El otro día fui a comprar unas gafas nuevas de ver y pedí algo sencillo: unas gafas que no dijeran nada de mí. Ni discretas, ni intelectuales, ni de diseñador. Gafas mudas. El dependiente sacaba monturas con la paciencia de quien ha visto muchas crisis de identidad, pero todas hablaban. Unas decían arquitecto amable. Otras, algo entre editor cansado y terapeuta caro. Las neutras eran las peores. Volví a pensar en aquellas gafas esquivas leyendo el último informe de Highsnobiety, la publicación y agencia de moda y cultura, sobre la status economy de 2026. La tesis, resumiendo bastante, es que el estatus ya no se mide solo en la ropa. Ahora también está en la nevera, en el baño y en la bebida que llevas a una cena. En el capítulo dedicado a la belleza, por ejemplo, el informe cuenta que, entre el público más entrenado en leer señales culturales, el 73% cree que lo que hay en el armario del baño dice algo preciso sobre uno mismo. Un flex —fardar en lenguaje contemporáneo— ya no tiene por qué ser una sudadera en edición limitada. Ahora también es un batido raro, unas patatas Torres o mantequilla Bordier asomando en la nevera. Tampoco es que el estatus a través de la despensa sea nuevo. Hace no tanto, la rúcula y el Cruesli funcionaban exactamente igual. Lo que ha cambiado es la escala y la velocidad. El informe lo resume así: “Everything is now a signal”. Todo señala. Pero las señales funcionan mejor cuanto menos obvias sean. Una chaqueta cara grita, una pasta de dientes de culto habla más bajo. Lo que se pierde por el camino es el significado, como le ha pasado al té matcha: empezó como señal de bienestar y papilas gustativas evolucionadas y ha terminado convertido en postre azucarado. No importa tanto vivir una vida wellness como dejar claro que podrías vivirla. Y de aquí al tasteslop hay un paso. Me refiero a ese término nacido del exceso de contenido basura generado con inteligencia artificial que, aplicado al gusto, describe algo más incómodo: el buen gusto cuando se lee demasiado fácil. No es mal gusto exactamente. El mal gusto, al menos, puede ser torpe, sentimental, ofensivo o a veces incluso sincero. Esto es otra cosa. Es el gusto convertido en una plantilla, en objetos correctos distribuidos con la precisión de un render inmobiliario. Cada vez cuesta más distinguir entre tener criterio y saber qué cosas hay que tener para que parezca que lo tienes. Una silla incómoda se traduce en que alguien entiende de diseño. Como la lámpara de papel, el cuenco irregular o el aceite caro fuera del armario. Todo listo para entenderse a la primera. Buen gusto hiperprocesado. Y con la discreción pasa algo parecido. La gorra sin logo, la camiseta blanca demasiado bien cortada... No participar se ha convertido en una forma bastante reconocible de hacerlo. Todavía pienso en aquellas gafas. No buscaba algo invisible sino un objeto que no pidiera ser leído. Gafas que no dieran pie a una opinión sobre mí. Sigo sin encontrarlas.
No me enseñes tu armario, enséñame tu nevera: así funciona el nuevo estatus
Un nuevo informe de ‘Highsnobiety’ concluye que las patatas fritas hablan de ti más que el jersey que llevas. Cuesta distinguir entre tener criterio y saber qué cosas hay que tener para que parezca que lo tienes






