13.30 de la tarde. De manera inusitada al menos cinco miembros de la empresa de Desokupación García Seguridad Integral han irrumpido en el espacio que Estefanía Rodríguez tiene arrendado desde hace más de cuatro años en los corralones de Castellar, en pleno centro de Sevilla. Sin darles tiempo a reaccionar han inmovilizado a los tres jóvenes que en ese momento estaban haciendo la comida, tirándolos al suelo y golpeándolos con violencia, según su denuncia. Con el único de ellos que, en un arranque de pánico, decidió gritar “policía”, se han ensañado poniéndole el pie en la espalda hasta el punto de dejarle casi sin respiración. Todo ante la mirada de una mujer y una menor de edad que habían llegado con esos empleados y que se quedaron después en la vivienda. La agresión, denuncian los afectados, ha seguido escaleras abajo hasta la calle, donde los desokupas han rociado a los chicos con gas pimienta y les han despojado de su documentación y sus teléfonos móviles. Tres coches patrulla de la Policía Nacional llegaban casi una hora después, alertados por las llamadas de amigos y vecinos.No es la primera ocasión en la que Estefi o las personas que acuden a visitarla sufren agresiones verbales o físicas por parte de los desokupas que se instalaron de manera permanente en los corralones a principios de este año, pero este martes ha sido la primera que han entrado en la vivienda. Poco más de tres horas después, el desasosiego de los tres jóvenes, que han pedido no dar sus nombres, seguía presente en forma de un nerviosismo incontrolable y de las lágrimas irreprimibles por las que trataban de expulsar su miedo, mientras relataban a los agentes lo sucedido. Uno de ellos ha sido trasladado al hospital y las marcas de los golpes recibidos por otro de ellos seguían visibles en su espalda. Tres de los empleados de la empresa que allanaron el local de su amiga han sido detenidos, confirman fuentes policiales.Detrás de este hostigamiento ilegal se encuentra una opaca operación inmobiliaria que pretende construir en ese espacio, donde también se ubica un colegio concertado, propiedad de una cooperativa de docentes laica, un hotel y 35 apartamentos de lujo. Los propietarios mayoritarios del espacio, Garaje Santa Inés, firmaron en 2023 un contrato de compraventa con la promotora onubense Arenas de la Bellida por 12 millones de euros con una vigencia de tres años -que finalizaba este mes de junio- sujeta a dos condiciones: que todos los inquilinos hubieran abandonado los corralones antes de esa fecha y que el Ayuntamiento modificara el PGOU. Ninguna se ha cumplido, como reconoce a este diario Alfredo Quintero, el CEO de la compañía que lidera este proyecto urbanístico, que, no obstante, sigue adelante, ya que el Plan de Reforma Interior del recinto está siendo tramitado por el consistorio hispalense. Los corralones de Castellar son una especie de nave industrial de 5.239 metros que se extiende entre los números 48, 50 y 52 de la calle que lleva ese nombre y que gozan de una protección especial. Desde mediados del siglo pasado, ese espacio, como el de otros corralones en la misma zona de la ciudad, albergó talleres de artesanos de todo tipo -carpinteros, orfebres, joyeros, imagineros, doradores, peleteros...- y estudios de baile flamenco, pintura o música… Se trataba de lugares dinámicos donde estos trabajadores se enriquecían con el intercambio de conocimientos que han configurado un patrimonio inmaterial sociocultural y económico exclusivo de la capital andaluza. En el caso de los de la calle Castellar esa vitalidad ha ido languideciendo desde que en 2006 la propiedad fue adquirida de manera mayoritaria por Garaje Santa Inés. Con la intención de convertir el espacio en un aparcamiento, para el que nunca obtuvo la licencia, el titular, primero, y sus herederos, después, empezaron a impulsar desahucios y a hacer contratos mes a mes con los artesanos, mientras abandonaban el cuidado de las zonas comunes y se desentendían, como coinciden varios de los inquilinos consultados por este diario, del mantenimiento de los locales, alegando que no lo hacían por la presencia de okupas. En ningún momento, la propiedad les informó a sus inquilinos de la compraventa y en lugar de resolver los contratos por la vía legal, contrataron a la empresa de desokupas que, primero cortó el suministro eléctrico de algunos de los locales para forzar a los artesanos a abandonarlos, después cambiaron la cerradura de los tornos de entrada que daban acceso a los talleres para controlar el acceso de los inquilinos a su lugar de trabajo y, recientemente, recrudecieron el hostigamiento a Estefi, una de las arrendatarias más beligerantes con la degradación de los corralones.