InvestigaciónLa Universidad Nacional identificó que algunas de las especies más comunes en la capital muestran menor capacidad para soportar el calor extremo.El aliso y la eugenia fueron las especies que mostraron mayor vulnerabilidad frente al calor durante el estudio realizado por la Universidad Nacional. Foto: Recreación IASUBEDITORA DE BOGOTÁ 07.07.2026 09:41 Actualizado: 07.07.2026 09:41

Los árboles que hoy hacen parte del paisaje cotidiano de Bogotá podrían enfrentar un futuro cada vez más complejo. Un estudio desarrollado por investigadores de la Universidad Nacional de Colombia encontró que especies ampliamente sembradas en la capital, como el aliso y la eugenia, presentan una menor capacidad para tolerar altas temperaturas, una situación que podría comprometer los beneficios ambientales que ofrecen a medida que el cambio climático intensifique los episodios de calor en la ciudad.La investigación fue realizada por Geisa Faerito, integrante del grupo de Fisiología del Estrés y Biodiversidad en Plantas y Microorganismos del Departamento de Biología de la UNAL, con el propósito de identificar cuáles de las especies arbóreas más comunes de Bogotá tienen mejores condiciones para adaptarse al calentamiento urbano y cuáles podrían verse más afectadas en las próximas décadas.El estudio parte de una premisa cada vez más relevante para las ciudades: los árboles no solo cumplen una función paisajística. También ayudan a disminuir la temperatura del ambiente, capturan dióxido de carbono, filtran contaminantes atmosféricos y reducen el efecto de las islas de calor que se generan por la concentración de concreto, asfalto y edificaciones. Por ello, conocer cuáles especies podrán mantenerse saludables en un escenario de mayores temperaturas será determinante para la planificación de la arborización urbana.Para desarrollar la investigación, el equipo analizó ocho especies arbóreas, tanto nativas como introducidas, entre ellas aliso, eugenia, nogal andino, roble andino y cerezo. Las muestras fueron recolectadas en dos escenarios con condiciones ambientales diferentes: la Ciudad Universitaria de la UNAL, caracterizada por una amplia cobertura vegetal, y la avenida Carrera 30, uno de los corredores con mayor exposición al calor generado por el tráfico vehicular, el pavimento y la infraestructura urbana.Los investigadores evaluaron ocho especies arbóreas. Foto:UNALEl experimento buscó identificar afectaciones que no son visibles a simple vista. En laboratorio, los investigadores evaluaron cambios en la fluorescencia de la clorofila, una técnica que permite detectar alteraciones tempranas en el sistema fotosintético de las plantas antes de que aparezcan daños evidentes.Posteriormente, fragmentos de hojas fueron sometidos durante 15 minutos a temperaturas progresivas entre los 38 y los 60 grados Celsius para establecer el punto en el que comenzaban a sufrir daños irreversibles provocados por el calor.Los investigadores aclaran que estas temperaturas no corresponden al aire que se registra normalmente en Bogotá, sino a la temperatura que pueden alcanzar las hojas cuando permanecen bajo radiación solar directa, rodeadas de superficies como concreto y asfalto y con poca disponibilidad de agua, condiciones que pueden elevar significativamente su temperatura.Los resultados mostraron diferencias importantes entre las especies evaluadas. En aquellas consideradas más sensibles, las primeras señales de deterioro aparecieron cuando el tejido de las hojas alcanzó temperaturas cercanas a los 45 grados CelsiusLa eugenia fue una de las especies que mostró la menor tolerancia térmica, convirtiéndose en una de las primeras en evidenciar afectaciones frente al calor intenso. Según explicó la investigadora Geisa Faerito, se trata del árbol que suele observarse en distintos sectores de la ciudad y cuyos frutos morados sirven de alimento para aves urbanas como las mirlas.El aliso también generó preocupación entre los investigadores. Aunque logró soportar temperaturas elevadas durante las pruebas, evidenció una capacidad limitada para aclimatarse al incremento del calor, una característica que podría comprometer su permanencia en escenarios climáticos más cálidos.De acuerdo con Faerito, esta especie es propia de ambientes más fríos y de mayor altitud, por lo que incrementos sostenidos en la temperatura podrían afectar su supervivencia, crecimiento y desarrollo.La posible pérdida de estas especies tendría implicaciones que van más allá del paisaje urbano. En Bogotá, el aliso contribuye a proporcionar sombra, capturar dióxido de carbono y regular la temperatura en diferentes espacios públicos. La eugenia, además de aportar al enfriamiento del ambiente, cumple un papel importante como fuente de alimento para diversas aves urbanas gracias a sus frutos.Si ambas especies comienzan a deteriorarse como consecuencia del aumento de las temperaturas, la ciudad podría perder parte de su capacidad natural para mitigar el calor precisamente en momentos en los que estos servicios ecosistémicos serán cada vez más necesarios.En contraste, la investigación encontró especies con mejor comportamiento frente al estrés térmico. El nogal andino y el roble andino registraron una mayor tolerancia al calor y una mejor capacidad de respuesta durante los ensayos. Una de las principales sorpresas del estudio fue el desempeño del cerezo, que también se ubicó entre las especies con mayor resistencia.Sin embargo, uno de los hallazgos más llamativos no estuvo únicamente relacionado con las especies evaluadas, sino con el lugar donde aparecieron los primeros signos de estrés.Los investigadores esperaban que los árboles ubicados sobre la Carrera 30, rodeados por tráfico, concreto y asfalto, presentaran mayores niveles de afectación. Aunque allí efectivamente las condiciones térmicas eran más exigentes, el análisis reveló que incluso árboles ubicados dentro del campus de la Universidad Nacional, donde existe una mayor cobertura vegetal, también mostraban señales de estrés.Este resultado permitió concluir que la temperatura no es el único factor que condiciona la salud de los árboles urbanos.Según explicó la investigadora, muchos ejemplares crecen sobre suelos transformados y compactados, con presencia de restos de concreto, gravilla e incluso posibles contaminantes, condiciones que limitan el desarrollo de sus raíces y reducen la disponibilidad de agua.A ello se suma la exposición permanente a radiación intensa, contaminación atmosférica y periodos de sequía, factores que incrementan el estrés fisiológico de las plantas.“Así como los humanos se estresan, las plantas también lo hacen. Pueden estresarse por exceso de luz, por falta de agua o por múltiples condiciones ambientales adversas”, explicó Faerito.Como conclusión, la investigación advierte que el futuro de la arborización en Bogotá dependerá no solo de incrementar el número de árboles sembrados, sino también de seleccionar aquellas especies que puedan mantenerse saludables y seguir prestando servicios ecosistémicos en una ciudad donde el cambio climático hará cada vez más frecuentes las condiciones de calor extremo.CAROL MALAVERSUBEDITORA SECCIÓN BOGOTÁcarmal@eltiempo.comLea también: Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.