No suele haber verano sin incendios. Algunos años el número de hectáreas calcinadas parece menor al compararlo con el de ejercicios anteriores. Otros años se carbonizan extensiones récord, como fueron las más de 300.000 hectáreas quemadas en los devastadores fuegos que el año pasado asolaron buena parte de Castilla y León o de Galicia, afectando incluso a Las Médulas, espacio catalogado como patrimonio de la humanidad. En el 2012 y el 2022, el número de hectáreas devoradas por el fuego superó de largo en España las 200.000. ¿Cómo olvidar los incendios del 1994, que quemaron más de 70.000 hectáreas solo en Catalunya? ¿O el que en 1998 convirtió buena parte de las comarcas del Solsonès, el Bages o la Segarra en una sucesión de paisajes fantasmagóricos?El fuego y el verano suelen ir de la mano. También este año: un incendio iniciado el viernes ha amenazado las 30.000 hectáreas del macizo de las Gavarres, situado al norte de la cordillera litoral catalana entre el Baix Empordà y el Gironés, espacio protegido por su gran riqueza natural.Alrededor de 2.300 hectáreas de este macizo han quemado y, como se apuntaba más arriba, el sábado se temió que el fuego escapara al control de los 440 bomberos y de los 100 miembros de la unidad militar de emergencias que trataban de contenerlo, apoyados por una decena de aviones, y arruinara el macizo entero. Todo dependía, al caer la tarde del sábado, de cómo rolara el viento, que en el peor de los casos podía empujar las llamas desde los municipios ya más afectados hacia Llagostera y Girona. Por fortuna, el incendio empezó a última hora a estar estabilizado, aunque ayer los bomberos todavía no lo daban por controlado.Las 30.000 hectáreas de este espacio han estado al albur de los cambios del vientoCatalunya cuenta con unos servicios de extinción de incendios de primer nivel. Pero actualmente se producen siniestros que sobrepasan sus recursos. En las primeras informaciones sobre este siniestro, los profesionales indicaban que el fuego estaba entonces fuera de su capacidad de extinción. Porque la mezcla de las condiciones climáticas extremas, una vegetación reseca, una humedad muy baja, los fenómenos asociados a la crisis climática y la falta de mantenimiento de las zonas boscosas constituyen un cóctel explosivo al que resulta muy difícil enfrentarse cuando asoman las llamas.El fuego deja una huella de devastación física y de desolación colectiva. La desaparición del medio natural que ha acompañado a sucesivas generaciones produce una sensación de pérdida muy honda, que se ensaña especialmente, claro, con quienes lo padecen más de cerca y pierden sus enseres o tierras, pero que afecta también al conjunto de la sociedad. Todo ello debería generar las condiciones para evitar su repetición. Sin embargo, año tras año, y pese a los esfuerzos realizados, el fuego devora nuestros bosques. Últimamente lo hace con una violencia inusitada, al alza, desarmante, que desafía las acciones humanas para hacerle frente.El incendio de las Gavarres vuelve a demostrarlo y a recordarnos que si bien las políticas contra la crisis climática dependen en buena medida de grandes operadores globales, hay acciones locales que están en nuestra mano y no se desarrollan aún de modo plenamente satisfactorio. Porque la gestión de la masa forestal, que ha alcanzado gran dimensión en Catalunya, dista de ser óptima y reclama una reforma estructural. Porque los accidentes como el que habría estado en el origen de este fuego siguen produciéndose, lo que evidencia que la conciencia del peligro asociado a ciertas actividades no está suficientemente extendida. Y porque estas condiciones locales, sumadas a la global, nos abocan a nuevas catástrofes.Ayer empezó otra ola de calor, que aumentará el riesgo de nuevos siniestrosLas circunstancias meteorológicas no invitan ahora al optimismo. Ayer se inició una nueva ola de calor, que hará aumentar las temperaturas y, con ellas, el riesgo de incendio. Hasta el viernes, con un pico mañana martes, los termómetros registrarán nuevos episodios de calor extremo, con especial afectación en el Alt Empordà, en las comarcas de Lleida y también en algunas interiores.Sirve de poco consuelo pensar que otros países vecinos sufren percances similares. La única actitud posible ante lo que esta sucediendo pasa por redoblar las políticas de protección del territorio y de sus habitantes y, en el presente momento, por respetar los consejos de las autoridades (que ayer levantaron confinamientos). Sin duda pueden ser incómodos. Pero también son imprescindibles para minimizar, en la medida de lo posible, los estragos del fuego de las Gavarres.