“Un día se llevaron la puerta, entera”, relata Estefi, que empieza a hilvanar otras conductas violentas, desde las pintadas de okupa en las paredes que rodean el acceso a su vivienda, hasta agresiones físicas a su perro y a ella. “Es un resumen, pero es una constante, me lo tomo con humor, porque si lo piensas seriamente es una película de terror, solo que real”, sostiene. Últimamente, los desokupas, que están permanentemente en la puerta que da acceso al local en el que vive, únicamente le permiten entrar a ella, de manera que todos las amigas y amigos que quieren venir a visitarla tiene que entrar y salir a través de una escalera de cuerda que cuelga de la ventana en un primer piso. Las situaciones de violencia se han intensificado en los últimos días. La semana pasada se declaró un conato de incendio dentro de los corralones. “Había una bolsa con lanas junto a un cuadro eléctrico”, cuenta uno de los vecinos que apoya a Estefi y que esta tarde estaba en los corralones. “El problema es probar que fueron los ‘desokupas”, abunda. Este mismo lunes, mientras otro grupo de amigos estaban ayudando a otros compañeros de la inquilina a subir por las escaleras de cuerda, varios de los trabajadores de García Seguridad Integral empezaron a perseguirles con botes de gas pimienta y palos con garfios hasta la plaza de la Alameda, a un kilómetro y medio. Durante los últimos meses del curso escolar, los padres y madres del colegio han visto a los desokupas pasearse por la entrada con extensibles. “Hemos normalizado el miedo”, relata una madre que pide no dar su nombreTodas estas acciones de hostigamiento y acoso están recogidas en vídeos y han sido denunciadas a la policía sin que, hasta el momento, se hayan traducido en medidas que impidan a los desokupas seguir amedrentando a los inquilinos. Uno de los titulares de Garajes Santa Inés, Alejandro Ruiz, defiende el “respeto a la propiedad privada” y alega que cuando heredaron la propiedad a la muerte de su suegro, se la encontraron “okupada al 2.000 por ciento” y que lo que han hecho es “dejar en ella a los verdaderos pintores y bailaores”. Ruiz niega que exista ninguna operación de compra venta –“se intentó, pero en 2016 se abandonó la idea”, asegura-, pero Quintero niega la mayor: “La compraventa se ha efectuado. Nosotros somos los propietarios, pero no tenemos la posesión”.Ruiz y su mujer estaban presentes este mediodía durante el intento de allanamiento a la vivienda de Estefi. La joven, que tuvo que trasladar su taller de pintura a otro corralón y que también da clases en los centros de participación activa de la Junta de Andalucía, ha podido acceder al espacio que tiene arrendado pasadas las cuatro de la tarde. Antes, la Policía ha tenido que desalojar a la mujer y a una menor que se habían quedado en su local y que habían presenciado la paliza a los tres jóvenes -la pequeña ha salido de los corralones visiblemente afectada-. La cerradura había sido inutilizada y cuando Estefi ha conseguido acceder ha constatado que los desokupas se habían llevado toda su documentación, las tarjetas sanitarias, todas las denuncias y partes de lesiones que ha acumulado en todos estos meses y su ordenador.El de esta tarde ha sido un punto de inflexión dentro de la espiral de acoso que lleva soportando Estefi y otras inquilinas -dos de ellas tienen pendiente un juicio porque también inutilizaron la cerradura de sus locales el 1 de mayo pese a que sus contratos expiraban en septiembre y el 24 de junio-. “Llevo muchos años aquí. He estado velando por este espacio, por los nutrientes que genera, estos corralones han inspirado a miles de artistas que forman parte de la identidad y la cultura que tanto nos define”, explica Estefi sobre la esencia de este lugar y lo que le impulsa a resistir.