La simple menci�n de la Costa Amalfitana traslada a uno de los rincones m�s evocadores y bellos de Italia (y del mundo). Por algo el c�lebre litoral de 50 kil�metros en la regi�n de Campania es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Igual que Amalfi, el pueblo que da nombre a esta ruta a una hora de N�poles y epicentro de los 13 que la forman. De Sorrento a Salerno. De Positano a Ravello. Todos salpicados de callejuelas enrevesadas, miradores eternos, jardines verticales hasta arriba de limones y calas de aguas turquesas que ni en el mar Caribe. Y es que este Tirreno nada tiene que envidiar a los paradisiacos enclaves del otro lado del charco. Pero esta vez no lo vamos a recorrer en plan road trip, como sucede habitualmente, sino que nos centramos en el propio Amalfi, ya que su historia, sus paisajes y su gastronom�a bien merecen un cap�tulo individual dentro de la deseada costa.Para empezar, fue una de las cuatro poderosas rep�blicas mar�timas (o marineras) italianas —junto a Venecia, G�nova y Pisa— que destacaron, desde la Edad Media, por su autonom�a, su prosperidad econ�mica como potencia portuaria y su lucha por controlar el Mediterr�neo y m�s all�. No en vano, Amalfi, la �nica del sur, lleg� a ser la m�s importante del cuarteto y tambi�n la primera que se fund� en el 839, tras independizarse del ducado de N�poles. Durante el Imperio Romano, su privilegiada posici�n motiv� el asentamiento, en el siglo I, de un grupo de ricas familias patricias que instalaron aqu� sus elegantes villas, siendo el origen de esta urbe que lleg� a tener 70.000 habitantes. Nada que ver con los 5.000 de ahora.Edificios aupados entre acantilados frente al mar.Todo se cuenta en el Museo de la Br�jula y del Ducado Mar�timo, ubicado en el antiguo arsenal donde se constru�an y reparaban los barcos de guerra que tanto poder�o trajeron a la poblaci�n. El nombre tiene explicaci�n, ya que los amalfitanos fueron los primeros en usar la br�jula en Europa, perfeccionando el invento chino descubierto en sus periplos. �C�mo? Aplicando sobre la aguja magn�tica un disco de papel con la representaci�n de la rosa de los vientos. Se le atribuye la haza�a a un lugare�o, Flavio Gioia, cuya estatua recibe a los visitantes en el coqueto puerto entre lujosos yates, el paseo mar�timo que conduce a las id�licas playas y el mapa que muestra c�mo era la ciudad-estado, desplegado a gran escala junto a una de las antiguas puertas, la de la Marina.Gracias a Gioia evolucionaron las t�cnicas de navegaci�n, abriendo la ruta oce�nica que permiti� poner rumbo al Nuevo Mundo. "Fueron aut�nticos pioneros, ya que en 1132 crearon las llamadas Tablas de Amalfi, la primera recopilaci�n de leyes mar�timas que regul� los movimientos por el Mediterr�neo hasta el siglo XVI. En ellas aparec�an los derechos y deberes de los tripulantes, qu� hacer si atacaban los piratas o las indemnizaciones en caso de p�rdida de mercanc�as", explica Alesia Amodea, gu�a del museo, levantado en un espectacular edificio de inspiraci�n isl�mica rematado a golpe de pilares, arcos apuntados y b�vedas de crucer�a.Interior del arsenal, donde se constru�an los barcos de guerra.El manuscrito del siglo XVI del C�digo Foscariniano —una valiosa serie de vol�menes medievales— es una de las joyas, pero tambi�n seis pergaminos fechados entre los siglos XI y XIII en los que se detalla la dote de 225 dinares por la boda de una joven noble o la venta de un campo de frijoles en Messigne, cerca de Pompeya.Tambi�n alberga el arsenal una colecci�n de tar�s de oro, la moneda oficial durante siglos, �nforas y sarc�fagos encontrados en el fondo del mar, relojes de sol a�n, maquetas de la metr�poli y varias br�julas y sextantes (med�an la latitud) del siglo XIX. Pero si algo llama la atenci�n es la r�plica del gale�n de 11 metros de largo y 800 kilos de peso encabezado por un caballo alado (s�mbolo de Amalfi) empleado en la primera regata que se celebr� entre las cuatro ex rep�blicas mar�timas en 1956 y que siguen realiz�ndose cada a�o desde entonces.El caballo alado, s�mbolo de Amalfi.As� se recuerda c�mo fue aquella �poca dorada que permiti� estrechar lazos entre Occidente y Oriente. De Italia al norte de �frica y de ah�, al Imperio Bizantino. Era la ruta que segu�an los amalfitanos, de forma que intercambiaban