Si el fútbol es la continuación de la infancia por otros medios, hoy, en Atlanta (EEUU), Argentina no solo salvó su juguete: lo convirtió en un sueño. Lo hizo contra todo pronóstico, cuando todo –la atmósfera, la energía, el destino– apuntaba a que esta vez no, que esta vez se acababa la aventura.
Con un nivel de angustia que a los argentinos no nos es ajeno pero que no por repetido deja de sorprender, el equipo de Lionel Scaloni, que perdía 2 a 0, se clasificó para los cuartos de final del Mundial después de derrotar a Egipto 3 a 2 sobre el pitido final.
La vigente campeona demostró de qué está. Porque la a narrativa del partido lo único que mostraba era lo que veíamos: que la adversidad había clavado sus colmillos y que esa herida era mortal. Porque las cosas no salían, porque todo lo que hacía Egipto lastimaba, porque Messi había errado un penalti y parecía desasosegado, cerca del derrumbe, como todo el equipo. Pero la pasión pudo más. Argentina no renunció nunca a perseguir el triunfo.
El partido se torció de entrada, porque a los 14 llegó el primer gol de Egipto (obra de Ibrahim), un cabezazo a la red y un disparo en el medio de nuestra psiquis. El gol no era ilógico: Egipto se había parado como un equipo con ambiciones, es decir, sin asumir ni de lejos el papel de partenaire. No había tenido llegadas hasta ese momento, pero había dejado claro que no renunciaría a ser protagonista. Argentina era la primera vez que arrancaba un partido perdiendo en el Mundial. También por primera vez, el monstruo de la eliminación salía de la cueva.










