7 de julio, 2026 - 08h30Para quienes somos profanos en el campo de los estudios históricos, probablemente Carlo Ginzburg haya sido el anfitrión más amable, y no menos exigente. Su reciente fallecimiento, a las pocas semanas de unas jornadas dedicadas a él a inicios de mayo en la Universidad de Turín, es la pérdida no solo de un gran investigador y erudito en el campo histórico, sino un testigo del drama del siglo XX. Hijo de la gran escritora Natalia Ginzburg, que adoptó el apellido del marido, Leone Ginzburg, un filólogo de origen judío, profesor de literatura rusa y destacado intelectual en los ambientes torineses, murió torturado por los nazis en Roma en 1944. Carlo Ginzburg, en ese ambiente donde Cesare Pavese visitaba su casa así como los asiduos editores y novelistas del sello Einaudi, optó finalmente por estudiar historia. Fue en este campo donde desarrolló el llamado método indiciario y el concepto de Microhistoria, volcado a descubrir en los pequeños detalles y en personajes menores nuevos caminos para desentrañar enigmas históricos. Su libro ejemplar, El queso y los gusanos, cumple cincuenta años en 2026, así como Mitos, emblemas e indicios: morfología e historia, cumple, a su vez, cuarenta años. La obra de Ginzburg es vasta. Este mismo año se publicó su libro más reciente, Il vincolo de la vergogna, letture oblique(El vínculo de la vergüenza, lecturas oblicuas), todavía no traducido al español.Empecé a leer a Ginzburg tardíamente, poco más de cinco años atrás, pero no he dejado de hacerlo, atraído no solo por su rigor metodológico, sino por una prosa sugerente y ondulante que no me he perdido de buscarlo en su lengua original, y por algo muy específico que atraviesa sus recopilaciones de ensayo: la literatura. Y es precisamente desde la literatura, bajo la inspiración de la crítica y ensayista argentina, Marcela Croce, también traductora de una selección de ensayos del historiador italiano (Una historia sin final, editorial Ampersand, 2025) que Ginzburg recibió sus últimos homenajes, como el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, y el homenaje de Turín que animó junto a las profesoras Lodovica Braida y Emilia Perassi. Este homenaje iba a concluir con una conferencia magistral de Ginzburg, pero ya no lo permitió su estado de salud.Entre sus preocupaciones por los siglos XVI y XVII, el Renacimiento italiano con su iconología y cultura visual, o los mitos milenarios de cultos agrarios, chamanes o lobisones, Ginzburg siempre deja pasar brillantes ensayos literarios sobre Dante, Proust, Stendhal, Tolstoi, Italo Calvino y tantas otras figuras donde siempre he sospechado una fuerte vertiente de vocación literaria, como si por debajo de sus narraciones históricas, hubiera un novelista frustrado. Desde su propia madre y todos los escritores que lo rodearon, la figura del novelista y la flaubertiana consigna de que Dios duerme en el detalle, es probable que Ginzburg se diera cuenta en una rebeldía adolescente que lo mejor era tomar por otro camino. Ese camino de la historia le permitía acercarse a otros relatos sin la presión de lo ficcional. Y señalo esto no como una carencia sino precisamente como la virtud que late debajo de la prosa del historiador. Cuando Ginzburg analiza un espacio en blanco en la novela de Flaubert, La educación sentimental, o se preocupa por el concepto de extrañamiento de los formalistas rusos, al que dedica el ensayo inicial de su libro, Ojazos de madera (diez reflexiones sobre la distancia), título tomado del relato de Pinocho, la mirada sutilísima del historiador heterodoxo tiende puentes que parecen más la preocupación de un escritor de ficción, e incluso una libertad de movimientos que le permite dar saltos mortales entre siglos por encima de una rigidez de especialista. Aunque el motor sea la microhistoria, el vuelo de Ginzburg es de amplio espectro. En ese ensayo Extrañamiento arranca a inicios del siglo XX con los formalistas rusos, luego va a los textos de Marco Aurelio del siglo II, regresa al siglo XIX con Tolstoi, retrocede a un falsario hermano franciscano del siglo XV que inventó apócrifos de Marco Aurelio que a su vez viajaron a la época de Voltaire para terminar en Proust y, de nuevo, en un cuento de Tolstoi. Es imposible aburrirse con Ginzburg y sus giros tan iluminadores como inesperados, y menos aún dejar de seguirlo en su crítica a los relativismos culturales y la difuminación de la capacidad de sostener argumentos y tesis con rigor (otro de sus libros se titula precisamente Relaciones de fuerza. Historia, retórica, prueba). Dicho esto, queda algo más en Ginzburg que lo retrata. Su curiosidad, su generosidad, su bonhomía. No pude conocerlo personalmente, pero basta escuchar sus conferencias y entrevistas, leerlo en conjunto y descubrir que siempre era alguien que exploraba. Otro de sus títulos es Aún aprendo. Cuatro experimentos de filología retrospectiva(Fondo de Cultura Económica, 2021). Una asombrosa y particular coincidencia es que en el mismo mes de su fallecimiento, uno de sus maestros, Marc Bloch, historiador judío también asesinado por los nazis (otra coincidencia, en 1944, como ocurrió con el padre de Ginzburg), recibió el homenaje del gobierno francés al trasladar sus restos al Panteón francés de personalidades ilustres. En esa ceremonia, Ginzburg iba a dar un discurso de honor. Lo había dejado escrito y lo leyó su traductor al francés, el crítico Martin Rueff. En ese discurso contaba lo que había aprendido de Bloch, la preocupación de este último por advertir la “anomalía” en la historia, como la fuente de la que surgiría su concepto de microhistoria. “Leer a Bloch, aprender de Bloch”, escribe Ginzburg con un pie en la muerte, a sus 87 años. Podríamos parafrasearlo y decir lo mismo: “Leer a Ginzburg, aprender de Ginzburg”. Será un aprendizaje que no termina, como él mismo quería, porque nos enseña a volver una y otra vez a los detalles, a los indicios, a los pequeños personajes, incluso a esos espacios en blanco que a veces deja la literatura, que explora allí donde no llegan los documentos, o donde no alcanza a verlos. Aunque Ginzburg siempre los alcanzaba. (O)