miel, trigo, sal, madera y limones —perfectos para combatir el escorbuto durante las traves�as— e incluso esclavos por dinares de oro en Egipto y Siria, que a su vez usaban para comprar especias, tapices, sedas, muebles de lujo y joyas que revend�an a su vuelta. Negocio total. "No s�lo eran buenos navegantes, sino tambi�n grandes mercaderes y diplom�ticos. Usaban su don de gentes para generar ganancias, lo que enriqueci� a la ciudad", recuerda Giulia Raineri, cicerone oficial de la villa.Esos peregrinajes por el Mare Nostrum fueron moldeando la fisonom�a del municipio, con la catedral de San Andr�s como m�ximo ejemplo de mestizaje al presentar un estilo rom�nico �rabe-normando con elementos bizantinos, g�ticos y barrocos. Compuesta por dos bas�licas, alberga el Claustro del Para�so y la cripta con las reliquias del primer ap�stol de Jes�s, tra�das de Constantinopla durante una de las cruzadas. La catedral de San Andr�s, con sus escalinatas."De ellas emana un l�quido (man�) en ciertas fechas del a�o al que atribuyen milagros", a�ade Raineri. La devoci�n viene de lejos, ya que se encarg� de alejar de Amalfi a los piratas sarracenos con una gran tormenta en 1544. Se une al complejo el Museo de Artes Sacro, con piezas �nicas como un caliz esmaltado del siglo XIV y una mitra obispal con 20.000 piedras preciosas.La escalinata que conduce a la catedral, en la Piazza del Duomo, es uno de los puntos m�s concurridos de Amalfi. En ella, propios y extra�os se sientan para ver pasar, ya sea con un trozo de pizza o un gelato (helado). Quien lo prefiera tiene las terrazas de enfrente, como en cada plaza (del Santo Esp�ritu a los Dogi), donde apetece tirarse horas. Es el punto de partida de las callejuelas que serpentean por el casco antiguo, salpicado de hermosas fachadas color pastel, fuentes decoradas con figuras del pesebre (Cape'e Ciucci), infinitas papeler�as (luego sabr� por qu�), trator�as de esc�ndalo y pasteler�as hist�ricas como Pansa, abierta en 1830 y donde dispensan su famoso pastel de lim�n y el pan de Amalfi, el panettone local del mismo sabor. Nicola Pansa, responsable de la pasteler�a hom�nima.Despu�s estar�an las boutiques de art�culos de cer�mica, joyer�a artesanal, souvenirs o cualquier producto derivado del citado lim�n: confitura, jab�n, bombones, granizados... Sin olvidar, el famoso limoncello, licor originario de la zona gracias a su microclima. En Antichi Sapori d'Amalfi, mitad f�brica mitad tienda en pleno centro, la familia Cobalto lo elabora de forma manual desde los tiempos del nonno (abuelo) Vittorio, hace tres generaciones.Algunas m�s, siete, lleva en pie el Jard�n Monumental, un limonero cultivado en terrazas ya utilizadas por los romanos all� en lo alto de las laderas que dan cobijo al municipio. Gianmarco Aceto es el �ltimo eslab�n de la saga a cargo de la empresa, bajo la mirada atenta, eso s�, de otro nonno, Luigi, quien, a sus 91 a�os, no hay d�a que no suba hasta ah� arriba. "No se f�a de nosotros", bromea su nieto mientras muestra algunos de los gigantescos ejemplares con los que producen sus delicatessen.Los limones del Jard�n Monumental.Antes de descender, hay que asomarse al mirador de San Lorenzo. Mejor al atardecer. Y ya abajo, toca acercarse al Valle de los Molinos, donde se esconde un tesoro m�s, el Museo del Papel, que rinde homenaje a otro de los inventos que los amalfitanos hallaron en sus viajes. "O carta bambagina, como dec�an entonces, hecha con trapos de lino, algod�n y c��amo tra�dos de China", rememora una de sus responsables, Chiara di Lieto, dentro de la f�brica de papel m�s antigua de Europa, construida en el siglo XIII. En ella se puede observar c�mo trabajaban anta�o con herramientas varias veces centenarias, ruedas hidr�ulicas, prensas de piedra y salas de secado al aire libre.Falta hablar de comida. Y para eso seguimos el sendero del valle hasta Fore Porta, un agroturismo con vistas a la monta�a donde la familia Amatruda sirve lo que cultiva alrededor (esos tomates, esas berenjenas, esos calabacines...) junto a carne, embutido y quesos locales. Y todo, por culpa de un tercer abuelo, otro Luigi, que en los 70 se encaprich� de este para�so rural entre (otra vez) limoneros.Interior del Museo del Papel.Puedes seguir a El Mundo Viajes en Facebook, X e Instagram y suscribirte a nuestra newsletter aqu