos. Ya vieron lo que había que ver.La Scaloneta ya era momia en las manos (y los pies) de los egipcios y se arrancó las vendas. Ya era el hazmerreír de los que ansían la eliminación argentina. Le dio una patada a la extremaunción y pegó un fuerte golpe sobre la mesa. Quizás Argentina no repita el título. Quizá llegue al doblete y a la cuarta. Qué sabe nadie.Hoy y aquí, esta Selección nos llevó de regreso a la infancia, cuando por primera vez pateamos una pelota y fuimos felices como nunca volvimos a serlo. Hasta ahora. Hasta estos latidos, estas risas, estos gritos. Y estas lágrimas.
Los últimos 15 minutos contra Egipto hay que guardarlos para siempre: ¿será cierto que Dios es argentino?
Los nervios, la desolación, la esperanza y el desahogo.La victoria en Atlanta se sufrió y se festejó como nunca.Ganó la Selección y hoy, al menos, no hay grietas.












